Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
Cada año, cuando se
acerca el 31 de octubre,
se repiten dos frases.
Una dice que Halloween es una
fiesta celta de hace 3000 años,
la noche en que los druidas encendían
hogueras y los muertos volvían a casa.
La otra dice que es un invento americano
para vender caramelos y disfraces.
Las dos están mal, y lo curioso
es que lo están a la vez.
Detrás de Halloween hay una
fiesta irlandesa de verdad,
que se llamaba Samhain.
Pero todo lo que sabemos de ella
lo escribieron monjes cristianos,
cientos de años después de que
se apagara el último druida.
El dios de la muerte que sale en tantas
webs se lo inventó un ingeniero militar en
el siglo XVIII.
Y la calabaza...
antes de la calabaza hubo un nabo.
Hoy te cuento entera la
historia de Halloween,
de principio a fin, desde las colinas de
Irlanda hasta los barcos de la emigración y
el viaje de vuelta.
Te aviso de que lo más sorprendente
no está en la Edad Media,
sino en el siglo XIX, cuando unos cuantos
señores con mucha imaginación y poquísimas
pruebas decidieron cómo había
sido la fiesta de los druidas.
Lo que ellos escribieron es lo que
hoy se cuenta como historia antigua.
Un apunte antes de empezar,
porque lo cambia todo.
Los druidas no escribían.
De la Irlanda anterior al cristianismo
no queda ni un libro ni una oración.
Lo que tenemos son relatos
copiados en monasterios,
y el manuscrito más antiguo que
los recoge es de hacia el año 1100,
unos 650 años después de san Patricio.
Algunos relatos son más
viejos que la copia,
pero ni los más antiguos se acercan
a los tiempos de los druidas.
Así que cuando algo venga de esos monjes,
te lo diré, y cuando venga
de alguien mucho más moderno,
también.
Empiezo por el nombre.
En irlandés de hoy, Samhain
es sencillamente noviembre,
el mes, y la noche del 31 de octubre
todavía se llama Oíche Shamhna,
la noche de Samhain.
Los irlandeses medievales
partían el año en dos mitades:
el verano empezaba con Beltaine,
el primero de mayo,
y el invierno con Samhain,
el primero de noviembre.
Era la puerta de la mitad oscura del año.
Los monjes ya se preguntaban
qué quería decir la palabra,
y respondían que era el fin del verano.
Los lingüistas de hoy
no lo tienen tan claro:
puede venir de una raíz
que significa reunión.
Si es así, el nombre le va como un guante,
porque eso es lo que era
Samhain en los textos.
Hay una pista más vieja.
En Francia apareció una placa
de bronce rota en 73 pedazos,
un calendario de los galos del siglo II,
y en él hay un mes que
se llama casi igual:
Samonios.
La palabra es antiquísima.
Lo que no dice la placa
es qué se hacía ese mes,
y los especialistas ni siquiera se ponen
de acuerdo en si caía en verano o en
invierno.
El texto que mejor explica qué
era Samhain habla de los Ulates,
la gente del Úlster,
en el norte de Irlanda.
Cada año se reunían en una
llanura durante una semana:
tres días antes de Samhain,
el propio día y tres días después.
El texto dice que en todo ese tiempo no
hacían nada en el mundo más que juegos,
mercados, comer y beber.
Unas fiestas de pueblo,
pero de reyes y guerreros.
Con alguna costumbre propia, eso sí.
Cada guerrero sacaba allí las lenguas
de los enemigos que había matado,
para presumir de cuántos eran, y al jurar
se ponían la espada sobre los muslos,
porque se decía que los demonios
hablaban desde las armas.
Samhain era también la
fecha de las cosas serias.
Era el día de cobrar los tributos,
y en Tara, la colina de los
grandes reyes de Irlanda,
había fiesta cada Samhain.
La gran epopeya irlandesa,
la de la guerra por un toro,
arranca el lunes después de Samhain,
con el ejército saliendo en campaña.
La batalla mítica de los
dioses contra los fomorianos,
unos gigantes del mar,
se libra en Samhain.
Hay reyes que mueren en esas fechas.
A uno le arde la casa encima la
noche del martes después de Samhain,
y acaba ahogado en una tina de vino,
quemado y ahogado a la vez.
