Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
A más de 4.000 metros de altura,
en las galerías del Cerro Rico de Potosí,
en Bolivia, hay una figura de
barro sentada en la oscuridad.
Tiene cuernos y una boca grande,
y casi siempre hay algo dentro:
hojas de coca, un cigarro a medio fumar,
un chorro de alcohol.
Los mineros la llaman el Tío.
Si les preguntas quién es,
unos te dicen que es el diablo,
otros que es el dueño del mineral,
y muchos le dan un tercer nombre,
en quechua:
Supay.
En internet circula como la
mina donde se adora al demonio.
Pero antes de que llegaran los españoles,
esa palabra no nombraba a ningún demonio.
Tenía que ver con los muertos.
Hoy te cuento entera la historia de Supay,
de principio a fin:
de lo que significaba en los Andes antes
de la conquista a esa figura de barro de
Potosí, pasando por
cómo el mundo de abajo,
el de los muertos y los antepasados,
acabó convertido en el infierno.
Y te adelanto una cosa.
Buena parte de esta historia
no ocurre en las montañas,
sino en los diccionarios que escribieron
unos frailes para poder predicar y en el
primer libro que se
imprimió en Sudamérica.
Fue ahí, con tinta, donde a los muertos
de los Andes les salieron cuernos.
Antes de seguir, una
advertencia sobre las fuentes,
porque en esta historia
pesan más que en ninguna.
Los pueblos andinos no
escribían con letras;
llevaban las cuentas en cuerdas anudadas,
los quipus, y la memoria
pasaba de boca en boca.
Así que casi todo lo que sabemos de
cómo pensaban la muerte lo escribieron,
después de 1532,
frailes, cronistas, cazadores de ídolos
y algún autor indígena ya bautizado,
cada uno con sus intereses.
Para saber qué era supay antes de
ellos hay que leer entre líneas,
y eso lo ha hecho sobre todo un filólogo,
Gerald Taylor,
comparando los diccionarios antiguos
con el quechua que se habla hoy.
Son pistas, no certezas,
y cuando algo esté discutido,
te lo diré.
Vamos primero con el mundo de antes.
En los Andes, los muertos
no se iban del todo.
Los cuerpos de los antepasados se
conservaban en cuevas y en casas de piedra,
y se les seguía tratando como a parientes,
se les hablaba y se les
daba de comer y de beber.
Los curas que salieron a perseguir
idolatrías en el siglo XVII los llamaban
mallquis, y anotaron con alarma que,
después de las piedras sagradas,
eran lo que más se veneraba en la sierra,
y que tenían sacerdotes propios.
Un cronista indígena,
Guamán Poma de Ayala,
dibujó hacia 1615 el
calendario andino mes a mes,
y en la lámina de noviembre se
ve a un difunto paseado en andas.
Ese mes se llamaba Aya Marq'ay Killa,
el mes de llevar a los difuntos,
y él lo explica así:
sacaban a los muertos de sus bóvedas,
les daban de comer y de beber,
los vestían con sus ropas más ricas,
y cantaban y bailaban con ellos.
A cualquiera que haya puesto una mesa
para sus difuntos en Todos Santos,
ese noviembre le resultará familiar.
Y el mundo de abajo,
el de dentro de la tierra,
no era un lugar de castigo.
Era de donde se venía.
Cada linaje tenía su pacarina, el sitio
del que habían salido sus primeros
antepasados, que podía ser un cerro,
una cueva, un manantial o una laguna.
Los incas decían haber salido
de una cueva cerca del Cuzco.
De dentro de la tierra
había salido la gente,
y allí volvían los muertos,
a sus pacarinas,
a esperar.
Hay un texto que nos deja oír
todo esto casi desde dentro.
Hacia 1608, en Huarochirí,
en la sierra de Lima,
alguien puso por escrito en quechua
las tradiciones de aquellos pueblos,
y es lo más parecido que tenemos a una
mitología andina contada por sus propios
dueños.
Ahí aparece una historia que explica
por qué los muertos ya no vuelven.
Cuenta que en los tiempos muy antiguos,
cuando alguien moría, velaban
su cuerpo durante cinco días.
El alma salía volando,
no más grande que una mosca,
y al quinto día regresaba, y el
muerto volvía a estar con los suyos.
