Mitos y más

Las brujas de Zugarramurdi, la historia completa: el aquelarre, el auto de fe de Logroño de 1610 y por qué la Inquisición española no quemó a miles.
En el mayor proceso de brujería de la historia de España ardieron once personas: seis en persona y cinco en efigie, siete mujeres y cuatro hombres, casi todas por negarse a confesar algo que no habían hecho. A los seis vivos les bastaba con decir que sí para salvarse. Y de ese mismo tribunal de Logroño salió el inquisidor que pidió pruebas y consiguió que la Inquisición dejara de creer en los aquelarres.
En este episodio: la chica que volvió de Ciboure con nombres; el vahído de María de Jureteguía y el pueblo que confesó en la iglesia y se perdonó; la carta que llegó a Logroño; por qué confesar salvaba y negar mataba; el fraile que estaba en el aquelarre y dormido en su celda a la vez; lo que se leyó en la plaza, del macho cabrío a los sapos vestidos de terciopelo; la cueva que no aparece en el proceso y la palabra aquelarre, que escribieron los inquisidores; el voto de ocho contra uno; el auto de fe de 1610; los predicadores y los cientos de niños que soñaban con brujas; la visita de Alonso de Salazar Frías, los 22 tarros de ungüento y la noche de San Juan en un prado vacío; las Instrucciones de 1614; el mito de los nueve millones; y lo que Zugarramurdi enseña sobre los pánicos morales.
🌿 La primera bruja de la literatura, Circe, la de la Odisea: https://share.transistor.fm/s/69ff1e1e
🔨 El Malleus Maleficarum y la caza de brujas: https://share.transistor.fm/s/372921b2
▶ También en vídeo: https://youtu.be/834o2b-RWrk
📝 Y por escrito, con todas las fuentes: https://mitosymas.com/la-fascinante-leyenda-de-las-brujas-de-zugarramurdi/
⏱️ CAPÍTULOS
0:00 Las hogueras de Logroño
1:26 Un pueblo de frontera
2:00 La chica que volvió de Francia
3:32 Un pueblo que se perdonó
4:29 Confesar salvaba, negar mataba
6:45 Lo que contaban del aquelarre
7:24 No hay cueva en los papeles
8:35 Ocho votos contra uno
9:38 El auto de fe de Logroño
12:19 Predicadores y niños brujos
13:05 La visita de Salazar
15:45 1614: el fin de las hogueras
16:40 Ni miles ni nueve millones
18:14 Por qué sigue viva esta historia
19:48 Zugarramurdi hoy
📚 FUENTES
· Gustav Henningsen, «El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española», Alianza, 2010: https://openlibrary.org/isbn/9788420683744
· Juan de Mongastón, «Relación de las personas que salieron al Auto de la Fe», Logroño, 1611: https://www.vallenajerilla.com/berceo/gildelrio/autodefe.htm
· Eva Lara Alberola, «El panfleto de don Juan de Mongastón…», RILCE 33.1, 2017: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5725275
· Brian P. Levack, «The Witch-Hunt in Early Modern Europe», 3.ª ed., 2006
· David Luebke, «The Nine Million Myth», Universidad de Oregón: https://pages.uoregon.edu/dluebke/Witches442/NineMillionMyth.htm
· Stanley Cohen, «Folk Devils and Moral Panics», 1972
📖 https://mitosymas.com
☕ Salazar necesitó un notario, dos secretarios y ocho meses de valles para contar esta historia bien. Si te ha gustado este episodio y quieres que sigamos desenterrando mitos, puedes apoyarme invitándome a un café: mitosymas.com/#/portal/support
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What is Mitos y más?

Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.

Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.

¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.

El domingo siete de noviembre de 1610,

al anochecer, encendieron
las hogueras de Logroño.

Ardieron seis personas vivas.

Ardieron también cinco
muñecos de tamaño natural,

vestidos con el hábito de los condenados,

y detrás de cada muñeco iba un hombre
cargando una caja pequeña con los huesos de

alguien que ya había muerto en la cárcel.

