Izanami e Izanagi, la historia completa: el mito japonés de la creación, el descenso al Yomi y cómo entró la muerte en el mundo según el Kojiki.
En Japón se contaba que cada día mueren mil personas y nacen mil quinientas, y que esas dos cifras las dijeron dos esposos, uno a cada lado de una roca. Ella estaba muerta y era ya la diosa del Yomi. Él acababa de verla como ella le había pedido que no la viera. Es el mito más antiguo de Japón sobre el origen de la muerte, contado entero desde el Kojiki y el Nihon Shoki.
En este episodio: la lanza que removió el mar y la isla que se cuajó sola; el rito del pilar y el niño sanguijuela que soltaron en una barca de juncos; una madre que pare un país y muere de dar a luz al fuego; la cueva de las flores de Kumano; por qué el Yomi no es un infierno; la comida del Yomi y la granada de Perséfone; el peine encendido y los ocho truenos; la huida, las uvas, el bambú y los tres melocotones; la roca, el juramento de divorcio y la cuenta de los vivos; la cuesta que hoy tiene un cartel en Matsue; Orfeo y la Gran Señora de la Noche de los maoríes; el baño en el río del que nacieron Amaterasu, Tsukuyomi y Susanoo; y por qué esta historia sigue viva en cada santuario sintoísta.
🌾 La otra diosa que comió en la casa de los muertos, Perséfone: https://share.transistor.fm/s/f275ccf0
🏮 El infierno chino, el de las fuentes amarillas: https://share.transistor.fm/s/d78bd902
🐓 Otro mito sobre por qué morimos, el de Sa y Alatangana: https://share.transistor.fm/s/50054269
▶ También en vídeo: https://youtu.be/DgMuprJq_vE
⏱️ CAPÍTULOS
0:00 Mil muertes al día
1:01 De dónde sale esta historia
1:45 La lanza que removió el mar
3:22 Habló primero la mujer
4:40 Izanami pare un país
5:17 El fuego que la mató
6:05 La tumba de Izanami
7:28 Qué es el Yomi
8:54 No la mires
10:45 La huida del Yomi
12:14 La roca y el divorcio
13:47 La cuesta existe
14:58 Orfeo y la diosa maorí
15:37 El sol, la luna y la tormenta
17:47 Por qué sigue viva esta historia
📚 FUENTES
· Kojiki, trad. Basil Hall Chamberlain, 1882: wikisource
· Visor del Kojiki de la Universidad Kokugakuin: kojiki.kokugakuin.ac.jp
· Nihongi, trad. W. G. Aston, 1896: archive.org
· Encyclopedia of Shinto (Universidad Kokugakuin), «Yomi»: EOS
· Ōbayashi Taryō, «Origins of Japanese Mythology, Especially of the Myths of the Origin of Death», 1966: PDF
· Roland B. Dixon, «Oceanic Mythology», 1916: archive.org
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Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
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En Japón se contaba que cada día mueren
mil personas y nacen mil quinientas,
y que esas dos cifras no
salieron de ninguna cuenta.
Las dijeron en voz alta dos esposos,
uno a cada lado de una roca enorme,
en la última conversación que tuvieron.
Ella estaba muerta.
Él acababa de verla como ella
le había pedido que no la viera,
y había salido corriendo.
Desde ese día,
ella es la diosa de los muertos,
y él, el que se encarga de que
nazcan más de los que se van.
Hoy te cuento entera la
historia de Izanami e Izanagi,
de principio a fin:
cómo hicieron las islas de Japón
removiendo el mar con una lanza,
cómo murió ella, qué encontró él
cuando bajó a buscarla al Yomi,
el país de los muertos, y cómo de un
baño en un río salieron el sol y la luna.
Eso sí, un aviso.
La escena que todo el mundo
recuerda es la prohibición de mirar,
y se parece tanto a otras historias
que uno cree que ya sabe cómo termina.
Esta termina de otra manera.
Lo que pasa después de
mirar es lo que explica,
para los japoneses de hace 1.300 años,
por qué nos morimos.
Antes de empezar, de dónde sale todo esto.
Esta historia la conocemos por dos libros
que mandó escribir la corte imperial
japonesa a principios del siglo VIII.
El primero es el Kojiki, del año 712,
que se puso por escrito a partir de lo
que había aprendido de memoria alguien del
palacio con una memoria prodigiosa.
