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No tiene una placa. No tiene un apellido. Tampoco aparece en los registros del Cementerio del Oeste. Aún. Es una sepultura construida con piedras, mucho más sencilla que los imponentes mausoleos que la rodean. Una enorme cruz de madera marca el lugar, pero nadie sabe quién descansa allí. Es una de las tumbas que más preguntas despierta entre quienes participan de las visitas guiadas.“Sabemos que fue una de las primeras del cementerio, pero si uno la rodea no encuentra ningún tipo de inscripción ni registro. Nosotros también nos preguntamos quién será”, cuenta el guía Abdel Kanan mientras se detiene frente a la misteriosa sepultura. “Tiene algo especial, y el hecho de que no se sepa de quién es también le da ese toque de misterio”, admite.No muy lejos de allí aparece otro enigma, aunque de naturaleza completamente distinta. Se trata del mausoleo de la familia Yriarte. Al mirar a través de su puerta, el ambiente cambia por completo. En lugar del silencio habitual de las criptas, aparece un pequeño santuario popular. Una gran imagen de la Virgen del Valle domina el fondo del recinto y, a sus pies, conviven crucifijos de distintos tamaños, estampas, imágenes de santos, flores y velas consumidas por el tiempo. Cada objeto parece haber sido dejado por una persona distinta. No hay carteles que expliquen el origen de esa devoción, pero las ofrendas revelan que alguien siempre vuelve.LUGAR DE ORACIÓN. El mausoleo de la familia Yriarte es un punto convocante en la necrópolis, adonde todos los días llega una persona a rezar. la gaceta / fotos de analía jaramillo “Es una tumba a la que la gente viene a rezarle todos los días”, explica Kanan. “Incluso hay un señor que viene todos los días a prender una vela. Lo vi tantas veces que nunca me animé a preguntarle si es descendiente de la familia o simplemente un devoto”, comenta.Son dos historias distintas -una marcada por el anonimato y otra por la fe- que forman parte del recorrido que el Cementerio del Oeste ofrece durante las vacaciones de invierno, de lunes a viernes, a las 10 y a las 17 Pero apenas representan una pequeña muestra de los secretos que guarda este lugar inaugurado en 1872 y considerado una de las necrópolis patrimoniales más importantes del norte argentino.Detenido en el tiempoApenas se atraviesa el pórtico principal, deja de parecer un cementerio convencional. Una avenida de árboles centenarios conduce entre monumentos de distintas épocas. Hay capillas, panteones colectivos, mausoleos familiares y esculturas que parecen formar parte de una exposición.“Esto es un museo a cielo abierto -resume el director Humberto Salazar-, son obras de arte que no están detrás de una vitrina, sino en escala real. Conviven influencias neoclásicas, neogóticas y neocoloniales. Es un verdadero catálogo de arquitectura”.ESPACIO PARA SENTIR. La capilla de la Sociedad Italiana se destaca. Los grandes mausoleos levantados entre fines del siglo XIX y principios del XX conservan mármoles importados, herrerías artesanales, vitrales y esculturas monumentales. Uno de ellos se eleva varios metros sobre una escalinata de piedra, coronado por una torre octogonal que se recorta entre las copas de los árboles. Otro guarda la delicada escultura de una mujer de mármol blanco apoyada sobre una urna funeraria. Más adelante, un ángel erosionado por el tiempo parece inclinarse desde lo alto de un mausoleo, sosteniendo una corona de flores mientras vigila en silencio el paso de los visitantes.“Hoy sería muy difícil construir algo así“, reflexiona el director y arquitecto. “Ya no existe esa mano de obra especializada ni es sencillo conseguir materiales como el mármol de Carrara. Además cambió completamente la forma en que la sociedad entiende los espacios funerarios”, admite.Cada pocas cuadras aparece una nueva historia. Kanan, el guía, señala el mausoleo de Ignacio Colombres y explica que la escultura fue realizada por José Fioravanti, inspirándose en la Piedad de Miguel Ángel, aunque con rasgos más latinoamericanos por sus trenzas perfectamente realizadas. Bajo la figura femenina puede leerse una frase de la Odisea, escrita en griego: “Todo hombre bueno es inmortal”.El camino a todos estos retazos de memorias se recorre sobre unas enormes piedras grises. “Se conocen como piedras hamburguesas”, cuenta Kanan. “Llegaban desde el puerto de Hamburgo como lastre en los barcos europeos. Después comenzaron a utilizarse para construir plazas y edificios. La plaza Independencia todavía conserva algunas”, dice.Los protagonistasPara el director, el objetivo de las visitas es que los tucumanos y turistas vuelvan a mirar un espacio que muchas veces pasa inadvertido.“La intendenta Rossana Chahla nos propuso visibilizar el enorme patrimonio que tiene este cementerio. Organizamos visitas guiadas para que se pueda descubrir su arquitectura, su valor escultórico, su historia y las personalidades que descansan aquí“, explica.Y la lista impresiona. Entre los más de 3.000 sepulcros descansan 22 gobernadores, 17 intendentes, Bernardo de Monteagudo, Benjamín Matienzo, Lola Mora, Rolando Chivo Valladares, los primeros presidentes de Atlético Tucumán y San Martín, además de empresarios azucareros, médicos, militares, artistas y miembros de las principales colectividades inmigrantes.“Mucha gente de otras provincias se sorprende. No es común encontrar un cementerio con semejante concentración de personajes históricos. Es uno de los más importantes del país. Pero lo llamativo es que muchos tucumanos tampoco lo conocen. Y no se puede valorar aquello que no se conoce”, sostiene.Durante el recorrido, varios visitantes comparan el lugar con el Cementerio de la Recoleta. Kanan asegura que ese comentario se repite con frecuencia. “Muchos llegan pensando que algo así solo existe en Buenos Aires. Hace unos días una mendocina me decía que quedó impactada, porque en su provincia los terremotos destruyeron gran parte del patrimonio antiguo y que un lugar así ya no existe allá“, dice.Después de casi una hora de caminata, el recorrido deja la sensación de que el Cementerio del Oeste habla tanto de la muerte como de la vida de la provincia. Sus esculturas, calles y mausoleos cuentan la historia del esplendor económico que vivió Tucumán entre fines del siglo XIX y comienzos del XX.Pero, curiosamente, las historias que más atrapan a los visitantes son aquellas que todavía no tienen respuesta.La tumba sin nombre continúa esperando que alguien descubra quién fue la persona sepultada allí. Y el mausoleo de los Yriarte sigue recibiendo velas y oraciones de personas que llegan movidas por una fe cuyo origen nadie logra explicar.