Es el mayor proceso de brujería
de la historia de España,

el de las brujas de Zugarramurdi.

Si preguntas por la calle cuántas
brujas quemó la Inquisición española,

mucha gente te dirá que miles.

En el proceso más grande que tuvo,

fueron once.

Hoy te cuento entera la historia
de las brujas de Zugarramurdi,

de principio a fin.

Cómo un pueblo de frontera de unos pocos
cientos de vecinos acabó confesando en la

iglesia algo que no había hecho,

cómo se llegó a la hoguera, y cómo de
ese mismo tribunal salió el hombre que

consiguió que la Inquisición española
dejara de creer en los aquelarres.

Te adelanto un par de cosas que
sorprenden a quien visita el pueblo:

la cueva famosa no aparece
en todo el proceso,

y la propia palabra aquelarre,
muy probablemente,

no la decían los vecinos.

Un apunte antes de empezar.

Casi todo lo que sabemos sale de
los papeles del propio tribunal,

que se guardan en Madrid, y de un folleto
que se imprimió en Logroño a los dos meses

del auto para que todo el mundo supiera
lo que se había leído en la plaza.

Los escribieron los que juzgaban,

así que conviene leerlos con cuidado.

Cuando algo sea discutido, te lo diré.

Vamos con el sitio.

Zugarramurdi está en el norte de Navarra,

pegado a la frontera con Francia.

Al otro lado empieza
el País Vasco francés,

la región de Labort, y en 1600 la
frontera era una línea que pastores,

carboneros y familias enteras
cruzaban sin pensarlo.

Zugarramurdi y el pueblo vecino de Urdax,

juntos, no llegaban a seiscientas almas,

y los dos dependían de un monasterio,

el de Urdax, cuyo abad mandaba en los dos,

en lo de la tierra y en lo del alma.

Un monje del monasterio hacía de párroco.

Todo el mundo se conocía, y casi todo
el mundo era pariente de alguien.

A principios de diciembre de 1608 vuelve
al pueblo una chica de veinte años,

María de Ximildegui, que llevaba tres o
cuatro años viviendo al otro lado de la

frontera, en Ciboure.

Vuelve con una historia.

Cuenta que en Francia había
sido bruja durante año y medio,

que se había arrepentido y la
había perdonado un cura de Hendaya,

y que en ese tiempo había ido dos veces
a las juntas de brujos de Zugarramurdi.

Que allí había visto a gente del pueblo.

Da nombres.

El primero, el de una
vecina de veintidós años,

casada, María de Jureteguía.

Lo que pasa después ocurre en una casa,

con la familia delante.

La familia del marido
junta a las dos mujeres.

María de Ximildegui repite
su historia delante de todos.

Jureteguía lo niega, una vez y otra,

y la familia aprieta.

Hasta que le da un vahído, se cae,

y cuando vuelve en sí, confiesa.

Que sí, que es bruja.

Que la inició de niña su tía.

Con esa confesión, el pueblo ya tiene
lo que necesitaba para empezar a buscar.

El párroco, fray Felipe de Zabaleta,

le pone a Jureteguía una penitencia:

repetir la confesión en la iglesia,

en público, y pedir perdón a los vecinos.

Pero el pueblo no se queda quieto.

A finales de ese diciembre, unos diez
vecinos entran por la fuerza en las casas de

los sospechosos buscando sapos,

porque los sapos, según se contaba,

eran los ayudantes de las brujas.

A una mujer, Estevanía de Yriarte,

el párroco le pone la estola y
unas reliquias sobre la cabeza,

y entre amenazas, acaba confesando.

A otros se les amenaza con tormento.

Entonces pasa algo que a mí me parece
lo más humano de toda esta historia.

En los primeros días de 1609, más de cincuenta
personas se juntan en la iglesia para

escuchar las confesiones.

