Mitos y más

Caperucita Roja original: el final que Perrault y los hermanos Grimm eliminaron del cuento, la versión campesina sin cazador en la que la niña se salva sola.
Casi todo el mundo cree que a Caperucita la salva un cazador, y en la versión que los folcloristas consideran la más antigua no hay ninguno. La contaban los campesinos de Francia: la niña se come sin saberlo la carne de su abuela, el lobo le pide que eche su ropa al fuego prenda a prenda y, cuando ya está en la cama, ella sale de ahí con su propio ingenio. Es el primer episodio de «Antes de Disney», el mes de los cuentos de hadas antes de que los suavizaran: el bzou y el camino de las agujas y los alfileres, la niña de la túnica roja de Egbert de Lieja, Perrault y su moraleja de los lobos melosos, el primer cazador de Ludwig Tieck, que llega tarde, y las tijeras y las piedras de los Grimm.
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📝 Y por escrito: Caperucita Roja original, en mitosymas.com
Capítulos
0:00 La Caperucita que no conoces
0:54 El camino de las agujas y los alfileres
2:42 La carne y la sangre de la abuela
3:40 La ropa, al fuego
4:14 «Para comerte mejor»
5:02 Aquí no entra nadie
5:53 ¿Por qué «la más antigua»?
6:27 Hace mil años: la niña de la túnica roja
7:54 Perrault: la niña que muere
9:35 ¿Tu Caperucita tenía cazador?
9:50 El primer cazador llega tarde
10:17 Los Grimm: las tijeras y las piedras
11:31 El segundo final que casi nadie conoce
12:29 Volvamos al patio
13:40 Quién le quitó el final
13:56 Cada época, su final
El episodio que se nombra al final
Los vampiros no morían con el sol (EP166): escúchalo aquí · en vídeo
Fuentes principales
La versión campesina, BnF: expositions.bnf.fr
D. L. Ashliman, cuentos del tipo ATU 333: pitt.edu
Egbert de Lieja, Fecunda ratis (ed. Voigt, 1889): archive.org
Perrault, Histoires ou contes du temps passé (1697): Wikisource
Grimm, Rothkäppchen (KHM 26, 1812): Wikisource
Jamshid Tehrani, «The Phylogeny of Little Red Riding Hood» (PLoS ONE, 2013): journals.plos.org
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What is Mitos y más?

Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.

Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.

¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.

Todos sabemos cómo acaba Caperucita Roja.

El lobo se come a la
abuela, llega un cazador,

le abre la barriga, y salen las dos vivas.

Pero en la versión que los
estudiosos consideran la más antigua,

ese cazador no existe.

La niña está sola en la casa con el lobo.

Él le ha servido carne y vino, y una
gatita le ha gritado desde un rincón lo que

era,

la carne y la sangre de su abuela.

Después le ha hecho
echar la ropa al fuego,

prenda a prenda, y la
ha llamado a la cama.

Nadie va a venir.

Y sin embargo, ella sale por la puerta.

Lo único que tiene es una
excusa y un hilo de lana.

Ese final lo contaban los
campesinos de Francia,

y los libros que nos leyeron de
niños lo cambiaron dos veces.

Así que la pregunta de hoy es esta:

¿quién le quitó a
Caperucita su propio final?

Empieza como empiezan todas.

Una madre hornea pan y le dice a su
hija que le lleve a la abuela una hogaza

caliente y una botella de leche.

La niña sale sola.

No lleva capa roja, por cierto,

ni caperuza de ningún color.

En las versiones que se contaban
en las aldeas francesas,

esa prenda no aparece por ninguna parte.

Es una niña sin nombre, con una cesta,

camino de casa de su abuela.

En un cruce de caminos la
está esperando alguien.

Los campesinos de aquella
región lo llamaban bzou,

una palabra de su habla que los
traductores entienden como hombre lobo,

y el cuento no se molesta en describirlo.

Le pregunta adónde va, y ella se lo dice,

como se lo diría cualquiera a un vecino.

Entonces el lobo le hace una pregunta
que en los libros de hoy no está.

¿Qué camino vas a tomar, el de
las agujas o el de los alfileres?

Es una pregunta rarísima,
y nadie en el cuento la explica.

La niña elige el de las agujas,

y se entretiene por el camino
recogiéndolas una a una.

El lobo toma el de los alfileres,

y llega antes.

Es el detalle que más me
desconcierta del cuento,

porque está ahí como si cualquier oyente
supiera perfectamente qué significaba

elegir entre agujas y alfileres,

y nosotros lo hemos olvidado.