Si te fijas, hasta ahora no ha salido
ni un muerto que vuelva a casa.
Salen reyes, ferias, impuestos y batallas.
Lo que sí sale, y mucho, es otra cosa.
Por toda Irlanda hay montículos,
colinas redondeadas que muchas veces
son sepulcros de la prehistoria,
ya viejísimos cuando llegaron los monjes.
Los irlandeses los llamaban síd,
y creían que dentro vivía otra gente:
los Túatha Dé Danann, los dioses antiguos,
que en los relatos de los monjes ya
son una especie de pueblo mágico,
y a los que el folclore de siglos
después acabaría llamando hadas.
Conviene no confundirlos con los muertos:
son más viejos y bastante más peligrosos.
Hay dos textos medievales que
lo dicen con todas las letras:
en Samhain, los síd de
Irlanda están abiertos.
El más inquietante de los
dos es la aventura de Nera.
Es noche de Samhain en Cruachan,
el fuerte de Ailill y de la reina Medb,
en el oeste de Irlanda.
El día anterior han
ahorcado a dos prisioneros,
y los cuerpos siguen colgados fuera.
El manuscrito dice que aquella noche era
de una oscuridad y un horror enormes,
y que esa noche siempre
se aparecían demonios.
Ailill lanza un desafío.
A quien salga y le ate al pie a uno
de los ahorcados una tira de mimbre,
le dará el premio que elija.
Salen varios y vuelven enseguida.
Al final va Nera.
Llega al pie del ahorcado
y le ata el mimbre,
y el mimbre se suelta.
Lo ata otra vez, y se vuelve a soltar.
A la tercera, una voz
le habla desde arriba.
Es el ahorcado.
Le dice que así no, que
lo sujete con una estaca.
Luego le pide un favor:
que lo baje y lo lleve a beber,
porque tenía mucha sed
cuando lo ahorcaron.
Nera se lo carga a la espalda.
Llegan a una casa rodeada
por un lago de fuego,
y no pueden entrar.
Llegan a otra rodeada de agua,
y el muerto tampoco quiere entrar.
En la tercera hay agua,
y el ahorcado bebe.
El último sorbo lo escupe a la
cara de los que están dentro,
y mueren todos.
Nera lo devuelve a la
horca y vuelve a Cruachan,
y se encuentra el fuerte ardiendo y un
montón de cabezas cortadas en el suelo.
Ve una tropa de guerreros
que se aleja hacia una cueva,
los sigue y entra con ellos en el síd.
Dentro hay otro mundo,
con su rey y sus casas,
y allí le dan una mujer y un hogar.
Es ella la que le cuenta la verdad:
lo que ha visto arder
no ha pasado todavía.
Es lo que pasará el próximo
Samhain si nadie avisa a la reina.
Para que le crean, ella le da una prueba:
ajo silvestre, prímulas y helechos,
plantas del verano.
Allí dentro era verano.
Nera sale con las flores en la
mano en plena noche de noviembre,
y cuando entra en el fuerte, Ailill,
Medb y toda su gente siguen sentados
alrededor del mismo caldero,
como si no hubiera pasado el tiempo.
Para mí es la escena que mejor explica
qué era Samhain para quien la escribió.
Miedo hay, y mucho.
Hay hasta un muerto, pero nadie
le espera ni le pone la mesa;
es una escena de terror, no un rito.
Lo que sale de la colina no son
tus abuelos que vienen a verte.
Son los otros.
El texto lo explica así:
vendrán el próximo Samhain, porque los
síd de Irlanda están siempre abiertos en
Samhain.
Fionn, el gran héroe irlandés,
tiene también su historia de Samhain.
Cada año, en la fiesta de Samhain,
llegaba a Tara un ser del síd, Aillén,
con un instrumento de música en la mano.
Todo el que le oía tocar se dormía,
y cuando la corte entera estaba dormida,
él echaba una llamarada
por la boca y quemaba Tara.
Así durante 23 años.
Hasta que un muchacho, Fionn, aguanta
despierto de la forma más incómoda posible:
con la punta de una lanza
envenenada pegada a la frente,
porque esa punta no deja dormir a nadie.
Cuando aparece Aillén, lo mata.
