Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
Del rapto de Perséfone casi todo
el mundo se sabe el resumen.
Una chica coge flores en un prado,
se abre la tierra, un carro se
la lleva al mundo de los muertos.
Allí come seis semillas de granada y
por eso tenemos seis meses de invierno.
El poema más antiguo que lo cuenta
no está de acuerdo, porque ni
fueron seis semillas ni fue medio
año y además mira hacia otro sitio.
El rapto en sí le ocupa
unos cuarenta versos.
Casi todos los demás son para
la que se queda arriba, la madre
Una diosa que recorre el mundo nueve
días con una antorcha en cada mano, que
se disfraza de anciana, que mete a un
bebé ajeno en el fuego y que, cuando
nada de eso le devuelve a su hija,
deja a la humanidad entera sin comer.
Hoy te cuento entero el rapto de
Perséfone, tal como lo cuenta ese
poema, el Himno homérico a Deméter,
que tiene unos dos mil seiscientos
años de antigüedad y estuvo perdido
hasta 1777, cuando apareció en Moscú,
según quien lo encontró tirado en
un establo entre gallinas y cerdos.
Luego volvemos a eso porque puede
que el establo fuera una coartada.
Pero debajo de todo esto hay una
pregunta que no tiene nada de
antigua: ¿qué haces con una pérdida
que no se puede deshacer del todo?
Deméter va a probar varias respuestas
y te adelanto que casi todas salen mal
El poema empieza en un
prado, en la llanura de Nisa.
Perséfone está cogiendo flores
con las hijas del océano.
Rosas, azafrán, lirios,
jacintos, violetas.
Es una de esas escenas en las
que parece que no pasa nada.
Seguramente ya sabes que detrás
de esto está Zeus, su padre.
Lo que llama la atención es lo
pronto que lo dice el poema.
En el verso tres: antes de que
nadie coja una sola flor, el
poema dice: "A la muchacha se la
llevó Hades y se la dio Zeus".
Aquí no hay misterio que resolver ni
culpable por descubrir, porque esto es
un matrimonio pactado entre dos hermanos,
el rey del cielo y el rey de los muertos.
Y ni a la novia ni a la madre de
la novia les ha preguntado nadie.
Todo lo que viene después, el hambre
y el trato final incluidos, es la
respuesta de esas dos mujeres a
un acuerdo que se firmó sin ellas.
En mitad del prado hay una flor que
ayer no estaba, un narciso con cien
cabezas saliendo de una sola raíz, tan
perfumado que, según el himno, se ríen
de gusto el cielo, la tierra y el mar.
Esa flor no ha crecido sola.
La ha hecho brotar la
tierra por encargo de Zeus.
Y el poema usa una palabra muy
concreta para describirla: un cebo.
Perséfone alarga las
dos manos para cogerla
El suelo se abre.
De la grieta sale un carro de oro
tirado por caballos inmortales y el
que lo conduce la agarra y la sube.
Y ella grita.
Grita llamando a su padre, el más
alto y el mejor de los dioses,
al mismo que ha plantado la flor.
Nadie la oye.
Bueno, casi nadie.
La oyen dos.
Hécate desde el fondo de su cueva y
Helios, el sol, que lo ve todo desde
arriba, porque ese es su trabajo.
Zeus, mientras tanto, está lejos,
sentado en un templo lleno de gente
que le reza recibiendo ofrendas.
Hay un detalle más que a mí me parece el
más triste de todo el inicio del poema.
El poeta dice que mientras Perséfone
siguió viendo la tierra, el cielo
estrellado y el mar, todavía tuvo
esperanza de volver a ver a su madre.
Mientras hubo luz.
Después, el carro baja, las montañas
devuelven el eco de su voz y ese eco
es lo único que le llega a Deméter
A Deméter el dolor le
entra como una punzada.
Se arranca el velo de la cabeza, se echa
encima un manto oscuro y sale disparada.
Dice el himno: "Como un pájaro sobre
la tierra firme y sobre el mar".