Una vez, un difunto se retrasó.
No llegó al quinto día, sino al sexto,
y su mujer, que llevaba
un día entero esperándole,
en vez de alegrarse, se enfadó.
¿Se puede saber por qué tardas tanto?,
le soltó, y le tiró una mazorca.
El alma se dio la vuelta y se marchó.
Desde entonces, dice el texto,
los muertos ya no vuelven.
Me gusta mucho esta historia, porque la
muerte definitiva no la trae ningún dios,
sino una mujer harta de esperar,
con una mazorca en la mano.
Y dice algo importante sobre aquel mundo.
Los muertos andinos se iban al otro lado,
sin castigo de por medio, y la frontera
entre los dos lados era tan fina que durante
un tiempo se podía cruzar en cinco días.
¿Y dónde entra supay en todo esto?
Según las pistas que reunió Taylor,
supay era la sombra del muerto,
el espíritu de los antepasados,
y también el de algunas huacas,
los lugares y objetos sagrados.
Un espíritu así podía
protegerte o hacerte daño,
según cómo lo trataras.
Era poderoso, y había
que llevarse bien con él.
Las pistas son de varias clases.
En algunos pueblos de Áncash,
en la sierra del Perú,
una palabra hermana, hupay, sigue
significando hoy alma o espíritu,
sin nada de diablo.
En el texto de Huarochirí, cuando el
autor quiere hablar de espíritus dañinos,
escribe supay no bueno, como si supay
a secas no bastara para decir malo.
Si supay ya hubiera sido el demonio,
no habría hecho falta aclarar
que el demonio no era bueno.
Ahora, la otra cara, porque esto no
es tan limpio como a veces se cuenta.
Los primeros frailes que
llegaron a la sierra,
hacia 1560, ya oían supay
como nombre del demonio,
y un cronista español escribió que
así lo llamaban en todo el Perú.
Puede que hubiera ya una
idea de muertos temibles,
de almas que habían hecho
algo mal y no descansaban.
Lo honesto es decirlo así:
la palabra tenía un sentido más ancho,
ligado a la sombra y a los muertos,
con todo lo que los muertos
tienen de inquietante.
Lo que vino después fue estrecharla
hasta dejarla en una sola cosa.
Para entender cómo pasó hay que ponerse
en el lugar de un fraile del siglo XVI.
Tienes que predicar en una lengua que
no es la tuya a gente que no conoce tu
religión, y hay palabras
que necesitas sí o sí:
Dios, alma, pecado, infierno, demonio.
Para unas te traes la
palabra castellana tal cual.
Para otras buscas en la lengua
de allí algo que se parezca.
Para demonio, lo más parecido que
encontraron fue el espíritu de los muertos,
ese al que la gente le seguía
poniendo comida en la boca.
En 1560, un dominico,
fray Domingo de Santo Tomás,
publicó en Valladolid el
primer diccionario de quechua.
En una misma página,
una entrada debajo de otra,
se ve la palabra a medio camino.
Supay:
ángel, bueno o malo.
Supay:
demonio, o duende de casa.
Y un poco más abajo, supaypa wasin,
la casa del supay,
traducido como infierno,
lugar del demonio.
Las dos cosas están ahí a la vez,
el espíritu que puede
ser bueno y el diablo,
como una fotografía de una palabra tomada
justo en el momento en que la estaban
cambiando.
Cuarenta y ocho años después, en 1608,
un jesuita, Diego González Holguín,
publicó en Lima otro diccionario,
mucho más completo.
Ahí supay ya es una sola cosa:
el demonio.
Y en la línea de abajo
aparece otra palabra,
supan, que traduce como la sombra
de una persona o de un animal.
La sombra sigue ahí,
pegada al diablo en la página,
pero ya con otro nombre.
En el altiplano pasó
lo mismo con el aimara.
En 1612, otro jesuita, Ludovico Bertonio,
anota en su diccionario
que demonio se dice supayu,
una palabra que el aimara
había tomado del quechua,
y añade algo que no tenía por qué contar:
que antiguamente se decía hahuari,
que es fantasma.
En otra parte del mismo libro
define hahuari como el muerto,
o como su sombra.
