Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
En Argentina, cuando una familia
tiene siete hijos varones,
puede pedir que el presidente de la
Nación sea el padrino del séptimo.
Le dan una medalla, y el chico tiene derecho
a estudiar gratis el resto de su vida.
Si preguntas por qué, casi todo el
mundo te dará la misma respuesta:
para que no se convierta en lobisón.
El lobisón, o el Luisón,
como lo llaman en Paraguay,
es el séptimo hijo de Tau y Kerana,
la pareja de la que nacieron los siete
monstruos de la mitología guaraní.
Un perrazo negro que sale de noche a
comerse a los muertos de los cementerios.
Pues la ley no dice una
sola palabra de lobos.
Esa familia de monstruos, además,
no es tan antigua como parece:
tiene fecha y autor, y su autor contó
que la había encontrado escrita en unas
piedras, dentro de una cueva
que nunca volvió a aparecer.
Hoy te cuento entera la historia de Tau,
Kerana y sus siete hijos,
de principio a fin,
desde el dios que se crea a sí mismo en la
oscuridad hasta la cueva donde arden los
siete hermanos.
Luego vamos a ver de
dónde salió cada pieza,
cuál contaban los guaraníes, cuál llegó
en barco desde Europa y cuál salió de la
cabeza de un poeta.
Porque esta mitología tiene algo que
no tienen la griega ni la nórdica,
y es que se la puede ver nacer.
Antes de empezar, una
advertencia sobre las fuentes,
que en este mito pesan
más que en ningún otro.
Los guaraníes no escribían.
Lo que sabemos de sus creencias
llega por tres caminos:
los misioneros jesuitas del siglo XVII,
que aprendieron la lengua
para predicar en ella;
los viajeros y folcloristas
de finales del diecinueve,
que apuntaban lo que
se contaba en el campo;
y unos pocos textos sagrados que los propios
guaraníes dictaron ya en el siglo XX.
La historia de Tau y Kerana, la que hoy
se aprende en las escuelas del Paraguay,
sale de un libro concreto, un poema
escrito en guaraní por un paraguayo,
Narciso Colmán, que firmaba como Rosicrán,
publicado en 1929.
Te la voy a contar como la cuenta él,
y cuando algo venga de
antes, o de otro sitio,
te lo diré.
El guaraní se habla en todo el Paraguay,
en el noreste de Argentina, en el sur
de Brasil y en un pedazo de Bolivia,
y quienes lo hablan son muchos
pueblos con tradiciones distintas.
Así que, para empezar por el principio,
hay que elegir principio,
porque hay por lo menos dos.
El primero es el de los mbyá, un pueblo
guaraní de las selvas del este del Paraguay,
y llegó hasta nosotros gracias a un favor.
A mediados del siglo XX, un paraguayo
llamado León Cadogan llevaba años ayudando a
los mbyá sin cobrar nada.
Un día, el cacique Pablo Vera le pidió que
sacara de la cárcel de Villarrica a uno
de los suyos.
Cadogan lo consiguió, y el hombre liberado
le dijo al cacique que aquel blanco ya se
merecía oír las primeras
palabras hermosas.
Así empezaron a dictarle unos cantos que
los sacerdotes mbyá guardaban en secreto
delante de cualquier extraño.
En esos cantos, al principio no hay nada,
solo una oscuridad primera.
En medio de esa oscuridad, Ñamandu,
Nuestro Padre, se crea a sí mismo.
Primero las plantas de los pies,
luego un pequeño asiento redondo,
y así, poco a poco, el resto.
Todavía no hay sol, y él se ilumina
con el reflejo de su propio corazón.
Un colibrí revolotea a su
alrededor y le refresca la boca,
y una lechuza va dejando
la oscuridad a su paso.
Y antes de que exista la tierra,
antes de que haya nada que nombrar,
Ñamandu crea el fundamento
del lenguaje humano.
Primero la palabra, y después el mundo.
Por eso estos cantos
se llaman Ayvu Rapyta,
que viene a ser el
fundamento de la palabra.
Después crea el amor al
prójimo y un canto sagrado,
y luego a otros dioses que le ayuden:
Karai, el del fuego,
Jakaira, el de la neblina,
y Tupã, el de las aguas,
la lluvia y el granizo.
