Mitos y más

El más allá coreano, la historia completa: los jeoseung saja de la mitología coreana, el juicio de los diez reyes y la princesa Bari, que guía a los muertos.
En la Corea de antes, cuando alguien moría, se gritaba su nombre desde el tejado y se dejaba fuera del portón una mesita con tres cuencos de arroz, tres pares de sandalias y tres monedas para los mensajeros del más allá. Hoy casi todo el mundo los imagina con túnica negra y sombrero de ala, pero esa imagen la fijó la televisión coreana a partir de 1977: en los ritos eran soldados malhumorados que pedían propina.
En este episodio: la mesa del portón y la salsa de soja; un rico tacaño que invitó a cenar a los mensajeros; Gangnim, el alguacil que arrestó al rey de los muertos y acabó siendo el primer mensajero; el cuervo que perdió la lista y por qué la muerte no respeta la edad; los diez reyes y los 49 días; el almacén del más allá y un puente pagado con una deuda del otro mundo; los muertos que no llegan; la chamana y el rito; la historia entera de la princesa Bari, la niña tirada al río que paró el entierro de sus padres; las telas que se rajan para abrir el camino; y de dónde salió el segador de negro de Goblin y de los Saja Boys.
🏮 De dónde vienen los diez reyes, el infierno chino: https://share.transistor.fm/s/d78bd902
🌊 Otro más allá de Asia oriental, Izanami y el Yomi: https://share.transistor.fm/s/aa3fa815
⛰️ Otro mundo de abajo que no era un infierno, Supay: https://share.transistor.fm/s/9bbf1638
▶ También en vídeo: https://youtu.be/fEXe5kgMPWg
📝 Y por escrito, con todas las fuentes: https://mitosymas.com/mas-alla-coreano-jeoseung-saja-parca-coreana/
⏱️ CAPÍTULOS
0:00 La mesa para tres visitas
0:39 El segador de negro tiene fecha
1:55 Aquí y allí: el mapa del más allá
2:47 Los tres mensajeros y su propina
4:16 El rico que invitó a cenar a la muerte
4:57 Gangnim, el alguacil que arrestó a la muerte
7:49 El cuervo que perdió la lista
8:42 Los diez reyes y los 49 días
9:36 El almacén del más allá
10:35 Los muertos que no llegan
11:20 El kut: la chamana y el rito
11:48 Bari, la princesa tirada al río
14:21 El entierro detenido
16:11 La tela que abre el camino
17:19 De dónde sale el hombre de negro
19:02 Todo funciona con un nombre
📚 FUENTES
· Encyclopedia of Korean Culture (AKS), «Jeoseung saja»: https://encykorea.aks.ac.kr/Article/E0072772
· Encyclopedia of Korean Culture, «Chasa bon-puri»: https://encykorea.aks.ac.kr/Article/E0055151
· Encyclopedia of Korean Culture, «Bari gongju»: https://encykorea.aks.ac.kr/Article/E0020479
· Encyclopedia of Korean Culture, «Siwang»: https://encykorea.aks.ac.kr/Article/E0032413
· National Folk Museum of Korea, Encyclopedia of Korean Folk Literature (2014): https://archive.org/details/opt_20230726
· Stephen F. Teiser, The Scripture on the Ten Kings (1994): https://uhpress.hawaii.edu/title/the-scripture-on-the-ten-kings-and-the-making-of-purgatory-in-medieval-chinese-buddhism/
· Segye Ilbo, 4 mar 2021 (el realizador de Jeonseol-ui gohyang): https://www.segye.com/newsView/20210304507318
📖 https://mitosymas.com
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¿Qué es Mitos y más?

Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.

Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.

¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.

En la Corea de antes,
en cuanto alguien moría,

había que llamarle de vuelta.

Un familiar cogía la chaqueta
que llevaba el muerto,

subía al tejado, se ponía de cara al
norte y gritaba su nombre tres veces,

con el nombre de su pueblo delante
y al final una sola sílaba,

¡bok!, que quiere decir vuelve.

Después, fuera del portón, se ponía
una mesita con tres cuencos de arroz,

tres pares de sandalias
de paja y tres monedas.

Era para tres visitas que
estaban a punto de llegar.

En algunas aldeas se añadía
un platito de salsa de soja,

para que a esas visitas les diera sed,

tuvieran que volver a por agua y,

con un poco de suerte,
trajeran al muerto con ellas.

Esas tres visitas son los
mensajeros del más allá,

los jeoseung saja,

y casi todo el mundo cree saber cómo son.