El segundo es el Nihon Shoki,
de ocho años después,
la historia oficial del reino.
El Kojiki cuenta una sola versión,
seguida.
El Nihon Shoki cuenta una y luego
va añadiendo otras que circulaban,
una detrás de otra,
y casi todas empiezan igual:
en un escrito se dice.
Así que algunas escenas
tienen dos o tres finales,
y cuando los haya, te lo diré.
Te adelanto ya el más raro:
en el relato principal del Nihon Shoki,
Izanami no se muere nunca.
Al principio no había nada con forma.
La tierra, dice el Kojiki, era joven
y flotaba como aceite sobre el agua,
a la deriva como una medusa.
Arriba, en el cielo,
fueron apareciendo dioses,
unos solos y otros por parejas,
y de casi todos no se
cuenta más que el nombre.
La última pareja de esa
lista es la nuestra.
Izanagi e Izanami.
Sus nombres se suelen explicar
como el que invita y la que invita,
y es una buena forma de empezar,
porque la primera parte de
esta historia es un cortejo.
Los dioses de arriba les dan
un encargo y una herramienta.
El encargo es dar forma
a esa tierra que flota;
la herramienta, una
lanza adornada con joyas.
Los dos se asoman desde el
Puente Flotante del Cielo,
hunden la lanza en el mar y lo remueven,
y el agua salada hace un ruido que el
Kojiki se toma la molestia de apuntar:
koworo, koworo.
Cuando sacan la lanza, las gotas que
caen de la punta se amontonan y se cuajan
solas, y se hacen una isla.
La llamaron Onogoro, la isla
que se cuajó por sí misma.
Es la primera tierra firme,
y bajan a vivir en ella.
En la isla levantan un
pilar sagrado y un palacio,
y entonces tiene lugar la conversación
más franca de toda la mitología japonesa.
Él le pregunta cómo está hecho su cuerpo.
Ella le contesta que su cuerpo ha
crecido entero salvo en un sitio,
que no llegó a cerrarse.
Él le dice que el suyo
también ha crecido entero,
pero que tiene un sitio que creció de más,
y le propone juntar lo que le sobra
a él con lo que le falta a ella,
para dar a luz a las tierras.
Ella le dice que le parece bien.
Cuando un profesor inglés
tradujo este pasaje en 1882,
le dio tanto apuro que lo dejó en latín.
Para casarse inventan un rito.
Cada uno rodea el pilar por un lado,
y cuando se encuentran al otro lado,
se dicen un piropo.
Ella habla primero:
¡ay, qué joven tan hermoso!
Él le contesta lo mismo,
qué muchacha tan hermosa,
y enseguida añade que no está bien
que haya hablado primero la mujer.
Se unen igualmente.
El primer hijo que tienen es Hiruko,
el niño sanguijuela, una criatura
blanda que no llega a cuajar,
y lo meten en una barca de
juncos y lo sueltan en el mar.
El segundo es una isla de espuma,
y tampoco lo cuentan entre sus hijos.
No saben qué han hecho mal, así
que suben al cielo a preguntar.
Los dioses de arriba queman un
hueso de ciervo y leen las grietas,
y el veredicto es el que él ya se temía:
los hijos salieron mal porque
habló primero la mujer.
Bajan, vuelven a rodear el pilar,
esta vez habla primero
él, y todo sale bien.
Esto hay que oírlo
sabiendo quién lo escribió,
una corte del siglo VIII que tenía muy
claro quién hablaba primero en una casa.
Aun así, a mí lo que más me inquieta
de esta escena es la barca de juncos.
Es el primer hijo de los
dioses que hicieron Japón,
y lo primero que hacen con él es soltarlo
a la corriente para no volver a verlo.
Siglos después, en la Edad Media,
a ese niño abandonado se
le identificó con Ebisu,
el dios sonriente de los pescadores,
como si alguien hubiera querido que
aquella barca llegara a alguna parte.
A partir de ahí, Izanami pare un país.
Primero las islas:
Awaji, Shikoku, Kyushu, la gran
isla del centro y otras cuatro,
ocho grandes en total, y por eso uno de
los nombres antiguos de Japón es el País de
las Ocho Grandes Islas.
Después, seis más pequeñas.