La tierra la sostiene sobre
cinco palmeras eternas,
una en el centro y las demás
en las moradas de los dioses,
y el cielo descansa sobre cuatro columnas.
Fíjate en Tupã, que aquí
es el dios de la lluvia,
uno más entre varios.
En el otro principio le espera un ascenso.
En estos cantos, por cierto,
no hay ni rastro de Tau,
ni de Kerana, ni de siete monstruos.
Para encontrarlos hay
que cambiar de libro.
Entre medias pasó algo que conviene saber.
Cuando los jesuitas llegaron al Paraguay,
a principios del siglo XVII, necesitaban
una palabra guaraní para decir Dios.
Escogieron Tupã, que en origen era
el que personificaba el trueno,
y desde entonces Tupã es Dios en guaraní,
también en misa.
Para el diablo escogieron Añã, y le
dieron un sentido que antes no tenía.
En el diccionario que publicó en 1639
el jesuita Antonio Ruiz de Montoya
aparece otra palabra,
taú, que traduce como fantasma,
aparición, demonio.
En 1639, taú era solo eso, una palabra.
Tres siglos después,
alguien le puso cara y familia.
Vamos con ese otro principio,
el del poema de Colmán.
Ahí Tupã ha dejado de ser el dios de
la lluvia para ser el dios supremo,
vive en el sol y se casa con Arasy,
a la que nombra Madre del Cielo
y a la que da por casa la luna.
Los dos bajan a una colina de Areguá,
cerca del lago Ypacaraí, y modelan
en arcilla a la primera pareja.
Al barro le mezclan el jugo de una hierba,
la sangre de un pájaro
y hojas de sensitiva,
esa planta que se cierra cuando la tocas,
y lo mojan con el agua de un manantial.
Arasy le dice a la mujer:
te doy por nombre Sypave.
Tupã le dice al hombre:
te doy por nombre Rupave.
Antes de marcharse les deja dos
compañeros para toda la vida,
Angatupyry, el espíritu del bien,
y Tau, el espíritu del mal.
Uno para sostenerlos en el bien,
el otro para empujarlos hacia el mal.
Si te suena a Adán y Eva
con un ángel en cada hombro,
no eres el único.
Rupave y Sypave tuvieron hijos,
y los hijos tuvieron hijos.
Una de sus nietas, hija de
un hombre llamado Marangatu,
que quiere decir el virtuoso, era una
muchacha de una belleza extraordinaria que se
pasaba los días durmiendo.
Por eso la llamaban Kerana, la dormilona.
Y Tau se fijó en ella.
La rondó durante siete días,
y al séptimo intentó llevársela.
Pero se le puso delante Angatupyry,
el espíritu del bien, y pelearon
siete días con sus noches,
hasta que Tau, sin
fuerzas, se vio perdido.
Entonces llamó a su abuelo, Pytajovái,
el dios del valor, que llevaba en las
entrañas el fuego de la destrucción.
Pytajovái derribó al espíritu del bien,
y Tau se llevó a Kerana.
La gente pasó noches enteras
suplicándole a Arasy,
la Madre del Cielo,
que castigara al raptor.
Arasy, tan indignada como ellos,
lanzó contra Tau una maldición.
Al cumplirse siete lunas llenas,
siete meses,
Kerana dio a luz a su primer hijo,
y era un monstruo.
Luego vino otro, a los siete meses,
y otro, y así hasta siete.
A mí lo que más me inquieta de este
arranque es a quién le cae el castigo.
La maldición va contra Tau,
pero quienes la pagan son ella,
que pare siete veces, y los siete hijos,
que nacen monstruos por
algo que hizo su padre.
Vamos con ellos, uno por uno,
en el orden en que nacieron.
El primero es Teju Jagua, que en
guaraní quiere decir lagarto perro.
Un lagarto colosal con siete cabezas de
perro y unos ojos que echaban llamas.
Con esa pinta, resultó ser
el más manso de la familia.
Era dócil, inofensivo, y comía fruta.
Vivía en las cuevas de Yaguarón,
señor de las cavernas y
protector de los frutos,
y uno de sus hermanos le llevaba miel.
Hoy lo verás casi siempre dibujado encima
de montañas de oro y piedras preciosas,
como un dragón que guarda un tesoro.
En el poema no hay ni una moneda;
el oro se lo pusieron después.
Lo que sí parece más antiguo es la
idea de un lagarto enorme en una cueva.