Si juntas todos los relatos,
Samhain es una asamblea con banquete,
feria e impuestos, una fecha
para batallas y muertes de reyes,
y una noche en la que el mundo de los dioses
antiguos está abierto y se cuela en el
nuestro.
Lo que no aparece en ninguno
es un culto a los muertos,
ni ofrendas a los antepasados,
ni hogueras de druidas.
Puede que existieran; en los
textos que conservamos no están.
Vamos ahora con la fiesta cristiana,
porque se suele decir que la Iglesia puso
Todos los Santos el primero de noviembre
para tapar una fiesta pagana.
La historia de la fecha es
bastante más enrevesada.
Hacia el año 610, el papa
convirtió el Panteón de Roma,
el templo de todos los dioses,
en una iglesia de todos los mártires,
y esa fiesta se celebraba el 13 de mayo.
El primero de noviembre aparece después,
en el norte de Inglaterra y
en el imperio de Carlomagno.
Alcuino, un clérigo inglés que era
el sabio de cabecera del emperador,
le escribe a un amigo en el año 800 para
pedirle que celebre cada año la fiesta de
todos los santos a primeros de noviembre.
La crónica que siempre se
cita dice que en el 835
el emperador Luis el Piadoso
la extendió a todo su imperio,
aunque esa crónica se escribió
dos siglos y medio más tarde.
¿Y en Irlanda?
En Irlanda, los monjes celebraban a los
santos de toda Europa el 20 de abril.
O sea, que la fecha que supuestamente se
eligió para tapar la fiesta irlandesa vino
de fuera, y los irlandeses
tenían la suya en primavera.
No hay ni un documento que diga que se
escogió el primero de noviembre por Samhain.
Lo que sí pasó es más sencillo.
Hacia el año 800, un monje irlandés que
escribía en verso un calendario de santos
llegó al primero de
noviembre y lo llamó Samhain,
sin más:
era ya el nombre de esa fecha
en el calendario cristiano.
Unos dos siglos después,
hacia el año 1000,
Odilón, el abad de Cluny, en Francia,
puso al día siguiente la
conmemoración de todos los difuntos.
Fíjate en el orden.
Los muertos entran en el calendario
de noviembre por una puerta cristiana.
Los difuntos que vuelven a casa esa noche,
la silla que se les deja junto al fuego,
la puerta sin cerrar, aparecen en el folclore
irlandés y escocés de los siglos XIX y
XX, cuando esas fechas llevaban siglos
siendo Todos los Santos y Difuntos.
Qué parte de eso viene de antes,
nadie lo puede saber.
De esa fiesta cristiana sale la palabra.
En el inglés antiguo, a los
santos se les llamaba hallows,
y la víspera era even.
All Hallows Even,
la víspera de Todos los Santos,
que en Escocia se contrajo
hasta quedarse en Halloween.
Uno de los primeros textos
escoceses que la nombra,
de finales del siglo XVI,
dice que esa víspera,
al final de la cosecha, es cuando
cabalgan nuestros buenos vecinos.
Los buenos vecinos eran las hadas,
y convenía hablar de ellas con educación.
En 1785, el poeta escocés Robert Burns
le dedicó a esa noche un poema entero,
con notas para explicar cada
costumbre a los lectores de ciudad.
Describe una noche de campo, de hadas y,
sobre todo, de adivinar
con quién te vas a casar.
Las chicas salen a oscuras al huerto,
con los ojos cerrados, y arrancan el
primer tallo de col que encuentran:
si es grande o pequeño, recto o torcido,
así será el marido, y si
trae tierra pegada a la raíz,
habrá dote.
Se echan nueces al fuego por parejas,
cada una con un nombre:
si arden juntas, boda, y si una salta,
ruptura.
La más atrevida se come una
manzana a solas delante del espejo,
a la luz de una vela, para ver aparecer
por encima del hombro la cara de su futuro
marido.
En todo el poema hay brujas,
diablos y hadas sueltos por ahí,
como avisa el propio Burns en su nota.
Muertos que vuelven, ni uno.
Esa es la fiesta que celebraba la gente
corriente de Escocia y de Irlanda,
y la conocemos bastante bien
gracias a una idea estupenda.