Luego vienen los dioses, uno tras otro,
como si estuviera llenando
el mundo por orden:
el de las rocas y el de la arena,
el de la puerta y el del tejado,
el del mar, el del viento,
el de los árboles,
el de las montañas, el de los campos,
el de los barcos y el de la comida.
El último es el fuego.
El dios del fuego se llama Kagutsuchi,
y al nacer le quema a su madre el sexo.
Izanami cae enferma y se tumba,
y lo que sigue es de lo más
extraño de todo el mito,
porque ni siquiera
agonizando deja de crear.
De su vómito nacen los dioses del metal.
De sus heces, los del barro.
De su orina, una diosa del agua
y un dios de la fecundidad,
cuya hija será la diosa de los alimentos.
La mina, la alfarería y el agua de riego
salen de una madre que se está muriendo.
Después, Izanami se retira, que
es la palabra que usa el texto,
una palabra que en todo el
libro solo se usa para ella.
Hay un detalle aquí
que conviene no perder.
En esta historia la muerte no entra
en el mundo por un castigo ni por una
desobediencia.
Entra por un parto.
La primera que muere es una madre,
y muere de dar a luz.
Izanagi no grita.
Se arrastra a gatas alrededor
de la cabecera de su mujer,
y a gatas alrededor de sus pies,
llorando, y dice:
¿quién me iba a decir que te
cambiaría por un solo hijo?
En el texto la llama hermana pequeña,
y ella a él hermano mayor; así se llamaban
los esposos en aquel japonés antiguo,
y hay que oírlo como un cariño.
De las lágrimas que le
caen nace una diosa más,
la que llora.
La entierra en un monte
de la frontera de Izumo,
en el oeste de Japón.
En uno de los escritos del Nihon
Shoki la tumba está en otro sitio,
en Kumano, en el sur, y allí la gente
del lugar honraba su espíritu con flores
cuando era tiempo de
flores, y con tambores,
flautas, banderas, cantos y bailes.
Ese lugar existe.
Se llama Hana no Iwaya,
la cueva de las flores,
y es un santuario sin edificio:
una pared de roca de unos
45 metros frente al mar.
Dos veces al año, en febrero y en octubre,
descuelgan desde lo alto una cuerda de
unos 170 metros con banderitas de flores.
Luego Izanagi desenvaina su espada,
una espada larga, de diez puños,
y le corta el cuello a
su hijo recién nacido.
De la sangre que salpica
las rocas nacen más dioses,
y uno de ellos es un dios del trueno y de
la espada que tendrá mucho que hacer en
otras historias; la sangre que se le
escurre entre los dedos se vuelve dioses del
agua oscura, y del cuerpo del niño
salen ocho dioses de la montaña.
Entonces Izanagi decide ir a buscarla.
El sitio adonde se ha ido
Izanami se llama el Yomi,
y conviene quitarse de la
cabeza la idea de un infierno.
En el Yomi no hay juicio,
ni castigo por lo que hiciste en vida,
ni barquero, ni río que cruzar.
Se llega andando, por una cuesta.
Para escribir su nombre, los cronistas
usaron dos caracteres chinos que significan
las fuentes amarillas, que es como
llamaban en China al mundo de los muertos;
pero debajo se leía una palabra japonesa,
yomi, y nadie sabe con
seguridad de dónde viene.
La explicación con más
defensores es la más sencilla:
la montaña, porque a los muertos
se les enterraba en los montes.
Izanagi llega a la puerta
del palacio donde está ella.
Izanami sale a recibirle,
pero no a la luz:
hablan a través de la puerta.
Él le dice que las tierras que hicieron
entre los dos todavía no están terminadas,
y le pide que vuelva.
Ella le contesta que qué
pena que no viniera antes,
porque ya ha comido de lo que
se cocina en el fogón del Yomi.
Si conoces la historia de Perséfone,
esto te suena, y con razón:
en Grecia también bastaba comer en la casa
de los muertos para no ser ya del todo de
arriba.
Pero hay una diferencia.
A Perséfone le metieron un grano
de granada en la boca a escondidas.
Izanami ha comido sola,
en la mesa de los de abajo,
con el fuego de allí,
y lo dice ella misma.
Aun así, no le dice que no.
Le dice que le conmueve
que haya venido hasta ahí,
que quiere volver con él, y que lo
va a hablar con los dioses del Yomi.
