Notas con audio

Jorge Posse repasó una vida marcada por la competencia, la ambición y su vínculo con el “Verdinegro”, desde aquellos primeros años entre cañaverales hasta una carrera que se extendió durante más de cuatro décadas.

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Exclusivas de La Gaceta

Sobre uno de los muebles del ingreso al departamento de Jorge Posse, en Yerba Buena, hay una fotografía en blanco y negro. Dos jóvenes miran serios a cámara. Ambos llevan la camiseta de Tucumán Rugby. Son Jorge y Federico, su hermano menor. Durante años compartieron una cancha, un club y una vida atravesada por el rugby. La imagen es uno de los pocos vestigios de aquella época que Posse conserva a la vista. No es la foto de su llegada a Los Pumas ni la de alguno de los campeonatos que ganó. Es anterior a casi todo eso. Son simplemente dos hermanos. Juntos. De “Verdinegro”.La contradicción aparece al reconstruir su historia. Posse fue el segundo tucumano en llegar a Los Pumas y el Puma 336 de la historia argentina. Jugó para el seleccionado provincial. Fue campeón con Tucumán Rugby. Volvió a Primera cuando parecía que esa etapa había terminado. “Leyenda”, le decían. En su casa, sin embargo, casi no hay rastros de esa leyenda. Una camiseta de los Pumas la intercambió. La otra se la entregó al club.“Nunca tuve afición por guardar recuerdos. Siempre estoy pensando en el momento”, explica. Posse siempre quiso más. Competir. Ganar. Crecer. Encontrar un desafío y después otro. Esa ambición atravesó el rugby, su profesión y sus negocios. Pero no necesitaba quedarse contemplando lo conseguido.Jorge Posse es el segundo tucumano en llegar a Los Pumas. Diego Aráoz/LA GACETA.Ya a los 10 años mostraba esa personalidad. Creció en la calle Santiago, en pleno microcentro tucumano. La Escuela Mitre quedaba a unos pasos de su casa. “Me despertaba cinco minutos antes de que sonara el timbre, salía corriendo y llegaba”, recuerda entre risas. Su vida se dividía entre el fútbol, el juego de policías y ladrones, y los autitos. Hasta disfrutaba de una especie de rugby inventado con una almohada: había que agarrarla, resistir y cruzar una línea. Sabía poco de aquel deporte. Pero algo ya estaba ahí: quería competir.Era el tercero de cuatro hermanos varones. Los cuatro terminarían jugando en la Primera de Tucumán Rugby. Julio Julián y José, los mayores, habían abierto el camino hacia el “Verdinegro”. Jorge quiso seguirlos, pero no existía una división para su edad. Junto a Ricardo Molina, un amigo un año mayor, empezó a tocar timbres y reclutar chicos. Terminaron reuniendo un grupo en el viejo anexo, cerca de la cancha de Atlético. Jorge era el más chico. Lo mandaron de hooker.Tucumán Rugby tampoco se parecía al club que conocerían las generaciones siguientes. En Marcos Paz había una cancha rodeada de cañaverales y un cuarto que podía ser vestuario, cantina o lo que hiciera falta. Los jugadores cortaban el pasto. Marcaban la cancha. Los propios socios cavaron la pileta. El club no era solamente un lugar al que iban a jugar. Había que construirlo.Jorge Posse se convirtió en el Puma 336. Posse creció con él. Poco antes de cumplir 17 años llegó a Primera y rápidamente se convirtió en titular. Tucumán Rugby perdía y a Posse le molestaba algo incluso más que la derrota: parecía que perder no dolía. Los entrenamientos podían estar programados para el mediodía y algunos aparecían media hora después. “Siempre había un motivo para no entrenarse”, recuerda. Él no lo soportaba. Todavía era casi un adolescente y ya discutía con jugadores consolidados porque no entrenaban.Hasta que llegó 1977. El “Verdinegro” llevaba 15 años sin ser campeón. Lawn Tennis podía quedarse con el título en soledad, pero Tucumán Rugby tenía una posibilidad: ganarle para alcanzarlo. Ganó. Para Posse había algo más detrás de aquel campeonato compartido. Durante años había reclamado entrenamientos y discutido con compañeros mayores. Había peleado contra la idea de que la derrota podía convertirse en costumbre. En 