Túnica negra, sombrero de ala ancha,

la cara blanca como el
papel y los labios oscuros.

Así salen en las series coreanas y así
salen los Saja Boys de las Guerreras K-pop.

Pero esa imagen tiene fecha de nacimiento,

y es de la televisión de los años setenta.

Los mensajeros que esperaban
aquellas familias eran otra cosa:

unos soldados malhumorados que
llegaban con una cuerda y que,

antes de llevarse a nadie, pedían propina.

Hoy te cuento entero el
viaje de un muerto coreano,

desde el tejado hasta el final del camino.

Una advertencia antes de salir.

La figura más importante de ese
camino no son los mensajeros de negro,

sino una niña a la que su padre
tiró al río dentro de un cofre,

y que acabó guiando a los muertos.

Una aclaración sobre las fuentes.

El más allá coreano no tiene un libro
sagrado que lo cuente de principio a fin.

Tiene tres capas mezcladas durante siglos:

lo que cantaban las chamanas, lo que
trajo el budismo desde China y un poco del

culto a los antepasados.

Los mitos de este episodio son cantos que
las chamanas recitaban en los funerales,

y de alguno se han recogido
alrededor de cien versiones.

Cuando haya dos maneras
de contar lo mismo,

te lo diré.

Vamos con el mapa.

Los coreanos llaman a este mundo Iseung,

la vida de aquí, y al otro Jeoseung,

la vida de allí.

Ese allí, además, no queda debajo de nada.

En los cantos más antiguos
al más allá se llega andando,

en horizontal, como quien
se pierde en el monte.

Los que cargaban con el ataúd camino
del cementerio lo cantaban así:

decían que el camino
del más allá era largo,

y estaba justo al otro lado de la puerta.

Decían que estaba lejos,
y era el monte de enfrente.

Cuando por fin llegas, ese más
allá se parece mucho a una oficina.

Uno de sus nombres antiguos viene a
decir la administración de las tinieblas,

y funciona como un ministerio de la época:

hay reyes que juzgan,
jueces que leen expedientes,

escribanos con libros de registro y una
lista con los nombres de los que tienen que

morir.

Para entrar en ese ministerio hace
falta que alguien venga a buscarte.

Con eso volvemos a la puerta de casa.

Los mensajeros suelen ser tres.

En los rituales de Seúl se les
llama el mensajero del cielo,

el de la tierra y el del hombre,

y una chamana del norte explicaba
que vienen tres a buscarte,

pero que en el otro lado hay siete.

Por eso la mesa del portón
lleva todo de tres en tres:

un cuenco de arroz para cada uno,

unas sandalias para cada uno,
porque el camino es largo y se gastan,

y una moneda para cada uno,
que es lo que cuesta el viaje.

Una viajera inglesa, Isabella Bird,

lo vio con sus propios ojos
a finales del siglo XIX,

y contó que a la media hora se quemaban
las sandalias y el arroz se tiraba lejos.

Las visitas ya habían comido.

Eso sí, se les sirve fuera,
nunca dentro de la casa.

Si entran, se encuentran a gusto,

no quieren irse, y al poco
tiempo hay que enterrar a otro.

Porque los mensajeros coreanos
no son unos acompañantes amables.

No deciden quién muere,
eso lo decide el registro.

Lo que hacen es ir a recoger.

Llevan un documento rojo
con el nombre y una cuerda,

comprueban con el dios protector del
pueblo que la persona es la de la lista,

la atan y se la llevan.

En la memoria de la gente,
el mensajero es un ser odiado,

por la sencilla razón de
que se lleva a los tuyos.

Lo bueno es que se les puede sobornar,

y no a escondidas,
porque forma parte del rito.

En los funerales con chamana hay un momento
en que una de ellas hace de mensajero.

Se queja de que la comida es poca,

amenaza con zarandear al muerto por el
camino o con quedarse en la casa y llevarse a

alguien más antes de que acabe el luto,

y pide dinero.

La familia regatea entre risas,

y paga.

Hay un canto del suroeste que
lleva esa idea hasta el final.

Un rico muy tacaño sueña que se muere,

y un adivino le dice que su única salida
es repartir su fortuna y dar un banquete a

los mensajeros.

Lo hace a regañadientes,
y los mensajeros comen.

En las versiones en que se salva,

como tienen que volver con alguien,

se llevan a otro:

un vecino con un nombre parecido,

uno que tenía su misma
edad o, en alguna versión,

un caballo.