Solo le pide una cosa mientras tanto.
Que no la mire.
Ella se mete dentro, y no sale.
Pasa el tiempo, mucho tiempo,
y el texto lo dice sin adornos:
tardaba tanto que él no pudo esperar.
Izanagi lleva el pelo
recogido en dos moños,
uno a cada lado de la cabeza,
como los hombres de entonces,
y en el moño izquierdo
lleva clavado un peine.
Lo saca, le arranca el diente del extremo,
el más grueso, le prende fuego,
y con esa única luz entra.
Lo que ve no se parece en
nada a una sombra elegante.
Sobre ella pululan los gusanos,
rodando unos sobre otros
con un ruido sordo.
Repartidos por su cuerpo,
como si hubieran nacido de él,
hay ocho dioses del trueno:
uno en la cabeza, uno en el pecho,
uno en el vientre, uno en el sexo,
uno en la mano izquierda
y otro en la derecha,
uno en el pie izquierdo
y otro en el derecho.
En otra de las versiones,
el cuerpo está hinchado y supurando.
A Izanagi le entra el miedo,
se da la vuelta y echa a correr.
El Nihon Shoki añade aquí un
comentario que a mí me parece precioso.
Dice que por eso la gente de su tiempo
evitaba encender una sola luz por la noche y
evitaba tirar un peine de noche.
El mito más antiguo del país termina,
en este punto, en una de esas manías
domésticas que uno aprende en casa sin
preguntar nunca de dónde vienen.
Hay otra versión del Nihon Shoki que
ayuda a entender de dónde pudo salir esta
escena.
En ella Izanagi no baja
a ningún inframundo.
Va al sitio donde se dejaba el cuerpo
de un muerto antes de enterrarlo,
porque en el Japón antiguo a los
muertos se les velaba durante días,
a veces durante meses,
antes de darles sepultura.
Algunos arqueólogos han pensado
además en las tumbas de la época,
cámaras de piedra con un pasillo
y una losa en la entrada,
que se volvían a abrir cada vez que había
que meter a otro muerto de la familia.
Otros les responden que,
cuando se escribió el Kojiki,
esas tumbas ya eran cosa del pasado.
Detrás de él se oye la voz de Izanami:
me has hecho ver mi vergüenza.
Luego manda detrás de él
a la Espantosa del Yomi;
en otra versión son ocho.
Izanagi corre y, para frenarlas,
va tirando lo que lleva encima.
Se arranca el tocado negro
del pelo y lo arroja,
y donde cae brotan uvas, y la
perseguidora se para a comérselas.
En cuanto termina, sigue corriendo.
Él saca entonces el
peine del moño derecho,
lo rompe y lo tira, y donde
cae salen brotes de bambú,
y ella se para otra vez a
arrancarlos y a comérselos.
Entonces Izanami le manda los
ocho truenos que llevaba encima,
con un ejército de mil
quinientos guerreros del Yomi.
Izanagi desenvaina la espada y sigue
corriendo mientras la agita a su espalda,
por detrás de él.
El texto no explica por qué la lleva así,
hacia atrás.
Yo no puedo evitar imaginármelo corriendo
sin atreverse a girar la cabeza.
Al pie de la cuesta que separa
el Yomi del mundo de los vivos,
hay un melocotonero.
Izanagi coge tres melocotones y
se los arroja a sus perseguidores,
y todos se dan la vuelta y huyen.
Se queda tan agradecido que le da al
melocotón un título de dios y un encargo:
que igual que le ha ayudado a él,
ayude a toda la gente que vive en la tierra
de los juncos cuando esté en apuros y
sufra.
Esa frase tiene algo curioso.
Es la primera vez en todo el relato
del Kojiki que aparecen las personas.
No las llama hombres ni mujeres.
Las llama la hierba verde,
la hierba humana de este mundo,
como si fuéramos algo que
brota del suelo y se seca.
Aparecemos justo aquí,
en mitad de una huida,
como los que van a necesitar que
alguien los proteja de los muertos.
Al final, viene ella.
Izanami en persona sube
por la cuesta detrás de él.
Izanagi coge una roca que harían
falta mil hombres para mover,
y tapa con ella el paso.
Y los dos se quedan frente a frente,
uno a cada lado de la piedra.
Allí se dicen las palabras de la ruptura.