A orillas del Alto Paraná, en Misiones,
hay un paredón de piedra
que se llama Teju Kuare,
que viene a ser la cueva del lagarto,
y un indio viejo contó en 1855
que allí había vivido uno gigante,
el terror de los que navegaban el río.
El segundo es Mbói Tu'i,
la serpiente loro:
una serpiente de tamaño colosal
con la cabeza y el pico de un loro.
Vivía en los esteros, esos humedales inmensos
del Paraguay y de Corrientes donde no
se sabe muy bien dónde acaba el agua,
y protegía a los anfibios, el rocío,
la humedad y las flores.
De los siete, es el que menos
historia tiene en el poema.
El tercero, Moñái, hoy se dibuja como una
serpiente grande con dos cuernos en la
cabeza con los que hipnotiza a sus presas,
aunque los cuernos
tampoco están en el poema.
Lo que el poema cuenta de él es su oficio:
señor de los campos,
de los aires y de los pájaros,
y protector, así lo dice,
del robo y de toda pillería.
Robaba, y lo que robaba lo escondía
en una gruta de un cerro de Atyrá.
Es el que va a caer primero,
y por culpa de su vicio,
pero eso viene al final.
El cuarto es el más famoso, Jasy Jatere.
Colmán dice que su nombre
significa fragmento de la luna.
Es un hombrecillo de pelo dorado,
señor de las siestas, con una varita
de oro que le vuelve invisible,
protector de una hierba
medicinal y de las abejas,
y por eso era él quien le llevaba
la miel a su hermano mayor.
Pero tiene una afición.
Le gusta extraviar a la gente en el monte
para entregársela a su hermano el sexto,
que come carne humana.
Unos 35 años antes del poema,
un naturalista argentino,
Juan Bautista Ambrosetti, recorría
Misiones apuntando lo que contaba la gente,
y ya oyó hablar del Jasy Jatere:
un enano rubio y bonito, con sombrero
de paja y un bastón de oro en la mano,
cuyo oficio era robar niños de pecho.
Así que este hermano no se
lo inventó nadie en 1929;
ya andaba por el monte.
Solo que entonces no era hijo de nadie.
El quinto es Kurupi, y con
este hay que hablar claro.
El poema lo llama el
prototipo de la sensualidad,
dueño de la selva, y le da un
miembro viril tan largo como un lazo,
con el que secuestraba a las mujeres.
Se dedicaba a raptar muchachas vírgenes,
dice, y al poco tiempo
aparecían embarazadas.
Ambrosetti también lo
había oído en Misiones:
el Kurupi salía casi siempre
a la hora de la siesta,
perseguía a las mujeres que iban solas
al monte a buscar leña y las enlazaba con
eso.
El mismo Ambrosetti dejó escrita
una sospecha sobre otra versión,
la de un Jasy Jatere que también
dejaba embarazadas a las muchachas:
que se había inventado para
justificar ciertos raptos.
Es decir, cuando una chica volvía del monte
embarazada y en el pueblo no se podía,
o no se quería, decir de quién,
había un culpable perfecto,
uno que nunca iba a declarar.
Entre los mbyá, el de
los cantos de Ñamandu,
el mismo nombre, kurupi,
es otra cosa por completo:
unos seres que viven bajo tierra,
dueños de las cuevas y los precipicios,
de piel negra, que tienen
una música hermosa.
En la costa de Brasil, ya en 1560,
un jesuita escribía que los indios temían
a unos demonios del bosque que llamaban
curupira.
Si es el mismo, nadie lo puede asegurar.
Lo seguro es que el mismo nombre puede
ser dos monstruos distintos según a quién
preguntes.
El sexto es Ao Ao, el caníbal al que el
Jasy Jatere le llevaba a la gente perdida.
En el poema es señor de la fecundidad,
de los cerros y las montañas,
y vive en manadas,
como los jabalíes, gritando
todos a coro su propio nombre,
ao, ao.
Persigue a la gente, y hay
una sola forma de escaparse.
Subirse a una palmera.
Ahí no te puede alcanzar.
Ambrosetti también lo recogió en Misiones,
como un animal espantoso
parecido a una oveja,
con grandes garras, y su informante
le explicó por qué servía la palmera:
porque era árbol sagrado del Calvario.