Pregunta a todo el que encuentra, pero
nadie quiere decirle la verdad, ni los
dioses, ni los hombres y ni siquiera las
aves le traen un mensaje del que fiarse.
Nueve días.
Nueve días recorriendo el mundo
con una antorcha encendida en
cada mano, sin probar la ambrosía
ni el néctar, sin lavarse.
Una diosa que no come, que no se
baña y que no apaga la luz ni de día.
Al décimo amanecer se le acerca
Hécate, también con una antorcha,
y le dice lo poco que sabe
Oí la voz, no vi quién era.
Deméter no le contesta.
Echa a andar con Hécate detrás hasta
plantarse delante de los caballos del sol.
Lo que le dice Helios es de
lo más desnudo del poema.
Si alguna vez te he alegrado con una
palabra o con un gesto, dime la verdad.
He oído a mi hija gritar como si
la forzaran y no he visto nada.
Helios se lo cuenta todo.
El responsable es Zeus, que se
la ha dado a Hades, su propio
hermano, para que la llame esposa.
Hades se la ha llevado en el carro,
gritando a la oscuridad, y acto seguido
el sol le ofrece el que probablemente sea
el peor pésame de la literatura griega.
Le dice que deje de llorar, que tampoco
es para tanto, que Hades no es un
mal yerno, que es de buena familia
y que cuando se repartió el mundo
le tocó nada menos que un tercio.
Dicho esto, arrea los caballos y se
va. Fíjate en lo que acaba de cambiar.
Hasta aquí Deméter buscaba
a una hija perdida.
Ahora sabe que no está perdida.
Está entregada con el visto bueno
de su padre y medio Olimpo lo sabía
mientras ella daba vueltas con las
antorchas El himno dice que el dolor
se volvió más terrible y más salvaje.
Por lo tanto, hace algo
que Zeus no había previsto.
No sube a protestar ni monta una
escena delante de los dioses.
Se borra.
Deja el Olimpo, se deforma el
cuerpo hasta parecer una anciana
a la que nadie miraría dos veces y
baja a las ciudades de los hombres.
Acaba en Eleusis, un pueblo a unos
veinte kilómetros de Atenas, sentada a
la sombra de un olivo, junto a un pozo
que llaman el Pozo de las Doncellas.
Allí la encuentran las cuatro hijas
del rey Celeo, que vienen a por
agua con sus cántaros de bronce.
Le preguntan quién es y qué hace una mujer
de su edad sola, tan lejos de las casas.
Deméter miente y la mentira que elige
merece que nos detengamos un segundo.
Dice que se llama Doso, que viene de
Creta, que unos piratas la raptaron y
la trajeron por mar contra su voluntad
y que se escapó mientras ellos cenaban
en la playa para que no la vendieran.
La diosa a la que le han robado
la hija se inventa un pasado
en el que la robada es ella.
Pide trabajo, cuidar de un recién
nacido, llevar una casa, lo que haya.
La mayor de las hermanas, Calídice,
le contesta con una frase que podría
ser el lema de todo el poema: "Lo
que mandan los dioses, los humanos
lo aguantamos por fuerza, aunque
duela, porque ellos pueden mucho más".
Se lo está diciendo sin saberlo a una
diosa que lleva diez días comprobando
que eso mismo vale para ella también.
Resulta que en casa hay
justo eso, un recién nacido.
Se llama Demofonte y es el
hijo que la reina Metanira tuvo
tarde, cuando ya no lo esperaba.
Las chicas corren a avisar
a su madre, vuelven a por la
anciana y la llevan al palacio.
Cuando Deméter cruza la
puerta, pasa algo raro.
Por un instante, la cabeza le llega a la
viga del techo y el umbral se llena de
una luz que no sale de ninguna lámpara.
Metanira siente respeto y luego un
miedo pálido que no sabe explicarse
y le cede su propio asiento.
La anciana no lo acepta.