En otras lo descubren, y el
tacaño acaba peor que antes.

Esto es lo que más me
gusta de toda la tradición.

En Europa la muerte acabó siendo un esqueleto
con guadaña que no atiende a razones.

La coreana es un funcionario con hambre,

que lleva una lista, que a veces se equivoca
de nombre y al que se le puede invitar

a cenar.

Pero si los mensajeros son funcionarios,

alguien tuvo que ser el primero.

En la isla de Jeju,
al sur de la península,

cuentan quién fue, y no era ningún dios,

sino un alguacil.

Había un rey que tenía siete hijos,

y tres de ellos estaban destinados
a morir a los quince años.

Un monje se los lleva a un templo
para que recen y se alarguen la vida,

y al despedirlos les da un consejo:

cuidado con la tierra de Gwayang.

Los tres hermanos vuelven
a casa muertos de hambre,

pasan justo por Gwayang y piden
algo de comer en una casa.

La mujer que vive allí ve las sedas que
llevan puestas y las quiere para ella.

Los emborracha, les echa aceite de sésamo
hirviendo en los oídos y tira los cuerpos

a un estanque.

A los siete días aparecen tres
flores flotando en el estanque.

La mujer las coge y las
cuelga en un pilar de la casa,

pero cada vez que pasa por debajo
se le enganchan en el pelo,

así que las quema.

En la ceniza encuentra tres cuentas.

Se las mete en la boca, se las traga,

y se queda embarazada.

Tiene trillizos.

Los tres crecen, los tres aprueban los
exámenes para entrar al servicio del Estado,

y el día que vuelven a casa a
hacer la reverencia a sus padres,

caen muertos los tres a la vez.

La madre no para de presentar denuncias
ante el magistrado del distrito,

que se llama, y esto no me lo invento,

Kimchi.

El magistrado Kimchi no sabe qué hacer
con un caso así y decide que solo puede

juzgarlo el rey del más allá.

Así que manda a su mejor alguacil,

un tal Gangnim, a arrestar a Yeomra,

el rey de los muertos,
y traerlo a declarar.

Gangnim era un mujeriego que había abandonado
a su mujer la misma noche de bodas.

Aun así, es ella quien le prepara para
el viaje y reza a la diosa del fogón y al

dios de la puerta para
que le abran el camino.

Gangnim sale, llega a un cruce del
que salen setenta y ocho caminos,

encuentra el suyo, y al final
llega a la orilla de un estanque.

Cierra los ojos,

salta al agua, y cuando los abre está
delante de la puerta del más allá.

Allí reconoce a Yeomra, que se había
disfrazado para que no le encontrara,

y le arranca la promesa de bajar a juicio.

Yeomra baja al mundo de los vivos con un
estruendo que hace temblar cielo y tierra,

y el magistrado Kimchi
se esconde de miedo.

El rey de los muertos seca el estanque,

junta los huesos de los tres hermanos,

los devuelve a la vida y se
los entrega a sus padres.

A la mujer que los mató la ejecutan,

y a su marido con ella.

Ahora es Yeomra el que
quiere a Gangnim para él.

El magistrado dice que de ninguna manera,

que es su alguacil.

Así que Yeomra le propone repartírselo,

el alma para uno y el cuerpo para el otro.

El magistrado elige el cuerpo.

Yeomra se lleva el alma, y en este mundo
Gangnim cae muerto delante de todos.

Así es como Gangnim se convierte en
el primer mensajero del más allá.

Su primer encargo explica
algo que ya sabemos todos.

Yeomra le da un documento rojo con la
regla de la muerte para que la lleve a la

tierra:

las mujeres morirán a los setenta,

los hombres a los ochenta,
y cada uno a su turno.

Gangnim le confía el papel a un cuervo.

El cuervo va volando con él, ve a unos
hombres despiezando un caballo muerto,

y suelta el documento para bajar a comer.

Una serpiente que vivía en un
agujero de un muro se lo traga.

Por eso, dice el mito, la serpiente
no se muere nunca del todo,

muere nueve veces y revive diez.

El cuervo, que ya no tiene la lista,

se pone a gritar lo
primero que se le ocurre:

que se vaya el viejo donde
tenía que ir el niño,

que se vaya el niño donde
tenía que ir el viejo,

que se vaya el hijo antes que los padres.

Desde ese día, en la isla de Jeju,

la muerte no respeta la edad.

