Notas con audio

La muerte del relator de “Fútbol de Primera” nos empuja hacia un viaje agridulce por la década de los 90. Entre el 1 a 1, los rituales compartidos con los padres y el “tiro de gracia” de la crisis de 2001, su figura alimenta reflexiones sobre la grieta emocional que divide a los argentinos

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Aún faltaba algo más de un año para que el país se desbarrancara en su crisis más dramática. Pero aquel 22 de abril de 2000, las preocupaciones de los hinchas de Gimnasia y Esgrima de Jujuy pasaban por cuestiones mucho más triviales (aunque no menos angustiantes para ellos): el equipo dirigido por Raúl Sosa estaba al borde del descenso y aquel día debía enfrentar nada menos que a Boca en la Bombonera. Durante casi todo el partido, el “Lobo” jujeño aguantó un empate contrario a cualquier pronóstico. Cuando faltaban nueve minutos para el final, Andrés Romano robó la pelota en la puerta del área, convirtió el único gol del encuentro y desató una alegría tan pasajera como inolvidable entre los sufridos hinchas del norte. Ojo: si el VAR hubiese existido en aquel entonces, es posible que el tanto hubiera sido anulado, pero eso hoy es un detalle anecdótico. Lo relevante a casi 26 años de aquella tarde soleada de principios de milenio es que, a la luz del tiempo, el tanto de Romano y el triunfo de Gimnasia se han vuelto inseparables de la voz que los relató: la de Marcelo Araujo, cuyo estilo singular marcó los fines de semana de una Argentina que ya no existe.A la melancolía la podemos clasificar en varios tipos: por ejemplo, está la negativa, que es aquella que alimenta depresiones, malestares y tristezas, y que posiblemente requiere una atención especial. Pero también hay otra que, con un sabor agridulce, nos lleva a visitar recuerdos que más que entristecernos, nos ayudan a poner en perspectiva el presente y a valorar nuestro recorrido por la vida. Es probable que para miles de personas -especialmente para quienes transitaron la adolescencia, la niñez o la juventud en la década del 90- la muerte de Araujo haya disparado un proceso de este tipo.La ilusión de los ansiososLázaro Jaime Zilberman, su verdadero nombre, fue un icónico relator de fútbol que vivió el largo pináculo de su carrera entre 1989 y 2004. Junto con Enrique Macaya Márquez, le puso voz a los partidos de fútbol en un tiempo en el que las redes sociales no existían, el concepto de inmediatez era difuso y el consumo “on demand” era apenas una ilusión entre aquellos ansiosos que vivían anhelando el futuro. Así que para disfrutar de los goles del equipo del que uno era hincha (y de los del resto) existían dos opciones: pagar el decodificador -que con la llegada de la televisión por cable, otro ícono de los 90, habilitaba a ver los dos o tres partidos televisados de la fecha- o aguardar la noche del domingo para instalarse frente a la TV y dejarse envolver por Fútbol de Primera.En tiempos de crianzas más rígidas y distantes que las actuales, para muchos chicos, ese programa resultaba especial. Porque constituía tal vez uno de los pocos momentos en los era posible compartir algo con los padres desde un lugar de igualdad: mientras Araujo y Macaya estaban en la pantalla se podían emitir opiniones sobre fútbol, juicios de valor y, por qué no, alguna “puteada” con la aprobación de figuras cuyas sentencias solían ser inapelables en el hogar. Por un rato se jugaba a ser amigo de papá. Y eso, en aquel entonces, significaba mucho.De una Argentina a la otraEn este revisitar constante del ayer que suele volverse habitual después de los 40, la figura de Marcelo Araujo (con sus trajes llamativos y aquella vocación de protagonismo que competía inclusive con la de los mismísimos jugadores) puede funcionar como un espejo para analizar el presente a la luz del pasado. Sin dudas, él mismo fue un símbolo de una década que marcó el final de una Argentina que se diluyó tras la catástrofe social y económica de 2001 y que -tal como dijimos en este espacio en otras oportunidades- dio paso a otra Argentina, diferente, áspera y gris, que es la que habitamos hoy. Sin dudas, aquella época, signada por los dos gobiernos de Carlos Menem, vive en el imaginario colectivo como una bisagra. Eso explica, en parte, por qué el poder, encarnado primero por el kirchnerismo y ahora por el mileismo, se haya empeñado tanto en ella. Los primeros, para señalarla como la causa de todos los males; los segundos, para tender lazos emocionales con sus votantes.Quizás es por eso que al remontarnos en el tiempo, la memoria colectiva suele poner el foco en la paridad entre el dólar y el peso (el imborrable “1 a 1”), en los viajes a Miami como símbolo aspiracional de la clase media, en la extravagancia de los políticos (materializada en la “pizza con champagne”), en la corrupción durante las privatizaciones de empresas públicas (y en muchísimos otros ámbitos), en el desempleo y en el inevitable devenir hacia la crisis del 2001. Pero si hacemos este ejercicio retrospectivo usando como telón de fondo el presente signado por la Inteligencia Artificial (IA), por los algoritmos, por la inmediatez, por la desconexión social -entre otras tragedias- a la que nos somete la tecnología y por el bombardeo de estímulos permanentes, tal vez el recuerdo empiece a iluminar otros hitos entrañables. Por ejemplo, que aquella fue la era dorada del consumo físico de entretenimiento: el videoclub del barrio nos permitió llevar el cine a nuestras casas gracias a los VHS y las tiendas como Musimundo o Tower Records nos abrieron las puertas al universo de la música con sus bateas interminables repletas de CDs. Además, por aquellos años empezamos a dar los primeros pasos en la conectividad digital: apareció el ICQ, las computadoras con conexión a internet en los locutorios, primero, y en los ciber cafés, luego. Y el Family Game y la Nintendo, que nos revelaron otra dimensión del juego.Además, la televisión adquirió centralidad en la vida familiar. La llegada del cable permitió la irrupción de programas que ganaron una audiencia enorme, como los de Susana Giménez, Videomatch y Fútbol de Primera, claro. Y las ficciones (buenas o malas, pero ficciones al fin) llenaron la grilla ¿Quién iba a pensar en aquel entonces que apenas un par de décadas después ese modelo iba a entrar en crisis con la irrupción de Netflix y del resto de las plataformas de streaming por suscripción?La dictadura de lo inmediatoAquel también fue el tiempo de la vida de barrio, de la posibilidad de salir a jugar con los vecinos a la vereda sin miedo (algo que hoy, tristemente, está reservado para los pocos que pueden vivir dentro de un barrio cerrado o de un country), de los días interminables en el club, del aburrimiento, de la imaginación, de la paciencia y de otras cuestiones tan importantes como las anteriores, pero que hoy han sido postergadas -tal vez irremediablemente- por la dictadura del estímulo inmediato.Si bien esta enumeración es imperfecta y limitada -porque los 90 nos mostraron muchas más luces y sombras- constituyen puentes emotivos hacia una Argentina que ya no existe. Por suerte -y ahí sí hay que agradecerle a las redes sociales y a YouTube- nos quedan los relatos de Marcelo Araujo. No olvidemos que junto con Macaya lograron varios hitos. Uno de ellos fue el de haberse convertido en el mejor antídoto para el desasosiego dominical. Y eso, claramente, no fue poca cosa.