Notas con audio

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Exclusivas de La Gaceta

Perdón Alberto, por esta derrota moral que se llama impunidad.Perdón por el dolor que no se termina nunca.Perdón a tu familia, destrozada desde el 26 de febrero de 2006.Perdón por convertir el dolor privado en una humillación pública.Perdón a todas las familias que luchan, que jamás se resignan, que marchan, que suplican por un acto de justicia.Perdón por tantas víctimas de crímenes impunes.Perdón por un Estado que debería reparar aunque sea una parte de la herida, pero decide abandonarla abierta, infinitamente sangrante.Perdón Alberto, por los tucumanos que entierran a sus muertos y descubren que también deben enterrar la esperanza de justicia.Perdón por las indignaciones pasajeras, por los pésames de ocasión y por las solidaridades hipócritas.Perdón, porque esas marchas en torno a la plaza Independencia deberían ser multitudinarias y en infinidad de ocasiones se reducen a una radiografía del desamparo.Perdón por todo lo que se hizo mal desde el primer día. Perdón por la corrupción, por la desidia, por la ineficacia, por la negligencia. Por los encubrimientos condenados y por los encubrimientos que laten en los expedientes sin que alguien se anime a auscultarlos.Perdón por la endeblez institucional que difumina los límites de la separación de Poderes, convirtiendo la Constitución en letra muerta.Perdón por tantas mentiras, por tantas promesas vacías.Perdón por lo vivido el miércoles. Durante más de una hora el Tribunal explicó con lujo de detalles por qué no podía condenar a César Soto y a Sergio Kaleñuk, pero básicamente demolió el trabajo de la Fiscalía con términos inusuales por su contundencia.Perdón por tantos errores, por tanto amateurismo, por tanta chapucería que no deja de resultar sospechosa. Lo dijo, con las palabras apropiadas, el juez Fabián Fradejas. Las miradas en la sala no se despegaban del fiscal Carlos Sale.Perdón por la deshonestidad de tanto funcionario manchado. Varios -policiales, judiciales- fueron condenados. Otros te miran con desdén al cruzarlos en la calle.Perdón por el lado oscuro de Tucumán, esa mancha venenosa que a veces parece cubrirnos por completo. No todo es así, no todo está contaminado, pero hay momentos en los que resulta imposible ver la luz. Por supuesto que se entiende.Perdón por esta sofisticada muestra de violencia institucional que es la impunidad lisa y llana, tan potente que revictimiza a Paulina y mata la confianza social. Cuando la confianza desaparece, más que un expediente judicial, lo que se desmorona es la idea de comunidad.Perdón entonces por esta grosera ruptura del pacto social. Aceptamos vivir bajo reglas comunes porque creemos que esas reglas serán aplicadas. Que habrá protección. Que cada crimen tendrá consecuencias. Que la ley tendrá más fuerza que el poder, que el dinero o que las influencias. A veces, como en este vía crucis que Paulina no deja de atravesar, esa creencia queda hecha añicos.Perdón, justamente, por esta democracia  que se vacía desde adentro cada vez que pensamos en la historia de Paulina.Perdón por la certeza de que no hace falta cerrar tribunales para destruir la Justicia, porque alcanza con degradarla lentamente. Con convertirla en un mecanismo burocrático incapaz de ofrecer respuestas humanas. Con acostumbrarla a la demora. Y con naturalizar, así, que las causas prescriban.Perdón por este abismo al que se asoma la sociedad cuando convive con crímenes impunes. Porque es un tema jurídico, sí, pero sobre todo es ético. Y una sociedad amortiguada pierde sensibilidad frente al sufrimiento ajeno. Todo se vuelve estadística. Todo se vuelve archivo. Todo se vuelve un número más. Las personas -nombres, rostros, historias, amores, ilusiones- quedan reducidas a un número de folio. No. Se llamaba Paulina.Perdón porque la Justicia no puede devolver la vida, pero tiene la obligación de revelar esas verdades que Paulina se llevó y yacían -tal vez- en un pelo atrapado entre sus manos.Perdón, porque cuando no se identifica a los responsables las instituciones resignan un sentido de moral que debería ser intrínseco a su naturaleza.Perdón, porque con toda esa carga de impunidad el mensaje - devastador- es que hay vidas que no importan lo suficiente.Perdón entonces porque, al cabo de 20 años, y por si a alguien le quedaba alguna duda, lo más importante fue concentrar los esfuerzos para proteger a quien -o a quienes- mataron a Paulina.Perdón por la impunidad que pone en jaque el concepto de República. La función primordial del Estado, antes que cualquier clase de administración, es garantizar derechos. El primero de todos es el derecho a la vida. Cuando ese derecho es destruido por la violencia, aparece otra obligación esencial, como el acceso a la Justicia. Por todo esto, el fracaso en el caso de Paulina es del Estado en su conjunto, en toda su dimensión, en todos sus entresijos.Perdón por las instituciones débiles que intentan esconder sus errores. Las instituciones fuertes son capaces de reconocerlos y, especialmente, de enmendarlos.Perdón Alberto, porque la impunidad no termina cuando prescribe una causa. Permanece. Permanece en la memoria de quienes esperaron en vano. Permanece en la desconfianza ciudadana. Permanece en el descreimiento hacia todo un sistema de poder. Permanece en esa sensación amarga de que la verdad es tan pesada que nadie es capaz de lidiar con ella.Perdón, porque nada destruye más rápido una democracia que la pérdida de confianza en la Justicia. Una democracia puede sobrevivir a las crisis económicas, puede soportar gobiernos malos, puede atravesar conflictos sociales intensos. Lo que difícilmente resista es la sensación extendida de que no existe igualdad ante la ley. Cuando la sociedad percibe que algunos crímenes jamás serán esclarecidos, comienza a instalarse una forma silenciosa de resignación. Y la resignación es el terreno más fértil para la decadencia.Perdón Alberto, por no haber estado a la altura.Perdón.Y en tu nombre, por intermedio de lo que representás hace 20 años en Tucumán, nace el otro pedido de perdón. El más difícil de formular.Perdón, Paulina.