Expediente Umbral

Si la identidad de la madre de Umbral fue una incógnita durante años, la identidad del padre de Umbral fue un secreto para siempre. No se conocieron su nombre y apellido –Alejandro Urrutia– hasta que el escritor ya había fallecido. En ese capítulo, Manuel Jabois, autor de la exclusiva, aporta detalles de su investigación. Pedro J. Ramírez, el periodista que más tiempo dirigió a Umbral, cuenta datos clave del comportamiento de su compañero y amigo. Ángel Antonio Herrera, el mejor de los discípulos de Umbral, detalla las conversaciones que tuvo con él sobre su familia. 

What is Expediente Umbral?

¿Quién era Francisco Umbral? En 1971, escribió una de sus mejores novelas autobiográficas gracias a una beca de la Fundación Juan March. En su expediente, hasta ahora inédito, puede comprobarse que falsificó datos personales como su nombre y su fecha de nacimiento. Nadie supo que la verdad sobre su identidad se encontraba oculta en la novela. Y la mentira, en su solicitud. A través de entrevistas con quienes mejor lo conocieron –su viuda, Pedro J. Ramírez, Juan Luis Cebrián o Anna Caballé–, el periodista y escritor Daniel Ramírez reconstruye el origen proscrito de Umbral: la convivencia de una identidad falsa con una fama desbordante.

Expediente Umbral, por Daniel Ramírez García-Mina.

Cuarto episodio: El padre de Umbral

Con la beca de la Juan March, Umbral escribió esta novela, ‘Los males sagrados’, a principios de los setenta, apenas veinte años después de que muriera su madre, apenas diez después de llegar al Café Gijón. La Fundación no tuvo que presionarle para que cumpliera los plazos que permitían al becado ir ingresando la cuantía de la ayuda. Umbral escribió sus “males sagrados” de manera torrencial. En cuanto supo de la concesión, entregó de golpe cincuenta folios.

En la última página de este expediente hasta ahora inédito, encontramos la mejor prueba del misterio. La Fundación, como la mayoría de las instituciones que becan, se reservaba la posibilidad de publicar en exclusiva la novela, pero también la posibilidad de no hacerlo. Aparecen unas anotaciones a mano y en mayúsculas. Indican la idoneidad de que se abone a Francisco Umbral la última parte de la beca, pero también una frase entre paréntesis: “Trabajo terminado, felicitadle. No se publica. No es preciso decirle esto al becario”.

El veredicto de la Fundación alaba el estilo de la novela de Umbral, pero decide no publicarla. Y era lógico. ‘Los males sagrados’, en aquel 1972, era tan sólo un puñado de escenas inconexas, muy bien escritas, imbuidas de un gran lirismo, pero nada más. ‘Los males sagrados’ era una novela que no era una novela. Ni siquiera podía leerse como una crónica. Era un jeroglífico, un enigma que tardaría cuarenta años en resolverse. Hoy, leída al compás de su biografía al fin desencriptada, ‘Los males sagrados’ es uno de los libros más emocionantes de Umbral. En esas páginas está su corazón. Herido, atravesado por las ausencias. El corazón del niño, el joven y el hombre que se escondían tras la máscara de Umbral.

Era 2004. Umbral tenía 72 años. La publicación de la biografía de Anna Caballé produjo una honda impresión en él. Se sintió desnudo, pero desnudo de verdad, no como en esas cubiertas de sus libros en las que posaba sin ropa, utilizando la máquina de escribir como calzoncillo. Casi toda su verdad estaba en manos de los lectores por primera vez. Ya no era él quien tenía el control sobre su personaje.

Francisco Pérez Martínez hizo de “Francisco Umbral” el disfraz con el que había soñado desde niño, cuando se miraba en un espejo grande y posaba como escritor. Era un disfraz complejo, completo, artificioso, barroco, tejido palabra a palabra. Y, de pronto, un libro lo había deshilachado. Umbral, tan friolero, era Francisco Pérez y tenía más frío que nunca. Se estiraba de la bufanda, del abrigo de astracán, se colocaba esa melena canosa, pero no había manera de cubrirse. Era un estríper subido al escenario contra su voluntad.

Para Umbral, el disfraz polvoriento y roto, guardado en el cajón, suponía la derrota de sus aspiraciones literarias. Al mismo tiempo, el libro de Anna Caballé había sido el mejor de los posibles para esos miles y miles de lectores que leían a Umbral desde hacía cuarenta años y no terminaban de poder comprender en plenitud la obra del escritor al que desayunaban cada mañana. Los periódicos, decía Umbral, se hacen de una mezcla de mentiras y verdades. Las biografías bien escritas se hacen solo con verdades.