Se queda de pie, callada, con los
ojos en el suelo, hasta que una
criada llamada Yambe le acerca
un taburete con un vellón encima.
Allí se sienta con el velo delante de
la cara y allí se queda mucho rato sin
hablar y sin probar bocado, consumida.
Es Yambe la que rompe aquello.
Empieza a soltar bromas y el
poema no la reproduce, pero
deja caer que finas no eran.
La diosa sonríe, luego se ríe.
Es la primera vez desde el prado.
Metanira le ofrece vino y ella lo rechaza.
Pide otra cosa, una mezcla de
harina de cebada, agua y poleo,
que en griego se llamaba ciceón.
Parece un detalle de cocina, y lo es,
Pero durante los mil años siguientes,
miles de personas ayunarán y después
beberán esa misma mezcla en ese mismo
pueblo para repetir lo que hizo ella.
A eso llegaremos luego.
Le ponen al niño en brazos y con él llega
la que para mí es la mejor escena del
poema y también quizás la menos comentada.
Demofonte crece como no crece ningún niño.
No mama, no come nada y aun así cada
semana está más grande y más hermoso,
y sus padres no salen de su asombro.
Lo que no saben es lo que
pasa cuando se acuestan.
De día, la niñera lo frota con
ambrosía, como se haría con el hijo de
un dios, y le echa el aliento encima.
De noche, cuando la casa duerme, lo coge
y lo mete en el fuego del hogar entero,
como quien entierra un tizón entre las
brasas para que aguante hasta la mañana.
Le está quemando noche a noche
lo que tiene de mortal . Piensa
en quién está haciendo eso.
Una madre a la que le han quitado una hija
y que no puede hacer nada por recuperarla.
Ha encontrado en una casa ajena a
un niño que no es suyo y ha decidido
fabricarse uno que no se pueda morir y
que nadie se pueda llevar bajo tierra.
Es la primera respuesta de Deméter
a su pérdida y casi le sale bien.
Una noche, Metanira no puede dormir.
Se asoma desde su alcoba, ve el resplandor
del hogar, ve a la anciana inclinada
sobre las brasas y ve a su hijo dentro.
Se golpea los muslos con las
dos manos y grita: "¡Demofonte,
hijo mío, la extranjera te
está enterrando en el fuego!".
Deméter se vuelve, saca al niño de
las llamas con esas manos que no
se queman y en vez de devolvérselo
a su madre, lo deja en el suelo.
Entonces habla y ya no con voz de anciana.
"Ignorantes, humanos sin seso, que no
sabéis ver venir ni lo bueno ni lo malo.
Lo juro por el agua del Estigia,
yo hubiera hecho a tu hijo
inmortal, Sin vejez para siempre.
Ahora ya no hay manera de
que se escape de la muerte.
Se quita la vejez de encima como
se quita un manto, crece, la casa
se llena de perfume y de una luz
como la de un relámpago, y el pelo
rubio le cae sobre los hombros.
Soy Deméter, que el pueblo
entero me construye un templo.
Y sale.
Lo que viene después tiene una finura rara
para un poema de hace veintiséis siglos.
A Metanira se le doblan las rodillas y
se queda muda, tanto que ni se acuerda
de levantar a su hijo del suelo.
Son las hermanas las que saltan
de la cama al oírlo llorar.
Una lo coge en brazos, otra
corre a sostener a la madre.
Lo lavan, lo abrazan, le
hablan y el bebé no se calma.
El poeta explica por qué y lo
explica sin ninguna piedad, porque
ahora lo sostienen nodrizas peores.
Le construyen el templo, claro.
Deméter entra y se sienta dentro,
sola, lejos de todos los dioses.
Ha intentado sustituir a su hija y no ha
funcionado, así que va a probar otra cosa
El himno lo llama el año más terrible
que ha conocido la humanidad y si
nos fiamos de quienes lo traducen
palabra por palabra, el más perro.
La tierra no devuelve nada.