Van saliendo una madre y sus hijas,

un hombre y su hijo, otros vecinos.

Cada uno cuenta lo suyo y pide perdón.

Y el pueblo los perdona.

Se abrazan, hacen las paces,
y la cosa se da por cerrada.

Así se arreglaban los
pleitos en un pueblo pequeño.

Si nadie hubiera escrito una carta,

la historia de Zugarramurdi
se habría quedado ahí,

en una pelea de vecinos
que se resolvió en misa.

Pero alguien escribió la carta.

No sabemos quién.

Lo más probable es que
fuera el abad de Urdax,

que unos meses después pidió
ser agente de la Inquisición.

El caso es que el doce de enero
de 1609 el aviso llega a Logroño,

al tribunal de la Inquisición que
vigilaba Navarra y el País Vasco.

El veintisiete de enero entran en sus
cárceles secretas las cuatro primeras mujeres

del pueblo.

Una de ellas es María de Jureteguía.

Aquí conviene parar un momento,

porque para entender lo que viene hay
que saber cómo funcionaba aquello.

La Inquisición juzgaba herejías,

y lo que buscaba, más que castigar,

era una confesión.

Quien confesaba y se arrepentía
se reconciliaba con la Iglesia:

le caía una pena, un hábito de vergüenza,

la ruina, pero salvaba la vida.

Quien se negaba a confesar,
si había testigos en contra,

era un negativo.

A los negativos se les entregaba a la
justicia civil para que los quemara.

O sea, que en un proceso de brujería,

confesar lo que no
habías hecho te salvaba,

y decir la verdad te podía matar.

En Logroño había tres inquisidores.

Alonso Becerra, el más veterano,

de la orden de Alcántara.

Juan de Valle, un clérigo de cincuenta y
cinco años que había sido secretario del

inquisidor general.

En junio de 1609, con las primeras
presas ya cinco meses en la cárcel,

llegó el tercero:

Alonso de Salazar Frías, burgalés,

de cuarenta y cinco años, que había hecho
carrera como abogado antes de entrar en la

Inquisición.

Ahora mismo es solo el nuevo,
el más joven de los tres.

Ya hablaremos de él.

En agosto, Valle sale de
Logroño a visitar la montaña.

Pasa cuatro meses en la zona.

Desde Madrid, la Suprema, que era el consejo
que mandaba sobre todos los tribunales,

le había pedido que trajera
pruebas que se pudieran tocar.

Sapos vestidos, ungüentos, polvos,

cualquier cosa que unos médicos y
unos boticarios pudieran examinar.

Valle vuelve en diciembre con muchas
declaraciones y ninguna de esas cosas.

Lo que sí trae es un problema.

Uno de los acusados es
un fraile del monasterio,

Pedro de Arburu.

Varios testigos juran haberle
visto en las juntas de brujos.

Y varios frailes juran que esas
mismas noches dormía en su celda.

Los inquisidores le dan vueltas
y encuentran una salida:

el demonio, mientras el
fraile estaba en el aquelarre,

dejaba en la cama a otro igual que él.

Con esa explicación,
el fraile siguió acusado.

Mientras tanto, al otro
lado de la frontera,

en Labort, un juez de
Burdeos, Pierre de Lancre,

había recibido el encargo de
limpiar la región de brujas.

Lancre estaba convencido de que los 30.000
vascos de Labort vivían bajo el poder del

diablo.

En cuatro meses de 1609 llevó a la
hoguera a unas setenta u ochenta personas.

Esa era la caza de brujas
que se hacía en Europa,

y a esa escala.

Ahora, lo que contaban los acusados,

porque es lo que luego se leyó en voz alta
en Logroño y se imprimió en el folleto.

Las juntas se hacían de noche, en un prado
a pocos cientos de metros del pueblo que

se llamaba Berroscoberro.