Pedro J. Ramírez fue el director de Umbral durante casi veinte años. Fue, de hecho, el director que más tiempo lo tuvo en nómina. Nos recibe en el despacho de su casa. Hay una biografía de Pla encima de su mesa de trabajo. Nos cuenta que a Pla le gustaba vestirse con ropa que había sido de otros. Se ha acordado de Umbral al conocer este detalle porque la anécdota le ha empujado a pensar en esos escritores que, a conciencia, hicieron de sí mismos un personaje literario: la txapela de Baroja, la boina de Pla, la bufanda de Umbral, los tirantes de Pedro J.

Aunque Pedro J nunca supo lo que escondía el disfraz de Umbral, sí entendió muy pronto que todo en Umbral estaba dirigido a la creación de un personaje: la ropa, los artículos, los libros, las opiniones, las apariciones públicas.

“Estoy leyendo algunas cosas en la introducción de la biografía de Pla, que además de lo de la bufanda y además de lo de la ropa, que me ha recordado mucho a Umbral y a Camilo José Cela, que es la conciencia de estar construyendo un personaje literario, de estar construyendo una identidad basada en la proyección de la persona en la literatura, de estar viviendo para escribir y de estar realizándose como ser humano a través de la escritura”. “¿Salvándose a través de la escritura?” “Efectivamente. Si imaginas cómo era el Valladolid de los años cuarenta, efectivamente puedes pensar que es una salvación”.

La biografía de Anna Caballé dejó una incógnita por despejar: ¿quién era el padre de Umbral? O, mejor dicho: ¿quién era el padre de Francisco Pérez Martínez? Cuando Caballé viajó a Laguna de Duero para visitar la casa donde Paco se crio junto a la nodriza, escuchó el rumor en boca del cronista local: Umbral era hijo de Alejandro Urrutia, padre del poeta Leopoldo de Luis.

La historia parecía demasiado novelesca para ser cierta. Umbral era amigo de Leopoldo de Luis. Fue uno de los poetas que encontró la noche que llegó al Café Gijón. ¿Cómo iban a ser hermanos los dos amigos que tantas tertulias habían compartido? ¡Y sin ellos saberlo! Caballé no podía probar documentalmente que aquello fuera cierto y decidió no publicar el nombre en el libro.

“Fui a Valladolid y fui a Laguna de Duero, donde él pasó los primeros años, y me puse en contacto con el cronista oficial de Laguna de Duero, un hombre mayor y tal y dijo: "Hombre, Umbral... aquí todo el mundo sabía quién era el padre de Umbral". "Ah, ¿sí?, No sé..." porque esto no había manera de entenderlo. "Sí. Él es el hermano de Leopoldo de Luis", "Ah, quien, ¿el poeta Leopoldo de Luis?" "Sí, sí, sí, sí, sí. Sí, sí". Entonces yo tomé nota de esto y fíjate, pensé: "No puede ser que esto sea verdad". No me lo creí. Entonces no le di crédito, porque él no solo hablaba de un rumor. Y me pareció que era muy comprometido por mi parte dar un nombre sin tener ningún tipo de prueba”.

Hasta que, en 2015, la verdad apareció publicada en las páginas de El País. Firmaba el texto Manuel Jabois. Umbral llevaba muerto ocho años. Nunca supo que todos supimos quién fue su padre. Esta es la intrahistoria de la investigación de Jabois, que nos lo cuenta así.

Siempre me llamó mucho la atención el hecho de que Umbral escribiese decenas de libros y miles y miles de artículos hablando de sí mismo. Y de él no se conociese ni siquiera su nombre real. Siempre me llamó mucho la atención que se conociese tan poco de él, tan poco de su infancia, de sus orígenes. Se conocían, por supuesto, cosas. El hijo de Greta Garbo cuenta muchas y su escritura era memorialista, por lo tanto, había grandes pasajes autobiográficos en los que se podía esclarecer alguna verdad. Pero la identidad del padre no era conocida por por nadie y yo recibí una información acerca del hombre que podía ser, Alejandro Urrutia. Primero en Valladolid, preguntando a la gente que podía haber tratado a la gente que cuidó a Umbral cuando era niño, que cuidó o que más o menos conocía a su familia, y posteriormente me vi con Jorge Urrutia, que fue el que me aclaró muchas cosas que yo tenía cogidas con pinzas. Yo no podía publicar la historia sin el testimonio de Jorge, porque era demasiado arriesgado. Yo sabía que era verdad de algún modo, pero tampoco tenía una forma muy clara de defender esa verdad, y ya sabemos que en el periodismo para publicar una verdad tienes que saber defenderla después, y si alguien me desmentía, pues digamos que las fuentes que me lo habían contado no iban a salir. La historia que me contó Jorge fue una historia fascinante que publiqué en el diario El País. Recuerdo que me llamó Carmen Rigalt, que estaba en El Mundo, y me dijo: "Es increíble que tu primer gran reportaje en El País fuese uno que tenías que haber publicado en El Mundo, porque era el período histórico de Umbral, –Umbral había empezado en El País, pero luego pasó mucho tiempo en El Mundo–. Había coincidido efectivamente con mi llegada a El País. Había quedado con Jorge Urrutia y me pareció que el lugar adecuado para hacerlo era el Café Gijón. Él fue muy generoso y me contó la historia con detalle, que de esa forma pude, escribir. Además, en algunas ocasiones la he releído. Quizás la hubiera escrito más ordenadamente, quizás la hubiera escrito de otra forma, porque es una historia compleja, pero es una historia que tiene escenas muy potentes. Por ejemplo, cuando en el velatorio de Umbral se acerca Jorge Urrutia y se queda solo con María España y la abraza. En ese abrazo estaba implícito el secreto que él que había llevado a la tumba.

