Notas con audio

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Exclusivas de La Gaceta

Cuando éramos chicos, los regalos de cumpleaños se dividían en tres grandes rubros: ropa, juguetes y libros. La ropa era casi siempre una decepción elegante. Los juguetes producían la alegría esperada. Los libros, en cambio, exigían una sobreactuación moral. Regalar libros era un poco decir: alimentá esa choza al cuete que tenés de cabeza.Pero había un caso que producía felicidad real y unánime: cuando el paquete traía un Asterix, de René Goscinny y Albert Uderzo.Ahí no hacía falta actuar. El entusiasmo era verdadero. El libro era grande, colorido, prometía una aventura larga y tenía esa mezcla rara de historieta y objeto importante. No era un cuentito. Tampoco una revista para leer y tirar. Era un álbum. Uno lo abría y entraba a una aldea.De noche, en la cama, cada página demoraba. Había que leer los globitos, mirar los dibujos, volver atrás, descubrir detalles escondidos, aprenderse esos nombres raros que primero costaba pronunciar y después se volvían familiares: Asterix, Obelix, Panoramix, Abraracurcix, Asuranceturix. Primero eran nombres imposibles. Después eran gente conocida.La aldea tenía algo hipnótico. Estaba el petiso astuto, el grandote bueno que no podía tomar poción porque se había caído de chico en la marmita, el druida que guardaba el secreto, el jefe subido al escudo, el bardo insoportable, el pescadero peleador, el herrero siempre dispuesto a repartir golpes. Cada uno tenía su manía. Cada uno volvía a hacer, más o menos, lo mismo. Y esa repetición era parte de la felicidad. Uno abría el libro y sabía que iban a volver los romanos, las discusiones, los viajes, los equívocos y el banquete final.La historia de fondo era simple. Toda la Galia estaba ocupada por los romanos. Toda, “menos una pequeña aldea de Armórica que resistía todavía”. Esa frase, repetida al comienzo de cada aventura, funcionaba como un conjuro. La historia real había sido menos amable. Los galos eran efectivamente durísimos y tenían pociones que los volvían desaforados. Pero igualmente Vercingétorix cayó.Pero Goscinny y Uderzo hicieron algo maravilloso: donde la historia cerraba con una derrota, ellos abrieron una viñeta. Pusieron la lupa sobre un pueblito inventado y lo dejaron resistiendo para siempre. La historieta no negaba la derrota. La suspendía. Y en esa suspensión aparecía una frase que, de chicos, parecía apenas un chiste: “Están locos estos romanos”. La decía Obelix, a quien nadie podía culpar de insincero. Para Roma, y para cualquier pueblo que se cree civilizado, los locos debían ser los ellos mísmos: bárbaros, gritones, comilones, indisciplinados, incapaces de aceptar el orden. Roma tenía leyes, caminos, legiones, jerarquías, administración. Pero el bárbaro no aceptaba ser juzgado por el civilizado. Le devolvía la mirada. No decía: “Qué admirable organización política”. No decía: “Qué impresionante ingeniería militar”. Decía: “Están locos estos romanos”. Y con esa frase infantil liquidaba la superioridad del imperio. La civilización miraba a la aldea como barbarie. La aldea miraba a la civilización como locura.¿De dónde el encanto que sentíamos tan lejos de ese mundo, nosotros argentinos? René Goscinny, el guionista de Asterix, nació en París, pero pasó su infancia y adolescencia en Buenos Aires. Llegó a la Argentina con apenas dos años:“Me fui de Francia en 1928, llevando a mis padres conmigo, y me quedé en Argentina hasta 1945. Nuestra llegada fue maravillosa: nos esperaban con guirnaldas, un desfile militar y fuegos de artificio. Sí que sabían recibir bien a los que arribaban. Mucho después me enteré de que habíamos llegado el día de una celebración patria. (Salió en Radar de P/12 la reproducción de toda la crónica de Goscinny el 17 de mayo de 2009, de donde extraigo)“Están locos estos argentinos”, debió haber pensado. La anécdota es perfecta. Llega a un país y lo primero que encuentra no es una explicación, sino una fiesta. No una definición de patria, sino una calle llena de gente con el colorido y la mezcla de formalidad e informalidad que nos caracteriza: choripán y desfile, por así decirlo. Cuesta no imaginar que algo de esa primera confusión quedó en su manera de mirar los pueblos: como conjuntos de personajes, voces, hábitos, disputas y celebraciones. Goscinny estudió en Buenos Aires, dibujó desde chico y editó revistas en el colegio Franco. Admiró Patoruzú de Dante Quintero. No hace falta decir que Asterix sea argentino. No lo es. Tampoco hace falta convertir a Obelix (Obelisco) en una versión gala de Upa, ni los colores de sus pantalones una referencia a Racing. Eso sería demasiado fácil. Lo interesante es más sutil: antes de inventar una de las aldeas más famosas de Francia, Goscinny fue parte de la nuestra durante diecisiete de sus cincuenta y un años de vida, un tercio exacto.  Aquí entonces la viñeta del banquete.