Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.
EU vuelve a la carrera nuclear
Estados Unidos es el mayor productor de crudo y gas natural. ¿Por qué, aun así, el presidente Donald Trump decidió intervenir en el gobierno y la industria petrolera de Venezuela? Eso da para un desayuno.
De lo que encuentro pocas conversaciones frescas en México es del explosivo regreso de esa nación vecina a la carrera por la generación de energía nuclear. Ese tema podría llevarnos toda una noche de especulaciones.
“La producción de uranio de Estados Unidos se triplicó en 2025 y fue la más alta desde 2017”, publicó el viernes el gobierno de ese país.
Alcanzó 2.1 millones de libras de octóxido de triuranio, componente básico del combustible para reactores nucleares, precisó la Agencia de Información Energética de Estados Unidos. La cifra es técnica, pero quédense con el volumen.
Esa producción fue la mayor desde 2017 y más que triplicó la registrada en 2024. Se trata de uno de los primeros pasos en la fabricación de combustible para reactores nucleares.
Conviene entender lo básico: tras perforar pozos y extraer el mineral, el uranio se somete a un proceso de molienda para obtener octóxido de triuranio, que posteriormente pasa por plantas de conversión y enriquecimiento.
El uranio enriquecido se transforma en pastillas que se ensamblan para formar las barras de combustible de los reactores nucleares.
Hace tres meses, el crecimiento de la producción y un frenético ritmo de experimentación derivaron en un éxito para Estados Unidos contra muchos pronósticos.
Después de décadas sin innovación disruptiva, una empresa creó en pocos meses, en el histórico Laboratorio Nacional de Idaho, un reactor que devuelve protagonismo a ese país.
“El renacimiento de la industria nuclear estadounidense ha llegado oficialmente”, anunció en junio el Departamento de Energía de la nación vecina.
“El reactor avanzado Mark-0 de Antares Nuclear completó con éxito una demostración de criticidad sin potencia”.
La prueba confirma que el reactor —que cabe en un camión y no necesita agua para enfriarse— puede operar de forma segura. También sienta las bases para que sus sucesores produzcan electricidad a partir de 2027, señaló la institución.
¿Se acuerdan de la cifra de más arriba? Necesitarán aproximadamente 265 libras de uranio para operar más de 4 años.
El Mark-0 fue el primero de cuatro reactores avanzados en alcanzar la criticidad antes del 4 de julio, fecha límite establecida por Trump mediante una orden ejecutiva de mayo de 2025. Cuatro reactores nuevos y eficientes, desarrollados en meses, no en años.
Esa orden reconoció que “otros países” llevaban la delantera en tecnología nuclear. Trump pretende que Estados Unidos cuadruplique en 25 años su capacidad nuclear actual, de unos 100 mil megawatts, que aporta casi una quinta parte de la electricidad de ese país.
Va una referencia rápida: Laguna Verde, en México, tiene una capacidad de 1,640 megawatts. Toda la capacidad de generación eléctrica del país suma unos 87 mil megawatts.
¿Y para qué quiere Estados Unidos tanta energía?
Para abrir un abanico de nuevas aplicaciones. Claro, entre ellas están el soporte a centros de datos y la fabricación de microchips.
Pero todo este proyecto nuclear sostiene otro más grande, agrupado en la “Misión Génesis” del gobierno estadounidense.
Con ella pretende crear en 10 años nuevas maneras de utilizar la electricidad y cada molécula industrial en la producción petroquímica, la atención médica, la desalinización, la producción de hidrógeno y otras industrias que, a su vez, harían más útil el agua de mar.
Para lograrlo necesita más energía confiable que no caliente la atmósfera: electricidad nuclear producida con más uranio enriquecido. Para obtenerlo, durante 2025 fueron perforados 3,708 pozos de desarrollo, frente a los 2,462 de 2024.
Todo lo anterior, mientras calculan cuántos nuevos pozos podrán perforar en los yacimientos petroleros de Venezuela.