Ambrosetti sospechaba que esa leyenda la
habían inventado los propios jesuitas,
para que a los indios de las misiones se
les quitaran las ganas de escaparse al
monte.
Es una sospecha suya, no un hecho,
aunque tiene su lógica.
Y el séptimo, el último, el Luisón.
Señor de la noche y compañero
inseparable de la muerte.
Su reino eran los cementerios y se
alimentaba de la carne de los difuntos.
El poema lo pinta con una
cabellera larga y sucia,
una palidez de muerto y un olor fétido.
No es un perro, ni un lobo, y la luna
llena no aparece por ningún lado.
El Luisón de Colmán es un
hombre con aspecto de cadáver.
El perrazo negro que se transforma
los viernes vino de otra parte,
y enseguida llegamos a eso.
Siete monstruos sueltos
por la tierra guaraní,
y la gente desesperada.
El final del poema es lo que más
me gusta de toda la historia.
Un profeta, Tume Arandu,
hermano de Marangatu,
el padre de Kerana,
reúne a la gente en Atyrá
para decidir qué hacer.
Entonces se levanta su hermana pequeña,
Porãsy, la tía de Kerana, a la que
el poema llama diosa de la hermosura,
con una fuerza de gigante.
Y dice:
yo iré a matarlo.
Porãsy va a buscar al Moñái, el ladrón,
y lo seduce.
Lo convence para que reúna a
todos sus hermanos en una gruta,
en Yaguarón, a celebrar.
Allí dentro, los siete se
emborrachan con chicha.
Cuando están todos, Tumé
le prende fuego a la cueva.
Porãsy muere dentro, con ellos,
entre el humo y el fuego.
Los siete hermanos tardan siete
días y siete noches en consumirse.
El alma de Porãsy sube al cielo y se
convierte en la estrella de la mañana,
el lucero del alba.
Los espíritus de los siete, ya limpios,
suben también y forman
las siete cabrillas,
las Pléyades, ese grupito de estrellas
apretadas que se ve en las noches claras.
Kerana, la madre,
murió de pena en el cerro de Yaguarón.
Todo acaba donde vivía
el primero de sus hijos,
el lagarto que comía fruta.
En Yaguarón todavía señalan dónde
estaba la cueva de la hoguera,
y la llaman Moñái Kuare,
la cueva del Moñái.
Esa es la historia entera.
Ahora vamos a desmontarla pieza a pieza,
y empiezo por el que da
nombre a todo este lío,
el séptimo.
En 1894, Ambrosetti apuntó en el sur
de Brasil una regla que le contaron:
el séptimo hijo varón seguido es lobisón,
y si la séptima seguida es mujer,
será bruja.
Cada viernes a las doce de la noche se
convierte en un animal entre perro y chancho,
con unas orejas tan grandes
que le tapan la cara.
En una nota, el propio Ambrosetti apuntó
que la leyenda era de origen europeo,
lo que en Francia llaman loup-garou.
Dos años después,
un estudioso de Montevideo,
Daniel Granada, explicó el nombre.
Lobisón es la palabra
portuguesa lobisomem,
hombre lobo, gastada por el uso.
Pasó de Portugal a Brasil y
de Brasil al Río de la Plata.
Y Luisón es como la dijo la boca guaraní.
En América no había lobos, así
que el lobo se quedó en perro.
Lo del séptimo hijo
también vino en el barco.
En las Azores,
en Galicia o en Extremadura,
el séptimo varón seguido ya era lobishome,
y tenía remedio:
que lo apadrinara el
mayor de los hermanos,
y en las Azores, además, que lo
bautizaran con el nombre de Bento,
Benito.
En el Río de la Plata el
remedio llegó casi igual:
que lo lleve a la pila el hermano mayor.
Un padrino como escudo.
Ahí está el puente con el presidente,
aunque el puente no lo tendió la ley.
Octubre de 1907, en Coronel Pringles,
en la provincia de Buenos Aires.
Un colono, Enrique Brost, uno de esos
alemanes que habían vivido generaciones a
orillas del Volga, en Rusia,
y que acababan de llegar a la pampa,
tiene su séptimo hijo varón.
Le escribe al presidente,
José Figueroa Alcorta,
para pedirle que sea el padrino,
porque, según se cuenta en Pringles,
en Rusia era el zar quien
apadrinaba al séptimo.