Y oír graznar a un
cuervo trae mala suerte.

Este canto no se contaba
para pasar el rato.

En Jeju el chamán lo
canta en los funerales,

sentado delante de la mesa de los
mensajeros y tocando el tambor,

para pedirle a Gangnim que trate
bien al muerto por el camino.

Al primer mensajero se le recordaba que
él también había sido un vivo al que se

llevaron.

Ahora, lo que pasa al llegar.

Aquí manda la capa budista,
que vino de China,

y es un calendario.

Al morir te juzgan diez
reyes, uno detrás de otro,

en diez salas.

El primero, a los siete días.

El segundo, a los catorce, y así de siete
en siete hasta el día cuarenta y nueve.

Luego quedan tres:

a los cien días, al año y a los tres años.

Si esas tres últimas fechas te
suenan a calendario de luto,

es porque lo son.

El primer aniversario y el tercero eran
los grandes ritos de la familia por sus

muertos, así que el último juicio llegaba
justo cuando aquí se terminaba de guardar

el luto.

El rey del infierno más famoso de Corea,

Yeomra, el mismo al que arrestó Gangnim,

en este esquema es solo
el quinto de la fila.

Le toca el día treinta y cinco.

El primero pesa lo bueno
y lo malo que hiciste,

y el décimo decide en qué vuelves a nacer.

En los templos coreanos sigue habiendo
una sala con los diez sentados en fila.

Hay un cuento sobre ese
juicio que tiene mucha gracia.

Dice que cada persona tiene
en el más allá un almacén,

y que dentro se guarda
todo lo que dio en vida.

Un magistrado de la comarca de
Yeongam se muere antes de tiempo.

Los reyes miran el libro
y ven que no le tocaba,

pero no le pueden devolver así como así:

tiene que dar una limosna allí.

Abre su almacén,
y dentro hay un haz de paja.

Uno de los mensajeros le
da un consejo práctico:

que pida prestado del almacén de al lado,

que está lleno, y que lo
devuelva cuando vuelva a la vida.

El almacén lleno es de un tal Deokjin.

Ya de vuelta, el magistrado busca a Deokjin
y resulta ser un criado de una taberna

junto al río.

Le ofrece trescientos sacos
de arroz para saldar la deuda.

Deokjin no los quiere, porque él
no tiene nada que ver con aquello.

Así que el magistrado construye un
puente sobre el río para todo el pueblo,

y le pone el nombre del criado.

El puente de Deokjin existe, aunque en la
comarca cuentan su origen de otra forma,

con una tabernera que ahorró toda su vida
para levantarlo y se le apareció en sueños

a un magistrado.

Pero no todos los muertos
llegan a ninguna sala.

Para cruzar, según la tradición,

hacen falta tres cosas.

Haber vivido una vida
entera y morir de viejo,

en casa.

Tener a alguien que te rinda culto,

alguien a quien pertenezcas.

Que se sepa quién eras,
tu nombre y tu lugar.

Si falla una sola, te quedas aquí,

vagando, ni vivo ni muerto.

Por eso se temía tanto a los
que morían jóvenes y solteros.

A una muchacha que moría sin casarse se la
llegaba a enterrar en un cruce de caminos

muy transitado, para que muchos hombres
le pasaran por encima y se le calmara la

pena.

A dos jóvenes muertos solteros,

además, se les podía
casar después de muertos,

con muñecos de papel vestidos de novios,

para que dejaran de vagar.

En Jeju la costumbre ha
durado hasta hace muy poco.

Así que la familia no se
quedaba de brazos cruzados.

Para asegurarse de que el muerto llegaba,

se llamaba a una mudang,
una chamana del musok,

el chamanismo coreano.

La chamana hacía un gut,
un rito larguísimo,

con tambores, cantos y danza.

En Seúl, en el suroeste
y en la costa este,

en el momento central de ese rito,

la chamana se ponía a cantar
la vida entera de una princesa.

Porque, según la tradición, para llegar
al más allá el muerto tiene que ir guiado

por ella.

Se llama Bari.

Un rey y una reina van a casarse,

y antes consultan a un adivino.

El adivino les dice que no tengan prisa:

si se casan este año, tendrán siete hijas;

si esperan al año que viene, tendrán
un hijo que reinará sobre tres países.

No esperan.

Nace la primera, y es niña.

Nace la segunda, y es niña.

En la versión de Seúl el canto repite
cada nacimiento como un estribillo,

y el público ya sabe lo que viene.

Nacen seis princesas.