Los bueyes arrastran los arados por
los campos en balde y la cebada blanca
cae en los surcos y ahí se queda,
porque Deméter la tiene escondida.
En esta maldición no hay rayos ni truenos,
solo una diosa encerrada en un templo de
pueblo que ha dejado de hacer su trabajo.
Y es ahora cuando Zeus se da
cuenta de que tiene un problema.
El poema es muy franco sobre cuál.
Si los humanos se mueren de
hambre, se acaban los sacrificios.
Y si se acaban los sacrificios,
los dioses del Olimpo se quedan
sin honores y sin sus regalos.
A Zeus no lo mueve la pena de una madre,
lo mueve que se le vacía la despensa.
Deméter ha montado, hasta donde
sé, la primera huelga de la
literatura y se la ha montado al
único patrón que no podía despedirla.
Primero le manda Iris, la
mensajera de alas doradas.
Tu padre Zeus te llama.
Ven con los dioses.
Deméter ni se mueve.
Entonces, Zeus hace algo que
no aparece en ningún otro mito.
Manda a todos los dioses, uno detrás
de otro, a desfilar por Eleusis
con regalos espléndidos y con una
oferta abierta, los honores
que ella quiera, los que elija.
A todos les contesta lo mismo: que no
volverá a pisar el Olimpo y no dejará
salir un solo fruto de la tierra hasta
ver a su hija con sus propios ojos.
Zeus cede, llama a Hermes, el
dios que sabe el camino de ida y
vuelta al reino de los muertos.
A Hermes le dediqué un episodio entero y
este es su oficio menos simpático y le da
un encargo delicado: convencer a Hades con
buenas palabras de que suelte a la chica
Hermes los encuentra dentro
del palacio, en la cama.
Hades y a su lado Perséfone, a la que
el poema describe en media línea: reacia
y consumida de añoranza por su madre.
Es todo lo que el himno
cuenta de su vida allá abajo.
El poeta no ha querido o no ha
sabido imaginarse esos días.
Hermes da el recado.
Zeus ordena que la muchacha suba
porque su madre está a punto de
acabar con la raza humana y de
paso, con los honores de los dioses.
Y Hades sonríe.
Las traducciones más literales dicen
que sonrió con las cejas, que es
una manera estupenda de describir a
alguien que ya se esperaba la noticia.
No discute, obedece a su
hermano y se vuelve hacia ella.
Es la única vez que Hades habla en todo
el poema y le dice: "Vete, Perséfone,
con tu madre, la del manto oscuro.
Ve tranquila y no te
hundas más de la cuenta.
No voy a ser mal marido para ti.
Soy hermano de tu padre.
Mientras estés aquí reinarás sobre todo
lo que vive y se mueve y tendrás los
mayores honores entre los inmortales.
Quien te ofenda y no te
aplaque con ofrendas lo pagará
todos los días de su vida".
Ojo a lo que le está poniendo delante.
Arriba Perséfone es ante todo la
hija de Deméter, hasta el punto
de que en el culto ni siquiera
la llamarán por su nombre.
La llamarán Core, la chica.
Abajo le ofrecen un reino.
No es una declaración de amor, ni
el poema pretende que lo sea, pero
tampoco es el discurso de un monstruo y
conviene recordar que quien ha tramado
todo esto no está en esa habitación.
Perséfone salta de la cama de pura
alegría y mientras ella se prepara,
él, a escondidas, le da a comer una
semilla de granada dulce como la miel.
Una.
El himno explica por qué lo hace con
una expresión que a los traductores
les cuesta y que cada uno resuelve
a su manera, algo así como mirando
por lo suyo, para que no se quedara
arriba con su madre para siempre.
Luego engancha él mismo los
caballos al carro de oro.
Hermes coge las riendas y ni el mar,
ni los ríos, ni las cumbres los frenan
El carro se detiene delante del templo.
Deméter lo ve y echa a correr, dice el
poeta, como una ménade monte abajo,
como una de esas mujeres poseídas que
bajaban de las montañas fuera de sí.
