Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
Hades y Perséfone se cuentan
hoy como una historia de amor.
El dios oscuro que vive solo, la chica
de las flores que baja con él y acaba
queriéndole, y una granada
partida como promesa.
Hay novelas enteras sobre esa pareja, un
cómic que han leído millones de personas
y un musical que se llevó el premio Tony.
Pero en Homero, que es lo
más antiguo que tenemos,
Perséfone no aparece nunca
como la novia de nadie.
Aparece como alguien a
quien se le tiene miedo.
Tanto miedo que Odiseo, el
hombre que cegó al cíclope,
sale corriendo del mundo de los muertos
por lo que ella le pueda mandar.
Hoy te cuento entera la historia de Hades
y Perséfone como reyes del inframundo,
de principio a fin.
Y te aviso de una cosa:
casi todo lo que se cuenta de
esta pareja es la primera escena,
el rapto.
Lo que viene después, cuando la
muchacha se sienta en el trono,
casi nadie lo conoce, y es la mejor parte.
Por esa casa van a pasar un
bebé que dos diosas se disputan,
un rey que se escapa de la
muerte con una excusa, un músico,
dos amigos que bajaron a robarle
la mujer al rey de los muertos,
y al final, gente corriente
que se llevó a la tumba,
grabado en oro, lo que
tenía que decirle a ella.
Un apunte antes de empezar, porque
ayuda a entender todo lo demás.
De la reina de los muertos
no hay un poema entero,
como lo hay del rapto.
Hay escenas sueltas repartidas
en Homero, en otros poetas,
en los que recopilaron mitos siglos
después y en unas cuantas tumbas.
Así que a veces hay dos versiones
de lo mismo, y cuando las haya,
te lo diré.
El principio, por si no lo
conoces, cabe en dos frases.
Zeus se la prometió a su
hermano Hades sin preguntarle,
Hades se la llevó bajo
tierra mientras cogía flores,
y su madre, Deméter, dejó al mundo
sin cosecha hasta recuperarla.
La recuperó a medias:
Perséfone había comido allí
abajo una semilla de granada,
y quien come en el mundo de los
muertos ya no es del todo de arriba,
así que desde entonces pasa
un tercio de cada año con él.
Lo que se suele pasar por alto es lo
que Hades le ofreció al despedirla,
que tiene bastante más de nombramiento
que de declaración de amor.
Le dijo que, cuando estuviera allí
abajo, reinaría sobre todo lo que vive y
se mueve, y que quien la ofendiera y no
aplacara su poder con sacrificios recibiría
su castigo para siempre.
Ella lo estrena enseguida.
Para saber si Perséfone
había comido algo allí abajo,
los dioses necesitaban
un testigo, y lo hubo:
un tal Ascálafo, un servidor de la casa,
la había visto en el jardín llevarse
a la boca los granos de
una granada, y lo contó.
Ese chivatazo es lo que la ata
para siempre al inframundo.
Ella le salpica la cara con agua del
río de fuego que corre por allí abajo,
y a Ascálafo le salen plumas,
se le curvan las uñas en garras,
la cabeza se le hace enorme,
y se queda convertido en búho,
el pájaro que anuncia desgracias.
Es lo primero que hace la reina.
Hay otra versión en la que
quien le castiga es su madre,
con una roca encima, pero tampoco
es para quedar bien con nadie.
Vamos con la casa.
A la entrada hay un perro que mueve la
cola y las orejas a todo el que llega
y que se come a cualquiera que intente
salir; los muertos entran solos y ya
no vuelven.
Dentro reinan los dos.
A él casi nadie le llama por su nombre:
prefieren decirle Plutón, el rico, porque
de debajo de la tierra sale la riqueza,
el trigo y los metales.
Y con ella pasa lo mismo.
Platón cuenta que mucha gente le
tenía miedo al nombre de Perséfone,
y en muchos sitios la
llamaban sencillamente Core,
la Muchacha.
Es el mismo truco que hacían los
marineros con el mar o los pastores con el
lobo: si lo nombras, lo llamas.