Cuando nace la séptima y también es niña,

el rey dice que la tiren.

La meten en un cofre de
jade y la echan al río.

En una versión de la costa este,

antes de que se la lleven, la reina se
muerde los dedos y escribe con su sangre el

nombre de la niña en su chaquetita,

para que algún día sepa quién es.

El nombre que le dan es Bari,
que la gente explica como la tirada,

la abandonada.

En la costa este la llaman Baridegi.

El cofre no se hunde.

En una versión lo protegen una
grulla azul y una tortuga de oro,

en otra es el propio Buda
quien lo saca del agua.

A la niña la recoge una pareja
de ancianos que no tenía hijos,

y crece con ellos sin
saber que es princesa.

Pasan quince años.

Una noche el rey sueña con un niño del
cielo que le dice que va a pagar por haber

tirado a su hija.

Poco después, el rey y la
reina caen enfermos de muerte.

El único remedio es un agua medicinal y
unas flores que guarda un tal Mujangseung en

un reino del oeste, al otro
lado del mundo de los muertos.

Alguien tiene que ir a buscarlas.

El rey se lo pide a sus seis hijas,

y cada una tiene una excusa.

Entonces alguien se acuerda de la séptima.

Los mensajeros del rey encuentran a Bari,

y ella, antes de creérselo, los pone a
prueba para comprobar que de verdad son sus

padres.

Y cuando lo sabe, dice que va.

A mí este momento me parece el
más difícil de todo el canto,

y el canto no le dedica casi nada.

No hay reproche ni discurso.

La hija que tiraron se pone en camino a
buscar la medicina de los que la tiraron.

Se viste de hombre y sale.

Por el camino le van saliendo personajes
que le dan objetos y le indican la ruta.

Cruza los infiernos, y en algunas versiones
rompe sus puertas con una flor que le ha

dado el Buda y deja
salir a los condenados.

Al final llega donde vive Mujangseung,

el guardián del agua.

Mujangseung no regala nada.

El agua se paga, y el precio es trabajo:

agua tres años, leña tres años,

fuego tres años.

Nueve años de acarrear,
cortar y mantener la lumbre.

Bari los cumple.

En algún momento, el guardián descubre
que ese muchacho es una mujer,

y le pide que se case con él.

Ella acepta, y le da siete hijos.

Fíjate en la cuenta, porque es
la misma que la de su madre.

Siete hijos, como siete hijas.

Solo que estos no los tira nadie.

En el jardín de atrás de la casa de
Mujangseung crecen unas flores que devuelven la

vida.

Hay una flor para los huesos, una
para la carne y otra para el aliento.

Un chamán de Seúl lo explicaba sin rodeos:

la de los huesos se pone en los huesos,

la de la carne en la carne.

Bari coge las flores,
llena una vasija con el agua,

y una noche sueña que
sus padres han muerto.

Sale corriendo hacia casa con
su marido y sus siete hijos.

Por el camino ve pasar una fila
de barcas cargadas de muertos.

Se cruza con un niño que cuida ganado
y le pregunta qué pasa en palacio.

El niño le dice que el
rey y la reina han muerto,

y que el cortejo ya ha salido.

Bari llega cuando el
ataúd va por la calle,

a hombros, con toda la corte
detrás y los porteadores cantando.

Se pone delante, en medio del camino,

y manda parar.

Los porteadores se quedan
quietos con el peso encima.

Bari hace bajar el ataúd, lo abre,

y ahí están los dos,

el padre que la tiró al río y la madre
que le escribió el nombre con sangre.

Pone la flor de los huesos en los huesos.

La de la carne, en la carne.

La del aliento, en la boca.

Y les da a beber el agua.

El rey y la reina abren los ojos.

El canto no dice lo que
siente Bari en ese momento.

El rey le pregunta qué quiere a cambio,

que pida lo que sea,

y Bari no pide la mitad del
reino ni un marido mejor.

Pide ser la diosa de las chamanas.

Pide quedarse en el camino
entre los dos mundos,

y llevar de la mano a los
muertos hasta el final.

Desde entonces es eso.

A sus siete hijos,
en una de las versiones,

se los llevan al cielo y se convierten
en las siete estrellas de la Osa Mayor.

Mujangseung se queda de guardián
en las salas de los diez reyes.

Bari acompaña a cada muerto en el camino.

Hay versiones más duras.

En las del norte, Bari trae el agua,

salva a sus padres y muere.