Si a ti se te ocurre
qué podía querer decir,

cuéntamelo en los comentarios, porque quienes
estudian el cuento todavía no se ponen

de acuerdo.

Hay quien lo relaciona con la costura,

con las chicas de la aldea
que aprendían a coser.

Una antropóloga francesa que estudió los
cuentos de esas aldeas fue más lejos,

y lo leía como una historia
de relevo entre mujeres:

la nieta que viene a ocupar
el sitio de la abuela.

Y en casa de la abuela, ese relevo va a
ser mucho más literal de lo que parece.

El lobo entra en la casa,

mata a la abuela, y no se la come entera.

Guarda parte de su carne en el arcón,

y llena una botella con su sangre,

que deja en un estante.

Luego se mete en la cama, y espera.

La niña llama a la puerta.

Empuja, que está abierta,
le dice una voz desde la cama.

Ella dice que trae pan y leche,

y la voz le contesta que los guarde,

que hay carne en el arcón
y vino en el estante,

que coma y que beba.

Ella come, y bebe.

En un rincón hay una gatita mirando.

La gatita habla.

Le grita algo así como:

¡qué asco, esta niña se está comiendo la
carne y bebiendo la sangre de su abuela!

La niña no dice nada.

El cuento no nos dice si lo ha oído,

ni si lo ha entendido.

Sigue adelante como si nada,

y eso es lo que más inquieta, porque la
siguiente orden ya no tiene nada que ver con

la cena.

Entonces la voz de la cama le dice:

desnúdate, hija, y ven
a acostarte conmigo.

Ella pregunta dónde deja el delantal,

y la voz le contesta:

échalo al fuego, ya no lo vas a necesitar.

Pregunta por el corpiño,
y la respuesta es la misma.

El vestido, la falda de debajo,

las medias.

Cada prenda que se quita, el mismo verso,

échalo al fuego, ya no lo vas a necesitar.

El cuento lo repite tantas
veces como prendas lleva,

y cualquiera que lo escuchara alrededor de
una chimenea sabía exactamente adónde iba

eso.

Ya en la cama llega el
diálogo que sí conoces,

aunque aquí suena distinto.

Abuela, qué peluda eres, dice la niña.

Y el lobo contesta:

es para darme calor, hija.

Abuela, qué uñas tan largas tienes.

Para rascarme mejor.

Qué hombros tan anchos.

Para cargar la leña del monte.

Qué orejas tan grandes.

Para oírte mejor.

Qué agujeros tan grandes en la nariz.

Para aspirar mi tabaco.

Y la última pregunta de la niña:

abuela, qué boca tan grande tienes.

Y el lobo:

es para comerte mejor, hija.

Hasta aquí, todo encaja con
la Caperucita que te contaron.

La niña en la cama, el lobo a punto.

Este es el segundo exacto en que,

en los libros, alguien tiene
que entrar por la puerta.

Y aquí no entra nadie.

Lo que hace la niña es
decir que tiene que salir.

Que tiene muchas ganas de ir afuera.

No hace falta ser muy
listo para entender a qué,

porque el lobo, que tampoco es tonto,

le contesta:

hazlo en la cama, hija.

Ella insiste.

Que no, abuela, que quiere salir.

El lobo cede, pero con una condición.

Le ata un hilo de lana al pie, y se
queda con la otra punta en la mano.

Si tira y nota peso,
es que la niña sigue ahí.

La niña sale al patio con un hilo atado al
tobillo y un lobo esperando al otro lado

de la pared.

Qué hace allí fuera es la
mejor escena del cuento,

y la vamos a dejar para el final,

porque antes hay que entender una cosa.

Esta versión, la de la niña que piensa,

es la que se perdió.

Para saber cómo se perdió, hay que
ir mucho más atrás de esta casa,

y mucho más adelante.

Antes, una aclaración,
porque es justo hacerla.

Esta versión la apuntó un folclorista en
una aldea del centro de Francia en el siglo

19, después de que
Perrault publicara la suya,

así que no es el texto
escrito más antiguo.

Los estudiosos la consideran la forma más
antigua de la historia porque conserva

todo lo que Perrault quitó.

Un antropólogo comparó decenas de versiones
de todo el mundo como si fueran especies

de animales, y llegó a la conclusión de
que la de los campesinos y la de Perrault

vienen de un antepasado común,

más viejo que las dos.

Así que primero, hacia atrás.