Perséfone salta del
carro antes de que pare.
Se abrazan.
Y en mitad del abrazo, con la
niña todavía entre los brazos, a
Deméter se le hiela algo por dentro.
Le tiemblan las manos, afloja y se
separa lo justo para mirarla a la cara
Y aquí voy a parar un momento
porque te debo una historia.
¿Te acuerdas del establo de Moscú?
El hombre se llamaba
Christian Friedrich Matthaei.
Era un filólogo alemán que daba clases
allí, y el libro que dijo haber
encontrado entre las gallinas era un
códice copiado a mano en el siglo XV.
Es todavía hoy el único manuscrito
del mundo que conserva este poema.
Si ese libro se hubiera
perdido, no tendríamos nada
de lo que te estoy contando.
Hay quien sospecha que Matthaei no lo
encontró en ningún establo, sino que
lo sacó sin permiso de una biblioteca
eclesiástica de Moscú y se inventó lo
de los cerdos para no dar explicaciones.
El códice acabó en Leiden,
en Holanda, y allí sigue.
Pues bien, a ese
códice le falta un trozo.
Una de sus hojas perdió casi un
tercio y el daño cae justo aquí,
sobre estos versos, los del
abrazo y lo que viene después.
La escena más importante del poema es
la que llegó rota y lo que leemos hoy
es en parte lo que quedó y en parte lo
que los editores han podido reconstruir.
Lo que quedó es una pregunta: Hija,
¿no habrás comido nada allá abajo?
Luego le explica por qué lo pregunta.
Si no has probado nada, te
quedas conmigo para siempre.
Si has comido, volverás a bajar y
pasarás allí una parte de cada año.
Perséfone se lo cuenta todo de
un tirón, como cuentan las cosas
los niños cuando por fin pueden.
El prado, los nombres de sus
amigas una por una, las flores, el
narciso, la grieta y la semilla.
Hay un detalle en su
versión que es llamativo.
El narrador nos había dicho que
Hades se la dio a escondidas.
Ella dice que se la metió en la boca
y la obligó a comer a la fuerza.
El poema deja las dos versiones
una al lado de la otra y no elige.
Yo tampoco sé cuál creerme y
sospecho que esa es la gracia.
El trato lo trae Rea.
Es la madre de Zeus y también la
de Deméter y la de Hades, o sea, la
abuela de la criatura, y baja del
Olimpo con la oferta definitiva.
Perséfone pasará un tercio del año
bajo tierra y los otros dos tercios
arriba, con su madre y con los dioses.
Un tercio, no la mitad.
Lo de los seis meses es de Ovidio, que
escribió unos seiscientos años después.
Igual que las siete semillas.
Las seis, que es lo que se suele decir,
no las ha escrito ningún autor antiguo, al
menos que yo sepa, o al menos ninguno que
haya aparecido preparando este episodio.
Atento a quien cierra el acuerdo.
Lo abrieron dos hermanos sin
contar con nadie, lo cierran una
abuela, una madre y una hija.
Deméter acepta.
No es lo que quería, porque
quería a su hija entera y le
devuelven dos tercios, pero acepta.
Y en ese momento, la llanura de Rario,
que llevaba un año pelada, se cubre
de espigas y detrás de ella la tierra
entera se carga de hojas y de flores.
Hécate, la que oyó el grito desde la
cueva, se acerca, abraza a la muchacha
y desde ese día no se separa de ella.
Antes de seguir, una nota
sobre el invierno, porque
seguro que lo estás pensando.
El himno no dice en qué estación
baja Perséfone, dice solo que
vuelve cuando la tierra florece.
Nosotros damos por hecho que su ausencia
es el invierno, y puede ser, pero
hay estudiosos que proponen otra cosa,
porque en Grecia el trigo se siembra en
otoño y se siega a finales de primavera,
y los meses muertos del campo son los
del verano, secos y abrasados, cuando
el grano está guardado en tinajas
bajo tierra esperando la siembra.