Presidía el demonio,
en figura de hombre negro,

con una corona de cuernos pequeños y tres
cuernos grandes como de macho cabrío,

uno de ellos en la frente,
que alumbraba la reunión.

Hablaba con una voz triste y ronca.

A cada brujo nuevo le daban un sapo
vestido de paño o de terciopelo,

que hacía de ángel de la guarda.

A los niños los ponían a guardar un
rebaño de sapos con unas varitas,

como si fueran ovejas.

María de Jureteguía contó que de niña la
castigaron por apartar uno con el pie.

Con esto llegamos a las dos cosas
que te adelantaba al principio.

La primera es la cueva.

Hoy, en Zugarramurdi,
se visita una cueva enorme,

que excavó un arroyo al que en el
pueblo llaman la regata del Infierno,

y todo el mundo te dirá que
ahí se hacían los aquelarres.

En los papeles del proceso
la cueva no aparece.

Ni una vez.

Lo que aparece es el prado.

La segunda es la palabra.

Aquelarre se explica
siempre desde el euskera:

aker es el macho cabrío
y larre es el prado.

El historiador que mejor ha
estudiado este caso sostiene que,

con el sentido de reunión de brujos,

la palabra no se usaba en el pueblo,

y que aparece por primera vez en una
carta de los inquisidores de Logroño,

en mayo de 1609.

En el pueblo, a las brujas
se las llamaba sorginak.

El nombre de la fiesta del diablo,

muy probablemente, lo pusieron
los que la estaban buscando.

En las cárceles de Logroño
las cosas iban mal.

Entre 1609 y 1610 llegaron
treinta y un acusados de brujería.

Trece de ellos murieron en
prisión antes del juicio,

casi seguro por una epidemia,
posiblemente tifus.

Los inquisidores lo
atribuyeron al demonio,

y anotaron con preocupación que se les
estaban muriendo los más importantes de la

secta.

El ocho de junio de 1610 llega el
momento de votar las sentencias.

La primera que se discute
es la de María de Arburu,

setenta años, viuda, la madre
del fraile de la coartada.

No había confesado.

Votan los tres inquisidores, el
representante del obispo y cinco consultores.

Ocho votan hoguera.

Uno vota en contra.

Salazar.

Sus argumentos son los de un abogado.

Que las pruebas eran testimonios
vagos que se contradecían entre sí.

Que había testigos que juraban haber visto
en el aquelarre a un tal Juan de Lamben

en noches en que Lamben estaba preso,

en las cárceles del propio tribunal.

Por último, que nadie sabía distinguir
si los que decían haber ido a las juntas

habían ido de verdad o en sueños.

Ojo, porque Salazar no era
un santo de nuestro tiempo.

Lo que propuso en lugar de
la hoguera fue el tormento,

que en su lógica era la
única manera de salvarla.

En las causas de los que habían confesado
votó lo mismo que sus compañeros.

Pero en las de los
negativos se quedó solo,

y Valle, cuentan los papeles, le juró
que no iba a tener una hora de paz.

Llegamos a noviembre.

El auto de fe de Logroño duró dos días
y se preparó como una fiesta grande.

El sábado seis por la tarde salió
la procesión de la Cruz Verde.

En la plaza se levantó una tribuna
con sitio para mil personas,

y alguien del tribunal escribió que
habían venido más de 30.000 de Francia,

de Aragón, de Navarra, de Vizcaya.

Seguramente exageraba, pero no
cabía la gente en la ciudad.

Salieron cincuenta y tres reos,

por judaizantes, por
bígamos, por blasfemos.

Veintinueve, por brujos.

El domingo siete solo dio tiempo a leer
las causas de los once condenados a muerte.

Las lecturas eran largas y detalladas,

con todo lo que se había
confesado de los aquelarres,

y la gente escuchaba.

Los seis vivos estaban allí,
con el hábito y el capirote.

María de Arburu, setenta años.

María Baztán de la Borda, sesenta y ocho,

madre de un clérigo.