El padre de Umbral se llamaba Alejandro Urrutia, un abogado cordobés, culto, con vocación literaria, socialista utópico, intento de poeta modernista, empresario arruinado, bohemio de capa y sombrero borsalino. De izquierdas, pero burgués. El único burgués, de hecho, que hizo en Valladolid la huelga de 1917. En 1932, dirigía una fábrica de apósitos en la ciudad castellana y tuvo como secretaria a la madre de Umbral, que se quedó embarazada. El 18 de julio le pilló en Toledo y lo pasó preparando bocadillos para los milicianos que asaltaban El Alcázar. La pérdida de la guerra le supuso la pérdida de un puesto que había conseguido como inspector de Trabajo. Acabaría sobreviviendo a duras penas con el dinero de sus hijos y con lo que ganaba como articulista con seudónimo en el Arriba.

La publicación del reportaje de El País, pese a estar muerto Umbral, tuvo un gran impacto. El “mal sagrado”, revelado en su totalidad. El hecho de que el pequeño Francisco creciera sin saber quién era su padre y pensando que su madre era su tía no tenía que ver con la guerra. Era la historia de tantos entonces: el hijo imprevisto de un empresario con su secretaria. La madre, para ocultarlo, viajó a dar a luz a Madrid en el hospital benéfico de la Maternidad del barrio de Lavapiés y después lo entregó a la nodriza de Laguna de Duero. Hasta que lo reinstaló en la casa familiar haciéndolo pasar como un sobrino más.

Igual que ocurrió cuando se publicó la identidad de la madre, el conocimiento del nombre del padre permitió atravesar el túnel del tiempo y alumbrar con la linterna de la verdad los rastros impresos en tinta. En 1958, el año en que Francisco Pérez comenzó a firmar como Umbral, ya quedó en el camino una miga de pan que podemos recoger ahora. Era el 29 de mayo de aquél 1958. Había muerto Juan Ramón Jiménez, uno de sus padres literarios. Y Paco, que acababa de convertirse en Umbral, homenajeó a su padre literario dejando el rastro de su padre biológico. Escribió: “Yo me llamo Alejandro Francisco de Jerónimo”. Pese a ser un hijo proscrito, antes que Francisco, se llamaba como el padre: Alejandro.

Ángel Antonio Herrera fue uno de los discípulos más queridos por Umbral. Poeta y escritor, aúna en su estilo eso que tanto le gustaba a su maestro: el lirismo y el latigazo, la ternura y la crueldad. Nos cuenta qué se decía en las tertulias literarias de entonces acerca del origen de Francisco Umbral.

Lo que sí llegó a ser en algún momento un chisme literario más o menos malicioso en algunas tertulias del Café Gijón y en otras, es decir, en los ambientes literarios de hace ya bastantes años, es que Umbral era hijo de madre soltera. A veces incluso se llegaba un poco más lejos y se insistía un poco o mucho en que la madre de Umbral había venido a dar a luz secretamente a Madrid.

Ángel Antonio publicó una biografía de Umbral. Un libro que le granjeó una intimidad todavía mayor con su maestro. En ese clima, en una de tantas conversaciones, logró franquear la barrera que casi ninguno franqueaba y le preguntó por su padre.

“Umbral del padre hablaba poquísimo, y cuando daba algún dato procuraba dar un dato de despiste, un dato más bien literario, inventado, fabulado, como que el padre había estado preso, el padre era muy de izquierdas y fue represaliado, o bien que era un hombre que desapareció muy pronto, que pasó muy fugazmente por la familia. En fin, menos la verdad, pues cualquier cosa”.

Desvelado el misterio, para poder alcanzar el corazón de Umbral, nos falta recoger un testimonio: el sobrino carnal de Francisco Pérez. O lo que es lo mismo: el hijo de su hermano, el hijo del poeta Leopoldo de Luis.