Entre 1937 y 1939,
en Irlanda se pidió a los niños de las
escuelas que preguntaran a sus padres y a sus
abuelos por las costumbres de siempre
y las escribieran en sus cuadernos.
Aquellos cuadernos se conservan.
Una niña del condado de
Kildare lo cuenta así.
Su madre compra un barmbrack,
un pan dulce con pasas,
y todos buscan el anillo que lleva dentro,
porque a quien le toca se casa.
Llenan un barreño de agua y meten la
cabeza para pescar manzanas con la boca.
Asan nueces en el fuego.
Luego llaman a la puerta,
y entran los púcas,
chicos disfrazados que bailan
por la cocina y cantan.
Su madre le advierte de que no coma moras,
porque esa noche el púca,
un espíritu travieso,
ha escupido en ellas.
Otra niña explica para
qué eran las máscaras:
para que no los reconozcan.
Ir de casa en casa disfrazado,
cantando o recitando a cambio de comida,
en Escocia se llamaba guising,
y está documentado desde el siglo XVI.
Queda la linterna.
En Irlanda y en Escocia
no había calabazas.
Se vaciaban nabos y remolachas,
se les tallaba una cara fea y se les
metía dentro un ascua o una vela.
Un texto escocés de 1890 describe a los
chiquillos corriendo por la calle con sus
caretas y sus farolillos
de nabo en la mano.
Si alguna vez has visto una
linterna de nabo de las de antes,
sabrás que daba bastante
más miedo que una calabaza.
Es pequeña, arrugada, y con la vela
dentro parece una calavera encogida.
La leyenda de Jack, la que siempre
se cuenta para explicar la calabaza,
se imprimió por primera vez en
una revista de Dublín en 1836.
Jack es un tramposo que engaña a los
enviados del diablo y luego al propio diablo.
Cuando muere, en el cielo
no le quieren por malo,
y en el infierno no le dejan
entrar por las jugarretas,
así que le condenan a vagar por el mundo
con un farol hasta el día del Juicio.
Pero esa historia no habla
de Halloween ni de nabos.
Explicaba otra cosa:
las lucecitas que se ven
de noche en los pantanos,
los fuegos fatuos, que en inglés
se llamaban Jack o'Lantern,
Jack el del farol.
Lo de meter el ascua en un nabo y
juntarlo con esta noche vino después.
Entonces llega el hambre.
En 1845,
una plaga pudre las patatas en Irlanda,
que era casi lo único
que comía la gente pobre,
y la cosecha se pierde
un año detrás de otro.
Entre 1845 y 1852 muere alrededor
de un millón de personas,
y se marcha otro millón largo,
sobre todo a Norteamérica.
Irlanda pierde casi una
cuarta parte de su gente.
En los barcos, con lo poco que llevaban,
iban también sus costumbres.
Halloween no se inventó en Estados Unidos:
llegó en el equipaje de los
irlandeses y de los escoceses,
que llevaban tiempo emigrando.
Pero al otro lado del océano cambió.
Allí había calabazas,
enormes y fáciles de vaciar,
y la calabaza tallada, que
ya era cosa de la cosecha,
se pasó a esta noche.
En 1866, un periódico de Kingston,
en Canadá, ya cuenta que se sacrificaron
montones de calabazas para hacer caras
iluminadas con un cabo de vela de sebo.
En las casas se hacían fiestas de
salón con los mismos juegos de Burns,
las manzanas y las nueces.
En 1911, también en Kingston, se describe
por primera vez en Norteamérica a niños
disfrazados por la calle recitando
y cantando a cambio de dinero,
manzanas y nueces.
Es el guising escocés tal cual.
La frase que todo el mundo
asocia con Halloween,
truco o trato, en inglés trick or treat,
sale impresa por primera vez en
1917 en un periódico de Ontario,
también en Canadá, y en plural:
trucos o tratos, gritaban las pandillas.
La forma exacta aparece en 1927,
en un pueblecito de Alberta, donde la
crónica habla de jóvenes atormentadores
exigiendo botín comestible
de puerta en puerta.
Lo de atormentadores no era exagerar.
En los años 20 y 30, Halloween en
Norteamérica era sobre todo una noche de
gamberradas:
carros desmontados,
ruedas en mitad de la calle,
ventanas enjabonadas, puertas arrancadas.