Graciana Xarra, sesenta y seis,

que cuidaba el hospital de Urdax.

María de Echachute, cincuenta y cuatro.

Domingo de Subildegui, cincuenta,

carbonero, nacido al
otro lado de la frontera.

Y Petri de Juangorena, treinta y seis,

labrador.

Ninguno de los seis había confesado.

Lo habían tenido delante
toda la noche anterior:

bastaba con decir que sí, que eran brujos,

y pasaban del grupo de los
quemados al de los perdonados.

No lo dijeron.

Al anochecer, los inquisidores los
entregaron a la justicia civil,

que era la que ejecutaba,
y los llevaron a las hogueras.

Con ellos ardieron las cinco efigies,

con sus huesos en las cajas.

Entre las cinco iba la de una
mujer de Rentería de ochenta años,

María de Zozaya, que sí había confesado,

y a la que condenaron igual,
como maestra de la secta.

Siete mujeres y cuatro hombres.

Las cuentas del tribunal apuntan que
el auto entero costó 2.541 reales,

y que 397 fueron para leña.

El lunes se leyeron las causas del resto,

y hubo reconciliación hasta
pasada la puesta de sol.

Dieciocho brujos confesos
salvaron la vida.

Entre ellos, María de Jureteguía,

la primera acusada, la del vahído.

Becerra le quitó el hábito de
penitente delante de todos,

para que se viera lo que
pasa cuando uno confiesa.

El autor del folleto estuvo allí,

y termina su relato con una frase que
te dice el estado de ánimo de la plaza:

que después de oír tantas y tan grandes
maldades durante dos días enteros,

ya muy entrada la noche, se fueron
todos a sus casas santiguándose.

Fíjate en lo que había
conseguido aquel auto.

Seis personas que se negaron a mentir,

quemadas.

Una mujer que confesó lo
que había hecho falta,

perdonada y puesta de ejemplo.

Encima, un folleto impreso para que
el ejemplo llegara a todas partes.

El folleto se imprimió en enero de
1611 y corrió por todo el norte.

El rey mandó predicadores a la montaña,

y los predicadores, desde el púlpito,

explicaron con todo detalle
cómo era un aquelarre.

A las pocas semanas, en los
valles de Navarra y de Guipúzcoa,

empezaron a aparecer
brujos por todas partes.

Sobre todo niños.

Cientos de niños que soñaban
que los llevaban a las juntas,

y que al despertar contaban
a quién habían visto allí.

Los vecinos volvieron a
hacer justicia por su cuenta.

A un hombre, Juanes de Arroqui,

lo ataron con una cuerda y lo tiraron al
río desde un puente para que confesara.

No todo el mundo lo veía igual.

El obispo de Pamplona, que no quiso
ir al auto por mucho que le invitaron,

escribió en marzo de 1611 que en todo
aquello había mucha ilusión y embuste,

y sobre todo en lo de los muchachos.

Ese mismo mes, desde Madrid,
la Suprema mandó un edicto de gracia:

quien se presentara y confesara
durante un plazo no sería castigado.

Para recorrer la montaña y recoger esas
confesiones eligió a uno de los tres

inquisidores.

Eligió a Salazar.

Salazar sale de Logroño el veintidós de
mayo de 1611 y no vuelve hasta el diez de

enero siguiente.

Ocho meses de valles,
de pueblos de montaña,

de Navarra, Guipúzcoa y Álava, con un
notario y unos secretarios que lo apuntan

todo.

Al final, sus papeles
pasan de 11.000 páginas.

Pasan delante de él 1.802
personas acogiéndose al edicto,

y 1.384 de ellas son niños.

Entre los adultos hay viejos de setenta,

de ochenta, de noventa años.

Hay también ochenta y una personas que se
atreven a decirle algo que hasta entonces

no se podía decir:

que lo que habían confesado era mentira.

Salazar se pone a buscar pruebas de fuera,

las que Valle no había encontrado.