Lo que significan exactamente
se sigue discutiendo,
pero el Nihon Shoki las llama sin
rodeos el juramento del divorcio.
Si lo quieres ver así, el primer matrimonio
de Japón se rompe a través de una roca.
Habla ella primero.
Mi querido hermano, si me haces esto,
cada día estrangularé a
mil personas de tu país.
Él contesta.
Mi querida hermana, si tú haces eso,
yo levantaré cada día mil
quinientas casas de parto.
Por eso, termina el Kojiki, cada
día mueren sin falta mil personas,
y cada día nacen sin falta mil quinientas.
A mí este es el momento que más me
impresiona de toda la mitología japonesa,
y no por la amenaza,
sino por la respuesta.
Él no la vence ni le pide perdón.
Le contesta con una cuenta.
Ella se queda con la muerte de su gente,
y él le gana por quinientos, levantando las
cabañas donde se retiraban las mujeres a
parir.
Hay otra cosa.
Esta vez habla primero la mujer,
igual que en el pilar del principio.
Y esta vez nadie sube al cielo
a decirle que estuvo mal.
Desde ese día, Izanami tiene otro nombre,
la Gran Diosa del Yomi.
La roca también recibió el suyo:
el gran dios que hace
volver por el camino,
y con los siglos acabó convertida en el
dios que guarda los caminos y las fronteras.
La cuesta, dice el Kojiki, es la que en
su tiempo se llamaba la cuesta de Ifuya,
en Izumo.
Ese sitio también existe.
Está en Higashi Izumo, a las
afueras de la ciudad de Matsue,
a unos 300 metros de
una carretera nacional:
una pequeña colina con árboles,
una estela de piedra de 1940
que dice que ahí está la cuesta,
y unas rocas grandes que se
enseñan como la que cerró el paso.
Es de las cosas más raras que conozco,
un país que tiene señalado con un cartel
el punto exacto donde se separaron la vida
y la muerte.
Cerca hay un santuario muy antiguo,
y el Nihon Shoki cuenta que en el año 659
un perro llegó hasta él con el brazo de un
muerto en la boca, lo dejó allí,
y lo tomaron como aviso de
que la emperatriz iba a morir.
El Nihon Shoki tiene sus propios
finales para esta escena,
y alguno es mejor que el del Kojiki.
En uno, cuando él la mira, ella
no le grita que la ha avergonzado.
Le dice:
has visto lo que soy,
ahora veré yo lo que eres tú.
Él contesta que no se
dejará vencer por los suyos,
escupe, y de la saliva le nace un dios.
En esa misma versión aparece una
diosa de la que no sabemos casi nada,
que le dice algo a
Izanagi junto a la cuesta,
y a él le parece bien lo que le dice,
y ella desaparece.
El texto no apunta qué le dijo.
Es probablemente el mejor
consejo de la mitología japonesa,
y no lo vamos a conocer nunca.
Es imposible no acordarse de Orfeo,
que también bajó a buscar a su mujer
y también tenía prohibido mirar,
y que la perdió por darse la vuelta.
Pero hay un mito que se
le parece todavía más,
en el otro extremo del Pacífico.
En Nueva Zelanda, los maoríes cuentan
que la primera mujer descubrió algo de su
marido que la llenó de vergüenza,
y huyó al mundo de abajo.
Cuando él bajó a buscarla, no le abrió.
Le dijo que subiera solo, a criar
a sus hijos a la luz del día,
y que ella se quedaba abajo para
irlos arrastrando a la oscuridad.
Se llama Hine-nui-te-pō,
la Gran Señora de la Noche,
y un estudioso estadounidense ya señaló
hace más de un siglo lo mucho que se parecía
a Izanami.
Izanagi ha vuelto, pero viene sucio.
Dice que ha estado en
un país feo y asqueroso,
y que tiene que limpiarse.
Se va lo más lejos posible de Izumo,
a la desembocadura de un
río en la isla de Kyushu,
en el sur, y empieza a quitarse cosas:
el bastón, el cinturón, la bolsa,
la túnica, los pantalones, el tocado,
los brazaletes.
Cada cosa que tira se
convierte en un dios.
Doce, uno detrás de otro.
Luego mira el río.
Dice que la corriente de arriba es demasiado
rápida y la de abajo demasiado floja,
y se mete en el medio.