1977 dejó de serlo.Pero aquel año todavía guardaba algo más. Posse tenía 22 años. Estudiaba Agronomía, trabajaba en la Estación Experimental e integraba el seleccionado provincial. A las 7 marcaba tarjeta. Al mediodía salía hacia los entrenamientos. Después estaba la facultad.Jorge Posse se desempeñaba como hooker en su juventud. Un día sonó el teléfono. Era Carlos “Cacho” Valdez: “Jorge, has sido designado para integrar el equipo de Los Pumas”. Mantiene intacto el recuerdo de esas palabras. Dos años antes, Julio Bach había sido el primer tucumano en atravesar una puerta que durante décadas había parecido casi cerrada para la provincia. Ahora le tocaba a Posse. El chico que había tocado timbres buscando compañeros se había convertido en el Puma 336. El segundo tucumano.El 25 de octubre de 1977, frente a Paraguay, entendió la diferencia. Terminó una acción y quiso tomarse esa fracción de segundo que todavía podía permitirse en Tucumán. Cuando levantó la cabeza, la jugada ya estaba lejos. “A los cinco minutos entendí que el ritmo era otro”, dice. El recuerdo permaneció. La camiseta, paradójicamente, no. Había recibido dos. Una la intercambió con un rival. La otra se la pidió Tucumán Rugby y la entregó.La vida siguió empujándolo hacia adelante. Se recibió de ingeniero agrónomo. Dejó la Estación Experimental para trabajar en el Ingenio Concepción. Después creó su propia empresa de agroquímicos. El mecanismo era parecido al del rugby. Llegar. Y buscar lo siguiente.Uno de los tantos planteles que integró Jorge Posse a lo largo de su carrera. Parecía que la Primera también había quedado atrás. Hasta que Tucumán Rugby volvió a buscarlo. En 1988 había una camada joven con talento, pero necesitaba experiencia entre los forwards. Posse llevaba años alejado y pesaba cerca de 100 kilos. Aceptó. “El club me necesitaba”, explica. Entrenó dos meses y bajó 10 kilos. Al principio llegaba último. Al terminar estaba entre los primeros. Los jóvenes habían crecido viéndolo jugar. Entonces apareció el apodo: “Leyenda”.Tenía algo de broma por la edad y mucho de reconocimiento. El regreso casi termina de golpe. En un partido contra Los Tarcos, un golpe le quebró una costilla y la costilla le perforó un pulmón. Siguió jugando. Recién hacia el final sintió que algo no estaba bien. Horas después llegó al hospital. Había sangre acumulada y el corazón se había desplazado. Si aquella noche se acostaba a dormir, quizás no despertaba.Parecía el final. No lo fue. Volvió en 1989. Después siguió jugando con veteranos. Su último partido llegó a los 54 años.Hoy, con 71 años, cuenta esa historia sentado en el living de su departamento. Cerca suyo hay una pequeña estatua de un rugbier. Poco más. Al principio habla el ex Puma. El empresario. El hombre acostumbrado a explicar decisiones. Después sonríe. Se suelta. Aparecen las jugadas. Los compañeros. Las discusiones. Poco a poco se rompe el molde y aparece Jorge. Y en el ingreso sigue aquella fotografía.Tucumán Rugby empezaría una dinastía en 1988 que se extendería hasta 1993. No fue él quien decidió mostrarla durante la entrevista. Estaba ahí. Cuando le preguntaron si podía ser fotografiada, explicó quién era el joven que aparecía a su lado. Federico Posse. Su hermano menor también había llegado a Primera de Tucumán Rugby y pasó por el SIC de Buenos Aires. Murió en 1997, a los 40 años, en lo que Jorge todavía llama “la tragedia de Austral”.No dijo demasiado más. Tampoco hacía falta. Posse fue Puma. Fue campeón. Volvió cuando Tucumán Rugby lo necesitó. Una generación creció mirándolo y terminó llamándolo “Leyenda”. Sin embargo, casi no guardó pruebas. La camiseta está en el club. Una fotografía del Puma 336 quedó en el archivo de LA GACETA. Los recortes envejecieron entre mudanzas.Siempre había algo nuevo por conquistar. En el ingreso de su casa existe una excepción. Jorge y Federico. Jóvenes. Serios. De “Verdinegro”. Los logros podían quedarse en el club, en los archivos o en la memoria de los demás. A Federico, no. A Federico lo guardó él.