Requisa veintidós tarros de los famosos
ungüentos y los manda examinar a médicos y

boticarios.

Ninguno sirve para nada.

Los propios acusados acaban contando
que los habían fabricado ellos,

con tocino, agua y hollín,
o con ciruelas silvestres,

para tener algo que entregar
a quien les apretaba.

A una mujer le hacen comer los polvos,

y no le pasa nada.

Luego coge a treinta y seis confesos de
nueve pueblos y los lleva por separado,

sin avisar, al sitio donde
decían que se hacía el aquelarre,

para que cada uno le señale
dónde estaba el trono,

dónde se bailaba, por dónde se llegaba.

Casi en ningún pueblo coinciden.

En Santesteban, unos niños hablan de
un aquelarre la noche de San Juan,

en un sitio concreto.

Salazar manda a sus dos
secretarios a vigilarlo esa noche.

Pasan allí la noche, hasta la madrugada,

y no aparece nadie.

Es lo mismo que le había
pasado a Valle con el fraile,

solo que al revés.

Valle tenía una coartada y la
convirtió en obra del demonio.

Salazar tenía un sitio vacío,
y en su informe puso eso,

que allí no había ido nadie.

A su vuelta escribe un
informe a la Suprema.

Repasa uno por uno los veintisiete casos
que le habían presentado como hechos

probados y no encuentra ni uno solo
confirmado por alguien de fuera de la supuesta

secta.

Calcula que las tres cuartas
partes de los que confesaron,

y aun más, se habían acusado a sí
mismos y a otros contra toda verdad.

Cuenta que la gente se ha
convencido de que no hay desmayo,

enfermedad, muerte o accidente
que no sea cosa de brujas.

Y luego escribe la frase por
la que hoy se le recuerda.

No hubo brujos ni embrujados en el lugar
hasta que se comenzó a tratar y escribir de

ellos.

Su propuesta, en el fondo,
era muy sencilla.

Pedir pruebas que no salieran de las
confesiones y dejar de hablar del asunto desde

el púlpito.

Había visto que al otro
lado de la frontera,

cuando el obispo de Bayona
prohibió hablar de brujas,

las brujas se habían ido acabando solas.

Becerra y Valle no se dieron por vencidos.

Tardaron más de un año en contestar,

y cuando lo hicieron fue para defender que
la secta era tan real como el primer día.

La discusión acabó en Madrid,
delante del inquisidor general,

el cardenal Bernardo de Sandoval y Rojas.

El veintinueve de agosto de 1614,

la Suprema firmó unas instrucciones nuevas
para todos los tribunales de brujería.

Treinta y dos artículos, y casi todos
salían de la propuesta de Salazar.

No fiarse de las confesiones.

Buscar pruebas externas.

Suspender las causas pendientes.

No colgar en las iglesias los
hábitos de los condenados de Logroño,

que era la vergüenza que
se transmitía a los nietos,

y no cobrar sus bienes.

En el preámbulo, el propio Consejo
reconocía que con todo aquello se había

oscurecido más la verdad que buscaban.

Desde entonces, la Inquisición española
no volvió a quemar a nadie por brujería.

Las hogueras de Logroño
fueron las últimas.

Vamos con las cifras de toda Europa,

para ponerlo en su sitio.

En toda Europa, entre mediados
del siglo XV y mediados del XVIII,

ejecutaron por brujería a
unas 40.000 o 60.000 personas,

la mitad en tierras del Sacro Imperio,

lo que hoy es Alemania.

No a 9 millones, que es una cifra que
circula mucho y que sale de un cálculo de

finales del siglo XVIII, cuando un
escritor alemán contó las ejecuciones de su

ciudad y las multiplicó por
toda Europa y por varios siglos.

En España, la Inquisición mató a gente por
brujería en algunos procesos sueltos del

siglo XVI y en Logroño, en 1610.

Hablamos de decenas de personas.

Pero la cuenta no termina
en la Inquisición.