En la Segunda Guerra Mundial, el racionamiento
del azúcar casi acaba con lo de pedir
dulces, y después de la guerra,
cuando vuelve el azúcar, la radio y las
revistas infantiles lo convierten en lo que
conocemos:
niños disfrazados con una
bolsa para los caramelos.
Esa es la parte americana, y es real:
la calabaza, el truco o trato,
que en realidad nace en Canadá,
y el caramelo de fábrica.
La fiesta, el nombre, los disfraces y las
bromas ya venían de Escocia y de Irlanda.
Si los monjes hablan de
ferias y de colinas abiertas,
y los campesinos de nueces y de novios,
¿de dónde salen los druidas, las hogueras
y la fiesta celta de los muertos?
Salen de unos libros, y se les
puede poner nombre y fecha.
El primero es un cura irlandés,
Geoffrey Keating, que en 1634 escribió una
historia de Irlanda desde el principio de
los tiempos.
Ahí cuenta que en una colina
del centro de la isla,
Tlachtga, los druidas de toda Irlanda se
reunían la víspera de Samhain para ofrecer
sacrificios a todos los dioses,
que esa noche había que apagar todos
los fuegos de la isla bajo multa,
y que solo se podían volver a
encender con el fuego de Tlachtga.
Añade un detalle muy práctico:
por cada fuego que se encendía de aquel,
el rey de Munster cobraba tres peniques.
Keating escribe 1200 años
después de san Patricio,
y no dice de dónde lo saca.
No hay ningún texto medieval
que describa esa hoguera.
La colina existe y se ha excavado:
fue un lugar importante durante siglos,
con fuegos y banquetes, pero los propios
arqueólogos avisan de que esos fuegos
pueden ser de trabajar
el metal o la cerámica,
y nada de lo que han
encontrado habla de Samhain.
Las otras hogueras famosas, las dos entre
las que los druidas hacían pasar al ganado
para protegerlo de las enfermedades,
sí están en un texto antiguo.
Pero son de Beltaine, la fiesta de mayo.
El segundo es el que inventa al dios.
Charles Vallancey era un ingeniero
militar británico destinado en Irlanda,
aficionado a las antigüedades y convencido
de que el irlandés venía del fenicio.
Hacia 1783 publicó que
Samhain era un dios,
Baal Samhain, que en estas fechas
llamaba a las almas a juicio,
y que por eso se le llamaba Balsab,
señor de la muerte, porque
bal es señor y sab es muerte.
Ya puesto,
explicó también que lo de pescar manzanas
con la boca en un barreño recordaba cuando
los romanos buscaron en el Tíber la
cabeza de la estatua de uno de sus dioses.
Ningún texto irlandés antiguo
menciona a un dios llamado Samhain.
Samhain era el nombre de
un día del calendario.
Pero el señor de la muerte
saltó de libro en libro,
y en el siglo XX llegó a los folletos
religiosos que avisaban de que Halloween era
una fiesta satánica.
El tercero es John Rhys, un profesor
galés de lenguas celtas en Oxford.
En unas conferencias de 1886 sostuvo que
Samhain era el año nuevo de los celtas.
Una de sus pruebas era una frase
de un viejo glosario irlandés.
El problema es que el manuscrito no
decía exactamente lo que él necesitaba,
y Rhys lo reconoce en
una nota a pie de página:
propone corregir el
original, muy ligeramente,
para que lo diga.
Años después añadió otra prueba,
de la isla de Man, entre
Irlanda y Gran Bretaña.
Un granjero ya mayor le contó que su amo
llamaba al primero de noviembre el día de
Año Nuevo, porque era cuando se renovaban
los arriendos y los criados cambiaban de
casa.
El cuarto es el más famoso, James Frazer,
el autor de La rama dorada, un libro enorme
sobre magia y religión que leyó media
Europa.
En la edición de 1913
junta todas las piezas:
la frase de Rhys, el granjero
de Man y la hoguera de Keating,
y concluye que los celtas debían
de empezar el año en Samhain.
Sobre los muertos escribe
una frase que lo resume todo:
que difícilmente podemos
dudar de que los santos,
que se han adueñado del
primero de noviembre,
se lo arrebataron a las
almas de los muertos,
sus dueñas originales.
Difícilmente podemos dudar.