Según esta lectura, la chica
que baja es la semilla.
No está demostrado, pero me parece muy
importante como para no contártelo.
El poema termina con Deméter
cumpliendo su palabra.
Antes de volver al Olimpo enseña
sus ritos a los príncipes de Eleusis
y el poeta añade que son ritos que
no se pueden indagar ni contar,
porque el respeto a las diosas ata
la lengua y cierra con una promesa.
Dichoso el que los ha visto, el que
no, no tendrá la misma suerte cuando
esté muerto, abajo en la oscuridad.
Esos eran los misterios de
Eleusis y duraron más de mil años.
Cada otoño, a finales de septiembre,
miles de personas salían de Atenas y
caminaban veinte kilómetros hasta Eleusis.
Ayunaban como ella, llevaban
antorchas como ella.
Al cruzar un puente, un grupo
de gente apostada allí les
gritaba groserías como Yambe.
Bebían el ciceón y después
entraban de noche en una sala
enorme a oscuras y veían algo.
No sabemos qué.
Se iniciaron allí el emperador
Augusto, Adriano y Marco Aurelio.
Cicerón escribió que Atenas no había dado
al mundo nada mejor que esos misterios,
porque en ellos se aprendía a vivir con
alegría y a morir con una esperanza mejor.
Revelar lo que pasaba dentro
se castigaba con la muerte.
Y el caso es que en mil
años nadie lo contó.
Lo único que tenemos es el testimonio
de un autor cristiano del siglo tercero,
enemigo declarado de todo aquello que
asegura que el gran secreto, lo que se
mostraba al final en medio del silencio,
era una espiga de trigo recién segada.
El emperador Teodosio cerró
el santuario en el año 392.
Cuatro años después pasaron por allí los
godos de Alarico y no dejaron gran cosa.
Una espiga.
A mí me costó entender por qué eso
podía consolar a nadie de la muerte
hasta que volví al final del poema.
Deméter probó tres cosas con su pérdida.
Primero, buscó a su hija por
todo el mundo y no sirvió.
Después, intentó sustituirla por un niño
que no pudiera morir y se lo estropearon.
Después, paró el mundo
hasta que se la devolvieran.
Y eso funcionó, pero solo a
medias, por culpa de una semilla
del tamaño de una lenteja.
Lo que hace al final, cuando ya sabe que
no hay nada más que rascar, es lo que a
mí me parece más difícil de todo, que
es dejar que vuelva a crecer el trigo.
Lo deja crecer sabiendo en qué época del
año se lo van a segar y en qué época su
hija va a volver a bajar, y que eso va a
pasar el año que viene y el otro y todos.
El rapto de Perséfone no termina
con la hija en casa, termina con
una madre que conoce la fecha en
que se vuelven a llevar a su hija y
que aun así hace salir las espigas.
Puede que fuera eso lo que se
enseñaba en aquellas sala a oscuras.
La muchacha del prado, por cierto, no
vuelve a aparecer en la mitología griega.
La que aparece a partir de aquí es
otra, una reina a la que Homero llama
la Terrible, cuyo nombre los griegos
evitaban decir en voz alta y delante de
la cual tuvieron que presentarse Orfeo
con su lira y un par de insensatos que
bajaron con la idea de raptarla a ella.
Lo que fueron Perséfone y Hades
como reyes de ahí abajo pide un
episodio aparte y lo va a tener.
Mientras llega, te dejo con una visita.
A esa reina una vez le
pidió un favor una mortal.
Se llamaba Psique, venía de parte de
Afrodita y lo que tenía que pedirle era
una cajita con un poco de su belleza, con
la condición de no abrirla por el camino.
La abrió, claro.
Esa historia ya la conté.
Le dediqué un episodio entero y empieza
con una muchacha casada con alguien
a quien nunca le ha visto la cara.
Si te interesa continuar por ahí tienes el
enlace en la descripción de este episodio