El reino tiene su geografía, y los griegos
la fueron dibujando con los siglos.
Hay un río principal, el
Aqueronte, el de la aflicción,
y a él van a dar otros dos:
el Piriflegetonte, que es un
río de fuego, y el Cocito,
el de los lamentos, que
es un brazo de la Estigia,
el agua por la que juran los dioses
y que ni ellos se atreven a romper.
Para cruzar hace falta el barquero,
Caronte, un viejo que no lleva a nadie
gratis; por eso a muchos muertos
se les enterraba con una moneda.
Y hay un río más, el que
importa para esta historia.
Platón cuenta que antes de volver a
nacer las almas atraviesan la llanura del
Olvido y tienen que beber de un río
cuya agua borra todo lo que han vivido;
los que no han aprendido
a contenerse beben de más,
y no se acuerdan de nada.
El inframundo griego, en el fondo, es
un sitio donde se pierde la memoria.
Homero tiene una palabra para
ella que repite seis veces,
epainé, que se traduce como temible
o terrible, y no la usa de adorno.
Sale cuando alguien quiere
hacer daño de verdad.
Un padre se entera de que su hijo se ha
acostado con su concubina y le maldice:
que nunca siente en sus
rodillas a un hijo suyo.
Y Homero dice que los dioses
cumplieron la maldición,
el Zeus de bajo tierra
y la temible Perséfone.
Una madre, Altea, se pone de rodillas,
golpea la tierra con las manos,
con el pecho mojado de lágrimas, y le
pide a Hades y a la temible Perséfone
la muerte de su propio hijo.
Cuando en Homero alguien quiere
que una maldición se cumpla,
no levanta los ojos al cielo.
Golpea el suelo.
Hubo un sitio donde se la tomaron
más en serio que en ningún otro.
En Locri, una ciudad griega en
la punta de la bota de Italia,
tenían un santuario de Perséfone tan rico
que era el más famoso de toda Italia,
y allí la gente dejaba como ofrenda
unas placas de barro pintadas del tamaño
de una mano abierta.
En unas se ve el rapto, el
carro, la muchacha forcejeando.
En otras se ve a los dos sentados
uno junto al otro en el trono,
del mismo tamaño, con espigas
y un gallo entre las manos.
De ese templo se contaba además que el rey
Pirro, el de las victorias que costaban
más de lo que valían, se llevó
su tesoro para pagar una guerra,
y que en cuanto el dinero se hizo
a la mar se levantó una tempestad,
las naves naufragaron y el tesoro
acabó en la misma costa de Locri.
Pirro lo devolvió al templo.
Vamos ahora con los que
se cruzaron con ella.
Empiezo por el caso más raro, porque es
el único en el que Perséfone se niega
a soltar algo, y se parece mucho más
a una historia de amor que todo lo que
tiene que ver con Hades.
Afrodita, la diosa del amor, encontró
a un recién nacido tan hermoso que lo
escondió en un cofre, sin
que lo supiera ningún dios,
y se lo dio a guardar a Perséfone.
Ese niño era Adonis.
Perséfone abrió el cofre, lo vio,
y cuando Afrodita volvió a por él,
le dijo que no.
Las dos diosas acabaron
pleiteando delante de Zeus,
y Zeus partió el año en tres:
un tercio Adonis viviría con Perséfone,
otro tercio con Afrodita y el último
donde él quisiera.
Adonis le regaló su tercio a Afrodita.
A mí esto me parece de lo
más curioso de todo el mito,
porque es la misma cuenta.
A ella le partieron el año
en tercios por una semilla,
y ahora es ella la que obliga a otra
diosa, nada menos que a la del amor,
a partir el año con ella.
Celos también hubo,
aunque se cuentan poco.
Cerca de Pilos, en el sur de Grecia,
había un monte que se llamaba Minta,
por una ninfa que fue amante de Hades.
Perséfone la pisoteó hasta convertirla
en la menta que crece en los huertos.
En otra versión fue Deméter
la que se ocupó de ella.