Dos lenguas, dos
diccionarios, y en los dos,
el demonio cristiano acaba sentado
en el sitio de los muertos.
A mí esto es lo que más me
impresiona de toda la historia.
No hizo falta prohibir a los antepasados.
Bastó con elegir bien la palabra con la
que se los iba a nombrar desde el púlpito.
El paso siguiente fue imprimirlo.
En 1583, un concilio de obispos reunido en
Lima decidió que la doctrina se enseñaría
en todas partes con los mismos textos,
traducidos al quechua y al aimara,
para que ningún cura se
inventara su propia versión.
Al año siguiente salió de una imprenta de
Lima la Doctrina Cristiana y Catecismo,
el primer libro impreso en Sudamérica.
En él se cuenta la caída
de los ángeles rebeldes,
y se dice que Satanás y los suyos
fueron arrojados al Uku Pacha.
Uku es lo de dentro, lo hondo, y el
diccionario de Holguín traduce Uku Pacha así,
el infierno, o lugar hondo.
Aquel mundo de dentro era el de
las pacarinas y los antepasados,
y en el catecismo pasó a ser el
sitio adonde Dios mandó al diablo.
Con el mundo de arriba, Hanan Pacha,
se hizo lo contrario,
y se quedó como el cielo.
Entre los dos, Kay Pacha, este mundo,
el de aquí.
Por eso conviene mirar con un poco de
desconfianza la infografía de los tres mundos
andinos que circula por todas partes,
con un animal en cada piso y el mal abajo.
Las palabras existían.
Lo que no consta antes de la catequesis
es ese esquema tan ordenado de cielo,
tierra e infierno, que se parece
sospechosamente a un catecismo,
entre otras cosas porque
en buena parte sale de uno.
Varias antropólogas que han trabajado
en Bolivia lo dicen sin rodeos:
los evangelizadores escogieron
Uku Pacha para traducir infierno,
y a supay, como a tantos otros espíritus,
lo mandaron allí abajo.
Hubo quien le dio el último
retoque desde Europa.
El Inca Garcilaso de la Vega, hijo de
un conquistador y de una noble inca,
publicó en Lisboa en 1609
sus Comentarios Reales,
y ahí cuenta que los incas llamaban
Uku Pacha al centro de la tierra,
adonde iban los malos,
y que le daban otro nombre,
la casa del demonio.
Cuenta también que, para nombrar a supay,
escupían primero, en señal de maldición.
Ojo con otro detalle del mismo libro.
Para Garcilaso, el mundo
bajo no es el de los muertos,
sino este, el nuestro:
Hurin Pacha, mundo bajo, llama
él a la tierra donde vivimos.
Garcilaso es una fuente valiosa,
pero hay que leerlo sabiendo
desde dónde escribe.
Lo hace en Córdoba, casi 50
años después de salir del Cuzco,
como católico convencido,
y con un propósito muy claro:
demostrar que los incas ya
intuían al Dios verdadero,
al que llamaban Pachacámac.
Para que ese dios fuera el bueno,
el diablo tenía que ser otro.
El otro, en su libro, se llama supay.
Después llegó la parte más dura.
A principios del siglo XVII, la Iglesia
organizó en la sierra de Lima campañas de
extirpación de idolatrías.
Los visitadores entraban en los pueblos,
interrogaban a la gente, buscaban en las
cuevas los cuerpos de los antepasados y los
quemaban.
Uno de ellos, el jesuita
Pablo José de Arriaga,
escribió en 1621 un manual
para hacerlo como es debido,
y en él anota con preocupación
lo que creían en la sierra:
que las almas de los que mueren van
a una tierra que llaman Upa Marka,
la tierra de los mudos.
Lo que no cabía en la doctrina era que un
abuelo muerto siguiera teniendo derecho a
sentarse a comer con su familia.
Así que los antepasados sin bautizar
pasaron a ser almas condenadas,
y su espíritu, el supay,
quedó como nombre del diablo.
La palabra ganó.
Guamán Poma, que era indígena
y cristiano ferviente,
ya escribe supay como diablo, y recoge
una maldición que debía de oírse mucho:
Supay apasunki, que te lleve el diablo.
Hoy, en cualquier diccionario de quechua,
supay es diablo, y supaypa wawan,
hijo del diablo, es un insulto.