Hace unos 1000 años, un maestro
de escuela de la ciudad de Lieja,

en lo que hoy es Bélgica, escribió en
latín un libro de versos para sus alumnos,

una especie de colección de
refranes y cuentos para aprender.

En medio, dice algo curioso:

que lo que va a contar lo saben
contar los campesinos igual que él.

Cuenta que a una niña,
el día de su bautizo,

su padrino le regaló una
túnica tejida de lana roja.

Cuando tenía cinco años, una mañana,

salió a vagar sola,
sin pensar en el peligro.

La atrapó un lobo, y se
la llevó a su guarida,

para dejársela de comida a sus crías.

Pero los lobeznos no
consiguen hacerle nada.

Y en vez de morderla,
empiezan a acariciarle la cabeza.

Ella, muy seria, les pide
que no le rompan la túnica,

que se la regaló su padrino.

A los lobos los llama ratones.

El maestro lo explica con
una moraleja de las suyas:

Dios amansa a las fieras.

Aquí no hay abuela ni disfraz, y nadie
sabe si esta niña es antepasada de nuestra

Caperucita o solo una prima lejana.

Pero hay una niña,
un lobo, una prenda roja,

y ningún hombre que venga a salvarla.

Hay un dato que me parece precioso:

el primero que lo escribe ya avisa
de que no se lo ha inventado él,

que eso lo cuenta la gente del campo.

Ahora, hacia adelante.

París, 1697.

Un señor de casi 70 años, que había
trabajado muchos años al servicio del rey,

publica un librito de
cuentos de los de antes.

Se llama Charles Perrault, y su público
no son campesinos alrededor del fuego.

Son los salones elegantes, gente
que se ríe de los cuentos de viejas,

pero que los lee.

Perrault toma la historia,
y le hace tres cosas.

Quita la carne y la sangre de la abuela,

porque en un salón de
París eso no se cuenta.

Quita la excusa de salir al patio,

por lo mismo.

Y le pone a la niña una caperuza roja,

que es probablemente invención suya,

y que le dará nombre para siempre.

Pero hay algo más que
se queda por el camino.

La niña llega a la casa, se desnuda,

se mete en la cama,

hace las preguntas de siempre,
y cuando llega la de la boca,

el lobo se lanza sobre ella.

Y se la come.

Fin.

Ya no hay excusa ni hilo de lana.

La niña que sabía pensar ha desaparecido,

y en su lugar hay una niña
que se equivoca y lo paga.

Para que nadie se pierda la lección,

Perrault añade al final unos versos,

una moraleja, dirigida
a las muchachas jóvenes.

Les avisa de que hay
lobos de muchas clases,

y que los más peligrosos
son los lobos melosos,

los amables, los que te
siguen hasta tu casa.

Es decir,

el lobo ya no es un
hombre lobo del bosque.

Es un señor educado de París.

La culpa, en esta versión, es de la niña,

por haberse parado a hablar con él.

Aquí te quiero preguntar algo,
porque me intriga de verdad.

La Caperucita que te
contaron a ti de pequeño,

¿tenía cazador, o el lobo
se la comía y ya está?

Déjamelo en los comentarios, que tengo la
sospecha de que depende mucho del país en

el que creciste.

Porque el cazador todavía no ha aparecido.

Tarda un siglo más.

Lo trae un poeta alemán que convierte el
cuento en una pequeña tragedia para leer.

En su versión, un cazador oye lo que pasa,

apunta por la ventana, y dispara.

El lobo cae muerto.

Pero llega tarde.

Unos pájaros ya le han contado que
el lobo ha despedazado a la niña.

El primer cazador de esta
historia mata al lobo,

y no salva a nadie.

12 años después, en 1812,
dos hermanos alemanes,

Jacob y Wilhelm Grimm, publican
su primera colección de cuentos.

Iban recogiendo historias
de boca de la gente,

y Caperucita no se la contó
ninguna anciana de pueblo.

Se la contaron dos hermanas jóvenes de
una familia culta de su misma ciudad.

Esa versión, la primera
parte por lo menos,

venía de Perrault.

Pero los Grimm no la dejan morir.

El lobo se come a la abuela,
se come a la niña,

y se echa a dormir.

Un cazador pasa por delante de la casa,

oye unos ronquidos tremendos,
y entra a ver qué le pasa a la anciana.

Encuentra al lobo en la cama.

Levanta la escopeta, y entonces piensa:

no voy a disparar, que a lo mejor se ha
comido a la abuela y todavía se la puede

salvar.