Pero ahí está, y lo que cuenta es que
el marido tenía amantes y que la que
se acercó demasiado acabó
convertida en hierba.
Ahora, el único que la engañó.
Sísifo era rey de Corinto y el hombre
más listo y más tramposo de su tiempo.
Antes de morir le pidió a su mujer que
no le hiciera los ritos funerarios,
que no le enterrara como es debido.
Cuando llegó abajo, se
presentó muy ofendido:
su esposa le había dejado sin
entierro, una falta gravísima,
y pedía subir un momento a reprochárselo.
Lo consiguió.
En la versión más antigua, a quien convence
con sus palabras astutas es a Perséfone,
a ella, de quien se decía que les quita
la memoria a los mortales trastornándoles
la cabeza; en otras es
Hades el que le deja salir.
Sísifo subió, claro, y no
volvió hasta que le obligaron.
Abajo le esperaba una piedra que
empujar cuesta arriba para siempre.
Esa idea, la de que es ella
quien quita la memoria,
va a volver una y otra vez, y
al final es la clave de todo.
Luego está Orfeo, que no
bajó a engañar a nadie.
Bajó a pedir.
Su mujer, Eurídice, había muerto
por la mordedura de una serpiente,
y él bajó con la lira.
Cantó delante de los dos tronos, y las
Furias, que no habían llorado nunca,
se echaron a llorar, y ni la reina ni
el que gobierna las profundidades fueron
capaces de decirle que no.
Le devuelven a Eurídice
con una sola condición:
que no se dé la vuelta para mirarla
hasta que hayan salido los dos.
Y en una de las versiones más
antiguas que se conservan,
esa condición la pone ella.
Orfeo se da la vuelta en el último tramo.
Y la pierde otra vez, ahora sin remedio.
Por su casa pasó también una muchacha
que venía de parte de Afrodita,
con una cajita, a pedirle
un poco de su belleza.
Se llamaba Psique, y esa
historia ya la conté.
Perséfone le llenó la caja.
Psique venía avisada, y no probó nada
de lo que le ofrecieron allí abajo,
porque sabía lo que pasa
cuando comes en esa casa.
Lo que no pudo fue resistirse
a abrir la caja por el camino.
Ya te imaginas lo que pasó.
Ahora, los que no bajaron
a pedir, sino a llevársela.
Teseo y Pirítoo eran amigos
y eran, cada uno a su manera,
unos insensatos.
Teseo es el del Minotauro.
Pirítoo era el rey de los
lapitas y se había quedado viudo.
Los dos se juraron casarse con hijas
de Zeus, porque nada menos les parecía
a su altura, y lo echaron a suertes.
Teseo se quedó con Helena,
la que luego sería de Troya,
que entonces era una niña, y la raptó.
A Pirítoo le tocó la otra
hija de Zeus disponible,
que era Perséfone, casada
con el rey de los muertos.
Y bajaron a por ella.
Lo que pasa allí abajo es de las escenas
más inquietantes de la mitología griega,
precisamente porque no hay pelea.
Hades los recibe con toda
la hospitalidad del mundo.
Les dice que van a celebrar
un banquete y que, mientras,
se sienten.
Ellos se sientan, y la
silla es la del olvido.
Se les queda pegada la carne a la piedra.
Unas serpientes les rodean las piernas.
Y se les va olvidando a qué habían venido.
Se quedan ahí sentados, sin tiempo,
hasta que baja Heracles a por el perro
de la puerta, que es uno
de sus doce trabajos.
Teseo le ve y le tiende las manos,
y Heracles tira de él y lo saca.
Cuando va a hacer lo mismo con
Pirítoo, la tierra tiembla,
y Heracles lo suelta.
Pirítoo se queda allí para siempre.
Si buscas amor en esta historia, aquí
tienes lo más parecido que vas a encontrar:
un marido que no deja que le quiten a su
mujer, aunque ojo con cómo lo resuelve,
sin levantar la voz ni sacar un arma,
invitando a sentarse a los que venían
a llevársela.
Hay otra versión de la visita de
Heracles que cambia bastante el reparto.