Hasta aquí, la historia de una palabra.
Pero debajo de la tierra pasaba otra cosa,
y para verla hay que bajar a la
montaña de plata más famosa del mundo.
En 1545 se empezó a sacar la
plata del Cerro Rico de Potosí,
y en pocas décadas creció a sus pies una
ciudad enorme que se convirtió en la caja
fuerte del imperio español.
Para sacar esa plata hacía falta gente,
y en 1573 el virrey Francisco de
Toledo organizó la mita minera:
dieciséis distritos de los Andes tenían
que mandar cada año a una parte de sus
hombres a trabajar a Potosí.
Desde 1578 y durante más de un
siglo fueron unos 14.000 al año,
que en teoría se turnaban en tres grupos,
uno en la mina y dos descansando.
Seguramente has oído que en Potosí
murieron 8 millones de indígenas.
Esa cifra la hizo famosa Eduardo Galeano,
que la tomó de un compilador inglés
del siglo XIX que nunca pisó América,
y no tiene ninguna base demográfica.
No hace falta inflarla.
Lo que se sabe ya es bastante duro:
miles de hombres arrancados cada año de
sus pueblos para meterse en una montaña de
la que no todos salían.
Ahora baja con ellos.
Hoy el Cerro Rico lo trabajan
cooperativas de mineros,
y la entrada sigue siendo
un agujero en la ladera.
A los pocos metros se acaba la luz del día
y queda solo la de la lámpara del casco.
El aire sabe a polvo, el techo
se te acerca a la cabeza,
y por encima tienes cuatro
siglos y medio de galerías.
En un ensanche, sentado contra la roca,
está él.
El Tío.
Es una figura hecha con el
barro de la propia mina,
con cuernos y una boca grande.
Los mineros lo llaman
indistintamente supay,
diablo o maestro.
Los martes y, sobre todo, los viernes,
se sientan con él:
le ponen hojas de coca en la boca,
le encienden un cigarro y le echan
alcohol de caña de 96 grados,
primero a él y a la tierra,
y después a ellos.
A eso lo llaman la challa.
Le piden que la veta salga buena y
que la montaña no se les venga encima.
Lo interesante es el
trato que tienen con él.
El Tío es el verdadero patrón de la mina,
el dueño del mineral, pero al mismo tiempo
está en deuda con los hombres que le dan
de comer.
Si le das, te da.
Si te olvidas de él, se cobra.
Fíjate en lo mucho que se parece
eso a lo que veíamos al principio:
un espíritu de abajo, ni bueno ni malo,
al que se le pone comida en
la boca para tenerlo contento.
Hay un detalle que
suele contarse al revés.
En Potosí, la llama que se sacrifica el
primero de agosto va para la Pachamama,
la madre tierra, y no para el Tío.
Ella también vive abajo, y los
mineros dicen que es la mujer del Tío.
La sangre de la llama ocupa
el lugar de la de los hombres,
que de otro modo se cobraría la montaña.
Falta saber quiénes son, en el fondo,
estos diablos.
Los mineros identifican al Tío
con las almas de los condenados,
y en especial con las de los mineros
que murieron dentro de la mina.
El diablo del Cerro Rico,
el que lleva el nombre de supay,
es en buena parte un muerto.
En el campo del norte de
Potosí se va todavía más lejos.
Allí, los muertos vuelven con las primeras
lluvias y se quedan entre los vivos hasta
Carnaval.
Y Carnaval, en esa zona,
tiene otro nombre:
Supay Fiesta, la fiesta de los supay.
Cuando termina, se despide a las almas y
se las devuelve al mundo de los muertos.
Para mí, esto es lo mejor
de toda la historia.
Siglos de catecismo hicieron
de supay el nombre del diablo,
y aun así, en un rincón de Bolivia,
hay una fiesta con ese nombre que
consiste en recibir a los muertos,
darles de comer y, al final,
acompañarlos de vuelta.
Aquella mujer de Huarochirí le tiró una
mazorca a su marido por llegar tarde,
y desde entonces los
muertos ya no volvían.
En el norte de Potosí vuelven cada año,
y la fiesta lleva su nombre.
¿Y por qué Tío?
Esa pregunta tiene más
respuestas que pruebas.