Saca unas tijeras, y empieza
a abrirle la barriga al lobo.

A los pocos cortes, ve brillar algo rojo.

La caperuza.

Sale la niña, sale la
abuela, las dos vivas,

y la niña va a buscar
unas piedras grandes,

las meten en la barriga del lobo,

y cuando el lobo se
despierta e intenta escapar,

el peso lo tumba, y se mata al caer.

Ese es el final que nos sabemos todos,

el de la niña que se salva porque un
hombre con una escopeta pasaba por allí.

Lo curioso es que los Grimm,
en ese mismo libro,

añadieron un segundo final,
que casi nadie recuerda.

Otro día, otro lobo intenta
engañar a Caperucita.

Esta vez ella no se para,
va derecha a casa de la abuela,

se lo cuenta, y cierran la puerta.

El lobo se sube al tejado a esperar.

La abuela le dice entonces a la niña que
llene con el agua en la que había cocido

unas salchichas una pila enorme de
piedra que hay delante de la casa,

como un abrevadero.

Al lobo le llega el olor,
estira el cuello,

resbala del tejado, cae dentro,

y se ahoga.

La abuela y la nieta solas, sin cazador.

Pero esa parte se fue cayendo
de los libros para niños,

y el cazador se quedó.

De la niña lista del pueblo hemos pasado
a la niña que muere por despistada,

y de esa a la que
necesita que la rescaten.

Es el recorrido que describe un estudioso
estadounidense que ha dedicado media vida

a este cuento.

Así que volvamos al patio.

Porque la niña de los
campesinos sigue ahí,

con un hilo de lana atado al pie,

y un lobo dentro de la casa
sujetando la otra punta.

Está descalza y sin nada encima,

porque toda su ropa ha
acabado en el fuego.

En el patio hay un ciruelo.

Se desata el hilo del pie,

lo ata al tronco del
ciruelo, y echa a correr.

Dentro, el lobo empieza a impacientarse.

Tira del hilo, y el hilo aguanta,

y entonces le grita hacia el patio:

¿estás haciendo cuerdas?

Que era la forma educada de preguntar
si ya estaba terminando de hacer sus

necesidades.

Nadie contesta.

Al rato, otra vez:

¿estás haciendo cuerdas?

Y otra vez, nada.

El lobo salta de la cama, sale al patio,

y encuentra el hilo atado a un ciruelo.

La niña ya va lejos.

La persigue por el camino, y llega a la
puerta de la casa de la niña justo cuando

ella acaba de entrar.

No hubo cazador.

No hubo leñador.

No hubo nadie.

Una niña en una casa con un asesino
que se ha comido a su abuela,

y que se la ha hecho comer a ella.

Y sale de ahí con una mentira y un nudo.

Así que la respuesta a la pregunta
del principio tiene dos nombres.

Perrault le quitó el final, y la dejó morir
para darle una lección a las muchachas

de París.

Y los Grimm le devolvieron la vida,

pero se la debía a otro.

Esto es lo que hace que
el cuento siga vivo,

me parece a mí.

Cada época le ha puesto a Caperucita
el final que necesitaba enseñar.

Los campesinos enseñaban que la vida
está llena de lobos y que hay que usar la

cabeza para salir entera.

Perrault, que no te pares
a hablar con desconocidos.

Los Grimm, que alguien vendrá.

Seguimos contándolo así, por la noche,

a niños que no se quieren dormir,

con el cazador entrando por
la puerta en el momento justo.

En la versión más vieja, la niña
no necesitaba que entrara nadie.

Le bastaba con tener ganas de ir al patio.

Este mes vamos a hacer lo mismo con
otros cuentos que creías conocer.

El siguiente es Cenicienta,
y te adelanto una cosa:

hace más de un siglo, una investigadora
inglesa se puso a reunir todas las

Cenicientas que encontraba, y juntó 345.

La que nos sabemos es solo una de ellas,

y no de las más interesantes.

Si te interesa cómo un monstruo
cambia según quién lo cuente,

eso mismo le pasó al vampiro.

El que muere con la luz del sol,

por ejemplo, no está en
las leyendas antiguas,

se lo inventó una película.

Le dediqué un episodio entero, a cómo se
fue fabricando el vampiro que hoy creemos

de toda la vida.

Si lo estás viendo,
te aparece en pantalla;

si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.

Allí también hay una criatura de las
aldeas que acabó en manos de escritores,

y salió de ellas bastante
más elegante de lo que entró.