En ella es Perséfone la que sale a
recibirle, y le recibe como a un hermano,
porque los dos eran hijos de Zeus, y
en esa versión le deja llevarse a los
dos amigos.
En una, el que decide es Hades.
En la otra, ella.
Fíjate en lo que hace Heracles, que
siendo el hombre más fuerte del mundo no
pelea con nadie y pide permiso.
Y ahora sí, el que salió corriendo.
Odiseo lleva un año en la isla de la
hechicera Circe y le pide volver a casa.
Circe le dice que sí, pero que antes tiene
que hacer algo que no ha hecho ningún
vivo: bajar a la casa de Hades y de la
temible Perséfone a preguntarle el camino
a un muerto, el adivino Tiresias.
Y le explica por qué tiene que
ser precisamente ese muerto.
Tiresias es el único de allí abajo
que conserva el entendimiento,
porque Perséfone se lo
ha concedido a él solo.
Los demás revolotean como sombras.
O sea que en el mundo de los muertos,
quien decide quién piensa y quién no
es ella.
Odiseo navega hasta el borde del mundo,
a un sitio donde nunca sale el sol,
cava un hoyo del ancho de un brazo
y degüella dos ovejas encima.
Los muertos suben por el olor de la
sangre, y él los tiene a raya con la espada
hasta que bebe Tiresias.
Después van llegando los demás.
Y aquí hay un detalle que se lee rápido
y que a mí me parece de lo más revelador
del canto entero:
las mujeres no llegan solas.
Las manda Perséfone.
Esposas e hijas de reyes,
una detrás de otra, en fila,
como en una audiencia, y cuando han
terminado, es ella la que las dispersa.
Odiseo se queda más de la cuenta.
Habla con su madre, con
Agamenón, con Aquiles.
Quiere seguir, quiere ver a Teseo y a
Pirítoo, y en ese momento los muertos
empiezan a amontonarse a su alrededor
por miles, con un griterío que no se
parece a nada.
Y él lo cuenta así:
que le entró un miedo pálido de que la
augusta Perséfone le mandara desde el
fondo del Hades la cabeza de la
Gorgona, aquel monstruo terrible.
Y ya no dice nada más.
Corre a la nave, manda soltar
amarras y se van de allí remando.
El hombre que se atrevió con el cíclope
y con Circe se marcha en ese momento,
y en toda la visita Hades no aparece
ni una vez; lo que le hace huir es lo
que pueda mandarle ella.
Hasta aquí, todo son
héroes, dioses y reyes.
Pero lo más revelador sobre Perséfone
no está en ningún mito famoso.
Está en lo que esperaba la
gente corriente cuando se moría.
El poeta Píndaro dejó unos versos
que dicen más o menos esto:
aquellos de quienes Perséfone
acepte el pago por un antiguo dolor,
a esos, al noveno año, ella les
devuelve el alma al sol de arriba,
y de ellos salen reyes ilustres y
hombres grandes en fuerza y en sabiduría.
Así que tampoco es Hades
el que deja volver.
Es ella, y lo hace
después de cobrarse algo.
En el sur de Italia y en Grecia han
aparecido, en tumbas de hace casi 2.400 años,
unas láminas de oro muy finas,
dobladas como una carta,
que alguien colocó junto al
muerto, a veces sobre el pecho.
Tienen versos grabados,
y son instrucciones.
En la más antigua, encontrada en
Calabria en la tumba de una mujer,
se le explica el camino:
que en la casa de Hades, a la derecha,
encontrará una fuente con un ciprés
blanco y que no se acerque a ella.
Que siga hasta el lago de la
Memoria y les diga a los guardianes:
soy hija de la Tierra y del Cielo
estrellado, tengo sed y me muero,
dadme de beber del agua
fresca de la Memoria.
Ahí está otra vez.
En la casa de la que quita la memoria,
aquella mujer llevaba apuntado cómo
no perderla.
En otras láminas, encontradas en
Turios, también en el sur de Italia,
el muerto ya se dirige
a ella directamente:
vengo pura de entre los
puros, reina de los de abajo.