En la isla de Jeju, en cambio,
este canto no se canta,

porque allí el que acompaña
a los muertos es Gangnim,

el alguacil.

Eso explica lo que hacía
la chamana en el rito.

Después de cantar la vida de Bari,

en Seúl, la chamana se convertía en ella
y hacía el recorrido guiando al muerto.

Luego le prestaba la voz, para
que se despidiera de su familia.

Al final venía el gesto
que lo cerraba todo.

Se tendían dos tiras largas de tela,

de algodón y de cáñamo, y la chamana se
metía entre ellas y las rajaba con el

cuerpo, de punta a punta, avanzando.

Le estaba abriendo el camino al muerto.

Y a la vez le cerraba la puerta:

desde ese momento ya no
podía quedarse en este mundo.

En el suroeste, la chamana hace un muñeco
del muerto con una esterilla enrollada con

su ropa y la tapa de una
olla a modo de sombrero,

y lo lava con una escoba mojada,

con agua, con agua de
artemisa y con agua perfumada.

Luego pone el alma lavada
sobre una tela larga,

que es el camino al más allá, y la
va empujando hasta el otro extremo.

El de la isla de Jindo está protegido
como patrimonio nacional desde 1980.

Con esto ya tienes el reparto completo.

El que viene a buscarte es un
funcionario con hambre y con una cuerda.

El que te juzga son diez
reyes a lo largo de tres años.

Y la que te lleva de la mano es
una hija que su padre tiró al río.

Entonces, ¿de dónde
sale el hombre de negro?

La respuesta está en la
televisión pública coreana.

A partir de 1977,

una serie de historias de fantasmas
necesitaba sacar en pantalla a los mensajeros

del más allá.

Su realizador contó muchos años después
que le dio vueltas a cómo sería una imagen

coreana de la muerte, y que
pensó que la muerte es negra,

¿no?

Le pusieron una túnica negra,
un sombrero de ala ancha,

la cara pálida y los labios negros,

y él mismo reconoció que antes de
su serie no había una imagen fija.

Tampoco lo sacó de la nada, porque en el
viejo sutra chino de los diez reyes los

enviados ya iban de negro
y en caballos negros.

Pero en los rituales y en las
pinturas de los templos coreanos,

el mensajero era un soldado con armadura,

a menudo roja, que gruñía y pedía dinero.

La imagen de la serie
se quedó para siempre.

En 2016, en el drama Goblin, el segador
ya lleva traje negro y sombrero de ala,

y su último episodio batió el récord de
audiencia de la televisión de cable coreana.

Al año siguiente, Along with the Gods,

en la que un muerto pasa por siete
juicios en cuarenta y nueve días con tres

guardianes, la vieron más de 14 millones
de personas en un país de 51 millones.

El jefe de esos tres
guardianes se llama Gangnim,

como el alguacil de Jeju.

Y en 2025, en la película más
vista de la historia de Netflix,

salieron los Saja Boys
de las Guerreras K-pop,

vestidos de negro y
con el sombrero de ala.

Tiene su lógica.

Un hombre de negro con
sombrero cabe en un cartel,

y el que viene a buscarte es el
personaje más fácil de dibujar.

Lo que se ha quedado por
el camino es todo lo demás,

la mesa del portón, la propina,

el cuervo que perdió la lista,

el puente pagado con una
deuda del otro mundo y,

sobre todo, la chica que
acompaña a los muertos.

En el más allá coreano todo
funciona con un nombre.

Se grita desde el tejado,
se busca en la lista,

se confunde con el de otro,
y si nadie lo recuerda,

te quedas vagando.

La única que no tenía un nombre de verdad
era una niña a la que llamaron la tirada.

Y es justo ella la que se
encarga de que no te pierdas.

Cuando vuelvas a ver a un segador
de traje negro en una serie coreana,

acuérdate de lo que tiene detrás:

tres cuencos de arroz en una puerta,

un platito de salsa de soja
para que vuelva con sed,

y una princesa que paró un entierro en
medio de la calle y no pidió un reino.

Los diez reyes no son solo coreanos.

Llegaron desde China, donde el
más allá tiene diez tribunales,

un puente y una sopa que
te hace olvidar quién eras,

y donde el castigo, curiosamente,

no es para siempre.

Esa historia tiene su propio episodio,

El infierno chino, la historia completa.

Si lo estás viendo,
te aparece en pantalla,

y si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.

Empieza al final del último pasillo,

con una anciana que te espera
con un cuenco de caldo.