La más repetida dice que viene de Dios,
porque el quechua y el aimara
no tienen el sonido de la de,
y Dios habría acabado sonando Tío.
Es posible, pero nadie lo ha documentado,
y la versión que circula atribuyéndoselo a
un cronista que lo habría anotado en 1533
no se sostiene, porque ese cronista
nació casi 50 años después.
Otros lo relacionan con una
palabra quechua para la arena,
o con el trato de respeto que en
el campo se le da a un forastero,
tío.
Lo más probable es que
no tenga un solo origen.
En los años 80, un antropólogo leyó
al Tío como el diablo del capitalismo,
un pacto que aparece cuando el campesino
se convierte en obrero asalariado.
La idea tiene mucho gancho, y otros
antropólogos le contestaron que era demasiado
simple, entre otras cosas porque también
le hacen ofrendas campesinos que nunca han
cobrado un sueldo de la mina.
Más al norte, en Oruro,
otra ciudad minera,
el diablo sale a la calle.
Cada año, por Carnaval, miles de bailarines
recorren la ciudad hasta el santuario de
la Virgen del Socavón, y la
danza principal es la Diablada:
diablos con máscaras enormes,
cuernos retorcidos,
ojos saltones y sapos, serpientes y
lagartos que les trepan por la cabeza,
bailando para la Virgen.
Para mucha gente en Oruro, esos
diablos son el Tío de las minas.
La ciudad tiene su propia leyenda,
recogida en el siglo XX.
Cuenta que Huari, un ser poderoso
de dentro de las montañas,
mandó contra los pueblos
de la zona cuatro plagas:
una serpiente, un sapo,
un lagarto y un ejército de hormigas.
Una ñusta, una princesa, las detuvo y las
dejó convertidas en piedra y en arena,
y los cerros y los arenales que
rodean Oruro serían sus restos.
Con el tiempo, a esa princesa
se la identificó con la Virgen.
Se dice que los bichos que trepan
por las máscaras son esas plagas.
Hay un dato que me encanta.
En aquel diccionario aimara de 1612,
Bertonio apunta cómo se llamaban
los diablillos de las danzas,
y uno de los nombres es llama llama.
Casi cuatro siglos después, cuando la
Unesco proclamó el Carnaval de Oruro obra
maestra del patrimonio oral e inmaterial,
en 2001, su texto describe la danza
principal como la llama llama,
o diablada.
Ya había diablos bailando en el altiplano
cuando los frailes todavía estaban
escribiendo los diccionarios.
La Diablada se baila también
al otro lado del lago Titicaca,
en Puno, en el Perú, en la fiesta
de la Virgen de la Candelaria,
y eso ha dado más de una
discusión entre los dos países.
En 2009, Miss Perú desfiló en Miss
Universo con un traje de diablada y Bolivia
protestó.
En 2014, tras un acuerdo
entre los dos países,
la Unesco inscribió
también la fiesta de Puno.
En esa discusión no me meto.
Me quedo con que a los dos lados del lago
se sigue bailando con la cara del diablo
para una virgen.
Así que, la próxima vez que veas a alguien
entrar con una cámara en una mina de
Potosí y decir que ahí se adora al diablo,
acuérdate de que la palabra diablo la
puso un fraile en un diccionario en 1560.
Lo que hay en esa galería es
más viejo que el diccionario.
Es gente que trabaja dentro de la tierra y
que no entra en casa ajena sin dejar algo
encima de la mesa.
Supay no era el rey de ningún infierno,
porque en los Andes no había
un infierno que necesitara rey.
Era el nombre de lo que queda
de nosotros cuando nos morimos,
y de lo que hay debajo,
de donde salimos y adonde volvemos.
Lo convirtieron en el diablo
con diccionarios y con hogueras.
Y aun así, cada viernes,
debajo del Cerro Rico,
alguien le sigue poniendo coca en la boca.
Los griegos también
tenían un mundo de abajo,
y tampoco era el infierno.
Le dediqué un episodio entero, Hades y
Perséfone no son una historia de amor,
y va de una reina de los muertos a la que
los héroes temían más que a su marido,
hasta el punto de que Odiseo
salió corriendo de su casa.
Si lo estás viendo,
te aparece en pantalla;
si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.