Y la lámina le pone en la boca
la respuesta que espera oír:
feliz y bienaventurado,
serás dios en vez de mortal.
En Tesalia, en un sarcófago de mujer,
aparecieron dos láminas con forma de
hoja de hiedra que dicen
algo todavía más directo:
ahora has muerto y ahora has
nacido, tres veces dichosa,
en este mismo día.
Dile a Perséfone que el
propio Baco te ha liberado.
Hubo gente que se hizo grabar en
oro, para llevárselo a la tumba,
lo que tenía que decirle
a la reina de los muertos.
Al final del camino, para
quien creía en estas cosas,
había una mujer en un trono que podía
hacerte dios o dejarte entre las sombras
sin memoria, y la única forma de llegar
preparado era llevar la frase apuntada.
Esa es la Perséfone de los griegos:
la que convierte en búho al
chivato y en hierba a la amante,
la que se queda con Adonis, la que
cumple las maldiciones de las madres,
la que pone la condición a Orfeo, la
que reparte la memoria entre los muertos
y la que, si le has pagado lo
que debías, te devuelve al sol.
Así que la pregunta es inevitable.
¿De dónde sale la novia?
Una parte viene del siglo XIX.
En 1853, el novelista estadounidense
Nathaniel Hawthorne publicó un libro de
mitos griegos reescritos para
niños, y uno de ellos es este.
En su versión la niña no
come una semilla, sino seis,
una por cada mes que
tendrá que pasar abajo.
Las seis semillas que repite todo el mundo
no las escribió ningún autor antiguo;
en las fuentes griegas es una,
y en las romanas, siete o tres.
Las seis salen de ahí, de un cuento para
niños que necesitaba una cuenta redonda
y un final amable.
Y en ese mismo cuento, el rey de los
muertos ya no es un dios temible,
sino un rey sombrío y solitario que quiere
tener a alguien alegre en su palacio.
La otra parte es muy reciente.
En 2018, una dibujante
neozelandesa, Rachel Smythe,
empezó a publicar en internet
un cómic llamado Lore Olympus,
en el que Hades es un empresario tímido
y Perséfone una universitaria recién
llegada a la gran ciudad, y se convirtió
en uno de los cómics digitales más
leídos del mundo.
Al año siguiente, el musical Hadestown,
con Hades y Perséfone como un matrimonio
en crisis, ganó el Tony al mejor musical.
En 2020 salió el videojuego Hades, y
desde entonces la estantería de novela
romántica no ha dejado de llenarse
de reyes del inframundo atormentados.
No tengo nada contra ninguna de esas
historias, y alguna me gusta mucho.
Cada época cuenta los mitos que necesita,
y los griegos fueron los primeros
en reescribirlos sin pedir permiso.
Lo que pasa es que, para convertir a
Perséfone en la protagonista de una historia
de amor, hay que hacer dos cosas:
darle un deseo que en las
fuentes antiguas no tiene,
y quitarle casi todo lo demás.
La muchacha que se enamora
cabe en el prado; la reina,
con todo lo que acabamos de ver, no
cabe en ninguna de esas historias.
En Homero, Hades casi no sale.
Quien da miedo es ella.
Y en las placas de Locri, las que
dejaba la gente en su santuario,
no hay un dios oscuro
con una chica en brazos.
Hay dos tronos del mismo tamaño.
Así que la próxima vez que te encuentres
a Perséfone con un vestido de flores
mirando enamorada a un rey triste,
acuérdate de Odiseo corriendo hacia la nave,
y de aquella mujer de Calabria
que se llevó a la tumba,
grabado en oro, cómo no
olvidarse de sí misma.
La primera parte de esta historia, la
de la madre que dejó al mundo sin trigo
hasta que le devolvieran a su hija, y la
semilla por la que nunca se la devolvieron
del todo, ya la conté.
Le dediqué un episodio
entero, y empieza en un prado,
con una flor que el día anterior no
estaba allí y que alguien había plantado
como cebo.
Si después de conocer a la reina te
apetece saber cómo era la muchacha,
empieza por ahí.