Que la Inquisición dejara de quemar brujas
no quiere decir que en España dejaran de

matarlas.

Entre 1616 y 1622, en Cataluña,

jueces locales y de señorío ahorcaron a
unas trescientas o cuatrocientas personas

por brujería, mientras la Inquisición de
Barcelona intentaba quitarles los casos.

En Pancorvo, en Burgos, la justicia
civil quemó a ocho en 1621.

El propio Salazar, ya consejero en Madrid,

estuvo en 1632 en un auto de fe en
el que quemaron a seis judaizantes.

Salazar era un jurista de la casa
que no se creía nada sin pruebas,

dentro de una institución que
había empezado creyéndoselo todo.

Salazar murió en enero de 1636,

y su nombre se olvidó
durante más de 300 años.

En 1967, un folclorista
danés, Gustav Henningsen,

encontró sus informes en el
Archivo Histórico Nacional,

y le dedicó un libro que tituló
El abogado de las brujas.

¿Por qué sigue viva esta historia,

más de 400 años después?

Yo creo que es porque lo que pasó en
Zugarramurdi no tiene nada de raro.

Hace falta muy poco.

Una historia que llega de fuera.

Una primera confesión
arrancada en una casa,

con la familia delante.

Vecinos que registran casas.

Predicadores que explican en
detalle lo que hay que temer.

Niños a los que se les
pregunta hasta que contestan.

Y un sistema en el que confesar
sale barato y negar sale carísimo.

En 1972, el sociólogo Stanley
Cohen le puso nombre a esto:

pánico moral.

Una sociedad decide de pronto que un grupo
de personas es una amenaza para todo lo

que valora, y a partir de ahí

cualquier cosa sirve como prueba.

En 1983, en California, en una
guardería llamada McMartin,

empezó un caso en el que cientos de niños,

entrevistados con preguntas
que les dirigían la respuesta,

acabaron contando abusos en rituales
satánicos y túneles secretos bajo el colegio.

Fueron siete años de proceso,
unos 15 millones de dólares,

el juicio más caro de la historia
de Estados Unidos hasta entonces,

y uno de los acusados pasó casi
cinco años en prisión preventiva.

Ninguna condena.

Un perito dijo en el juicio que muchas de
aquellas declaraciones las había generado

el propio entrevistador.

Lo que a mí me parece más valioso de
Salazar es la manera en que lo hizo.

No discutió con nadie
si el diablo existía.

Hizo preguntas de notario.

Dónde estaba el trono.

Quién más te vio.

Qué hay en este tarro.

Hasta mandó a dos hombres a
pasar la noche en un prado vacío.

Un pánico no se apaga con valentía,

se apaga pidiendo pruebas que
no salgan del propio miedo.

Hoy, Zugarramurdi tiene
doscientos y pico habitantes,

un Museo de las Brujas que se abrió en
2007 y una cueva que recibe visitantes de

todas partes.

En Logroño plantaron once olmos,

uno por cada condenado a la hoguera.

En 2019, el Parlamento de Navarra pidió al
gobierno foral un reconocimiento oficial

para las víctimas.

Así que, si algún día entras en esa cueva
y alguien te cuenta que ahí bailaban las

brujas con el diablo, acuérdate de
que en los papeles no hay cueva.

Hay un prado, una casa con una
chica desmayada en el suelo,

y seis personas en Logroño a las
que les bastaba con decir que sí.

Y piensa también en los
dos secretarios de Salazar,

sentados toda la noche de San
Juan en un prado de Santesteban,

esperando a unas brujas que no llegaron.

Si te has quedado con ganas de brujas,

de las que salen en los
poemas y no en los procesos,

hay un episodio dedicado a la
primera bruja de la literatura:

La primera bruja de la historia vivía
sola en una isla llena de leones.

Es Circe, la de la Odisea, que
tampoco era la villana que parece.

Si estás viendo esto,
te aparece en pantalla;

si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.