Esa es toda la prueba.
Ahí la tienes, ya montada,
la versión que se repite cada octubre:
el año nuevo celta, la fiesta
druídica de los muertos,
las hogueras, el dios de la muerte y la
Iglesia que lo tapa con Todos los Santos.
Cada pieza tiene autor y fecha,
y ninguno de ellos es un celta.
La web de un canal de historia americano
muy conocido lo resume en una línea:
los celtas, que vivieron hace 2000 años,
celebraban su año nuevo
el primero de noviembre.
No cita nada.
En muchas webs en español
los 2000 ya son 3000,
y tampoco citan nada.
Lo más antiguo que tenemos es aquella
palabra en la placa de los galos,
de hace unos 1800 años, y ni siquiera
sabemos si era la misma fiesta.
Halloween también bajó al sur, y allí
llegó tarde y se encontró la casa ocupada.
En México se hizo visible en los años 90,
con el tratado de libre comercio,
la televisión de Estados Unidos
y los que volvían del norte,
y hubo quien se plantó.
En un pueblo de Morelos, Tepoztlán,
pintaron un mural que
decía no al Halloween,
conserva tus tradiciones, y en Oaxaca un
concurso de altares descalificaba los que
llevaran elementos ajenos a la tradición.
Lo curioso es que pedir de casa en casa
por Difuntos ya era costumbre allí mucho
antes, y en esos años los niños mexicanos
salían a pedir su jalouín con calabacitas
de plástico.
En Brasil, el estado de São Paulo declaró
en 2004 el 31 de octubre Día del Saci,
un duende de su folclore,
para hacerle sombra a Halloween.
Y debajo de todo eso
estaba el Día de Muertos,
que tiene su propia historia
y merece la suya entera:
se la dedico al episodio del Mictlán.
Luego Halloween volvió a Europa,
pero ya con acento americano.
Irlanda y Escocia no habían
dejado nunca de celebrarlo,
y lo que les llegó de vuelta fue su propia
fiesta con calabaza en lugar de nabo y
con caramelos en lugar de nueces.
A España llegó en los años 90,
con las clases de inglés,
las películas y las tiendas.
En Galicia pasó algo curioso.
Allí se celebra hoy el Samaín,
con calabazas talladas,
como fiesta celta gallega.
Lo que sí había en Galicia era la costumbre
de vaciar calabazas y nabos por Difuntos
y ponerles una vela, y la de pedir de
puerta en puerta por Todos los Santos,
que un obispo ya intentó prohibir en 1541
por parecerle más pagana que cristiana.
Pero el nombre, Samaín, no lo recogió
nunca ningún diccionario gallego.
Lo puso en circulación un
maestro de Cedeira en 1990,
después de que su hija volviera de clase
de inglés con una calabaza de Halloween.
A mí la historia de verdad me gusta más
que cualquiera de las dos versiones de
octubre, porque es mucho más rara.
Halloween no es una fiesta celta
conservada intacta durante 3000 años,
ni un invento americano
para vender caramelos.
Es una noche que los
irlandeses llamaban Samhain,
en la que se juntaban los
reyes y se abrían las colinas,
que la Iglesia fue llenando
de santos y de difuntos,
que los campesinos de Escocia y de Irlanda
pasaron siglos celebrando con nueces,
coles y nabos, que cruzó el Atlántico
con los que huían del hambre,
y a la que unos eruditos del siglo XIX
le pusieron un pasado que nunca tuvo.
La calabaza con la vela dentro que veas
este 31 en una ventana viene de un nabo
arrugado de una cocina
escocesa o irlandesa,
y de un barco que cruzó el
Atlántico huyendo del hambre.
Y si alguien te dice que esa noche
se abre la puerta de los muertos,
ya sabes qué contestarle:
según los monjes que lo escribieron,
lo que se abría eran las colinas,
y lo que salía de ellas
no eran tus abuelos.
Si te has quedado con ganas
de miedo con documento detrás,
te recomiendo el episodio de
las brujas de Zugarramurdi,
la historia completa, y por qué
la Inquisición no quemó a miles.
Es el mismo ejercicio que hoy:
separar lo que pasó de lo
que se ha ido contando.
Si estás viendo esto,
te aparece en pantalla,
y si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.