Lo primero que sale cuando se lava
son dos dioses de la desgracia,
nacidos de la suciedad que trae del Yomi;
según los sintoístas, de ellos vienen
todos los males que pasan en el mundo.
Enseguida nacen otros tres para
enderezar lo que esos tuercen.
Del fondo del agua, de en
medio y de la superficie,
salen los dioses del mar.
Y al final se lava la cara.
Al lavarse el ojo
izquierdo nace Amaterasu,
la diosa del sol.
Al lavarse el ojo derecho, Tsukuyomi,
el dios de la luna.
Y al lavarse la nariz, Susanoo,
el dios de la tormenta.
Izanagi se pone contentísimo y dice que,
después de engendrar hijo tras hijo,
al final le han salido
tres hijos preciosos.
Se quita el collar, que suena al moverlo,
se lo da a Amaterasu
y le encarga el cielo.
A Tsukuyomi le da el reino de la noche.
A Susanoo, el mar.
Pero Susanoo no gobierna nada.
Se pasa los años llorando, tanto que
la barba le crece hasta el pecho,
y con su llanto se secan las montañas
verdes y se vacían los ríos y los mares.
Cuando su padre le pregunta por qué llora,
contesta que quiere irse
al país de su madre.
Susanoo no tiene madre:
nació de la nariz de su padre, igual que
sus dos hermanos nacieron de sus ojos,
mientras se lavaba la muerte de encima.
Los comentaristas entienden
que habla de Izanami,
la que está al otro lado de la roca,
y aun así la echa de menos.
Izanagi se enfada y lo destierra.
Ahí termina la historia de Izanagi.
El Kojiki dice que se
retiró a vivir a Taga,
cerca del lago Biwa, y allí sigue hoy uno
de los santuarios más visitados de esa
región, dedicado a los dos, al que
la gente va a pedir una vida larga.
La historia de sus hijos es otra,
con una cueva, un espejo, un baile
y una serpiente de ocho cabezas.
Queda por saber por qué una historia
de hace 1.300 años sigue tan viva.
Una parte de la respuesta está en la
entrada de cualquier santuario sintoísta.
Antes de pasar hay una pila
de agua con cazos de madera,
y la gente se lava la mano izquierda,
luego la derecha, y se enjuaga la boca.
En el sintoísmo se explica como una versión
pequeña del baño que se dio Izanagi al
volver del Yomi, el misogi.
La idea es muy antigua:
ya en el siglo III, un cronista chino
que describía Japón contaba que,
después de un entierro, toda la
familia se metía en el agua a lavarse.
La otra parte es que el mito se lo han
quedado los que cuentan historias hoy.
En Naruto, Izanagi e Izanami
son dos técnicas prohibidas:
una deshace lo que acaba de pasar,
y la otra encierra a alguien en un
bucle hasta que acepta lo que ha hecho.
En el videojuego Persona 4, la que
espera al final del todo es Izanami,
y el último escenario se
llama la cuesta del Yomi.
Pero yo creo que lo que la
mantiene viva es la roca.
Muchas mitologías explican
la muerte con un error,
alguien que desobedece,
alguien que come lo que no debía,
alguien que mira.
Aquí también hay un error.
Lo que no hay es un castigo de
los dioses que baje del cielo.
Hay dos personas que se quisieron,
una a cada lado de una piedra,
haciendo una cuenta,
y en esa cuenta ganan los vivos.
En uno de sus escritos, el Nihon Shoki
recoge la frase más honda que conozco sobre
este mito.
Dice que hay quien cree que la
cuesta del Yomi no es ningún lugar.
Que es el rato en que falta el aliento,
cuando la muerte se acerca.
Cuando vuelvas a oír la historia del hombre
que bajó a buscar a su mujer y no pudo
evitar mirarla, acuérdate de que en Japón
el cuento no se acaba cuando él mira.
Se acaba con ella al
otro lado de la piedra,
hablando primero.
En Grecia también hubo una muchacha
que comió en la casa de los muertos,
y por un grano de granada ya
no pudo volver del todo a casa.
Esa historia la tienes
entera en otro episodio:
Hades raptó a Perséfone y su
madre dejó al mundo sin comer.
Si estás viendo esto,
te aparece en pantalla;
si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.
Después de Izanami, es la mejor manera
de ver cómo resolvieron los griegos lo de
comer abajo.