Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.
¿Habrá nuevos unicornios mexicanos?
Hace años que no escucho de uno solo. ¿Se acuerdan de los unicornios? Esas empresas cuyo valor superó los mil millones de dólares y que llenaron la imaginación de los emprendedores, particularmente en 2021.
Si no se acuerdan, les ayudo. Los nombres de las más reconocidas en México son: Kavak, Bitso, Clip, Konfío, Merama, Nowports, Clara, Stori y, forzando un poco las cosas, Incode.
Atención, no porque Incode no tenga un valor tan alto: de hecho, creo que entre esos nombres posiblemente sea la que más tenga valor hoy. Ya iremos a eso. Es la compañía que permite que su banco los identifique solamente mostrando su rostro en su smartphone. Esa tecnología la vende un mexicano en México, pero particularmente en Estados Unidos.
La fundó Ricardo Amper, pero con recursos cuyo origen es principalmente estadounidense.
Vamos al punto: ojalá que me equivoque, pero creo que esa lista de nueve unicornios ya es más corta, pues temo que varias ya están por debajo de los mil millones de dólares de valor. Podríamos escuchar pronto el anuncio de insolvencia en alguna de esas estrellas del firmamento emprendedor y, tal vez, un posible cierre.
Además, no veo que México genere un nuevo unicornio pronto. La semana pasada uno de los candidatos, el vendedor de alimentos a domicilio Justo, se bajó de la carrera. No veo otros postores serios en un contexto como el actual.
Escuchándome podrían percibir pesimismo. Pero no es el caso.
No deseo que las empresas fracasen y me encantaría que estrenáramos un unicornio cada mes. Pero el fracaso es parte del emprendimiento y el fracaso recurrente es algo común en los negocios disruptivos que pueden entregar premios impresionantes.
El problema es que lo comprendan los inversionistas mexicanos y latinoamericanos, en general.
Una inversión típica es un restaurante. Pones un millón y esperas que ese millón valga 200 mil más un año después. Tal vez, en cinco años, si el negocio funcionó, puedas vender el restaurante en dos millones o dos millones y medio. Una ganancia de 100 por ciento no está mal.
Quien hace ese tipo de inversiones en México también suele invertir en construcción de casas o en otro tipo de actividades conocidas. Es negocio, pero no del tipo que genera riqueza a una familia grande o a una ciudad.
Los latinos solemos pensar en negocios que nos entreguen ingresos para pasarla bien, no necesariamente para generar riqueza y capital abundante. Insisto, eso puede ser lo correcto para mucha gente, pero no esperemos que México se vuelva una potencia económica de esa manera.
Menos cuando parece haber tanto miedo. Un reporte de la consultora mexicana 414 Capital Rión revela que este año la mayoría de inversionistas tradicionales mexicanos, más que apostar en México, parecen estar vendiendo:
En noviembre de 2025, en términos de número de transacciones, la mayor actividad se dio en operaciones que involucraron a compradores extranjeros adquiriendo activos nacionales. No al revés.
Y en el volumen acumulado de 2025 destacan también las operaciones de entidades extranjeras adquiriendo empresas mexicanas, posiblemente en barata, con un total de 36 transacciones.
Luego están los otros inversionistas. Los que disfrutan el riesgo. Esos no esperan duplicar su dinero, sino multiplicarlo. Varias o muchas veces. Para eso es indispensable informarse, decidir sobre información sofisticada y, aun así, esperar perder en varias apuestas.
A esos inversionistas, generalmente, de cada 10 proyectos, siete salen mal y pierden dinero, dos resultan en empresas rentables y una, solo una, multiplica su inversión, con lo que no solo pagan las pérdidas, sino que su capital detona al punto de querer hacerlo de nuevo con otros 10 proyectos, una y otra vez.
Es inevitable para los mexicanos voltear a ver lo que pasa en Estados Unidos, en donde es posible levantar uno, 10 o 50 millones de dólares con una idea presentada en un PowerPoint, en una sentada. La frase no es mía, sino de Jeff Bezos, el fundador de Amazon, una empresa que nació de la nada y multiplicó el dinero de los inversionistas, como Nvidia o como pretende hacerlo OpenAI, la propietaria de ChatGPT, o SpaceX, la empresa de Elon Musk que vende servicio de internet satelital vía Starlink.
Hay emprendedores mexicanos que se aventuran, creen en sus proyectos y buscan capital cruzando la frontera.
Una de ellas es Renata Millet, cuya empresa Ginia conecta a graduados del Conalep y otras escuelas con puestos laborales tecnológicos que las empresas no pueden llenar. Ginia ya levantó 1.7 millones de dólares recientemente.
Ojalá que algún día sea un unicornio, pero de otro tipo, porque lo que creó a los unicornios de aquella ola de 2021 fue la intención de que la empresa valiera más para venderla mejor, no la de conformar al mismo tiempo una empresa que solucione problemas de largo plazo y se convierta en una institución.
Las empresas en ese tiempo no vendían servicios, sino que vendían la empresa misma.
Ya no estamos en 2021. Hoy los emprendedores parecen más enfocados en resolver problemas para que el valor venga después. Creo que ese debe ser el espíritu.
Para ellos hay una buena y una mala noticia. De acuerdo con 414 Capital Rión, este año se acumularon inversiones por más de mil millones de dólares, frente a 600 millones del año pasado. La mala: el número de empresas que recibieron inversión cayó con fuerza, de 79 a 58.
Ojalá que los actuales unicornios mexicanos perduren, no por la etiqueta, sino porque generen prosperidad real y empleos bien pagados. Pueden venir más, producto del emprendimiento nacional, pero lo que falta está bastante claro: inversionistas sofisticados, capaces de leer bien el riesgo, de perder varias veces y aun así apostar a multiplicar su capital.
Ahí, todavía, estamos flacos.