El presidente dijo que sí.
El niño se bautizó el 20 de
octubre con el nombre de José,
y un funcionario del pueblo
hizo de presidente en la pila.
Lo del zar no he conseguido
encontrarlo en ninguna fuente rusa,
así que lo dejo en lo
que la familia decía.
Lo que sí está documentado es que en
Alemania el jefe del Estado sigue siendo hoy
padrino de honor del
séptimo hijo de una familia,
si los padres lo piden, y que antes
lo fueron los reyes de Prusia.
Una costumbre de honrar a
las familias muy numerosas,
sin un solo lobo a la vista.
En 1973, Perón la convirtió en norma:
una medalla de oro para
el séptimo hijo varón,
o para la séptima hija, que entraron
en el mismo decreto porque lo pidió la
provincia de Tucumán.
Al año siguiente, el Congreso añadió
una ley con algo muy concreto:
los ahijados del presidente
tienen derecho a estudiar gratis,
a cualquier edad.
En 2009 se abrió a cualquier
religión y a las familias sin casar.
En diciembre de 2014, Cristina
Fernández apadrinó a Iair Tawil,
séptimo hijo varón de un rabino,
el primer ahijado presidencial judío.
La prensa de medio mundo tituló que la
presidenta argentina había apadrinado a un
chico para que no se
convirtiera en hombre lobo.
Un historiador argentino,
Daniel Balmaceda,
tuvo que salir a explicar que el mito del
lobisón no tenía nada que ver con aquella
costumbre.
Ni el decreto de Perón, ni la ley,
ni la reforma de 2009
dicen una palabra de lobos,
de supersticiones o de niños abandonados.
Esa historia que tanto se repite,
que en el campo mataban o abandonaban a
los séptimos hijos por miedo a que fueran
lobisones y que la ley
se hizo para salvarlos,
no tiene detrás ni un
solo caso documentado.
Lo que sí hubo fue estigma, porque ya
en 1894 al que señalaban como lobisón lo
trataban como a un paria.
Lo curioso es lo que pasó después,
porque la gente juntó las
dos cosas por su cuenta.
Si el remedio contra el
lobisón era un buen padrino,
¿qué padrino hay más
poderoso que el presidente?
Los folcloristas lo recogen
como un remedio más,
y en 2025, en un hospital de Misiones,
las enfermeras le aconsejaron a la madre
de un séptimo hijo varón que pidiera el
padrinazgo justo por eso.
El amuleto lo inventó la gente,
no el Congreso.
En Paraguay no hay ninguna ley,
pero hay familias que le piden al
presidente que apadrine al séptimo,
por si acaso.
La costumbre argentina, por cierto,
está a una votación de desaparecer.
En mayo de 2026, la Cámara de Diputados
aprobó una ley que deroga la de los ahijados
presidenciales junto a
casi 60 leyes viejas más,
y cuando escribo esto el
Senado todavía no la ha votado.
Queda la última pieza, y es la más rara.
¿De dónde sacó Narciso Colmán
la familia de Tau y Kerana?
Lo contó él mismo, en la
introducción de su libro,
y es mejor que cualquiera
de sus monstruos.
En 1912, Colmán estaba
cazando en el cerro Tatukuá,
en Paraguarí.
Su perro salió detrás de un jabalí,
el jabalí se metió en una gruta,
y Colmán entró detrás.
Dentro, cuenta, había
una estatua de piedra,
la figura de un indio,
cubierta de jeroglíficos.
Se llevó de allí una
treintena de piedrecitas,
y al lavarlas en casa vio que tenían
grabados caracteres y figuras.
Colmán tiene aquí una
honestidad que desarma.
Admite que a algunas piedras
les retocó él los dibujos:
a unas les aumentamos
los ojos o las cejas,
escribe, y a otras los dientes.
Admite que alguien le
habló de autosugestión,
y que esa sospecha podía ser exacta.
Cuenta también que volvió una
tercera vez a buscar la gruta,
y no la encontró.
El guía le dijo que la cueva de aquel
brujo se la había tragado el cerro.
Su libro, escribió, no es sino el resultado
de interpretar los jeroglíficos de
aquella escultura.
Así que la familia de monstruos que hoy
se enseña como mitología guaraní salió,
según su propio autor, de unas
piedras que él mismo retocó,
en una cueva que no volvió a aparecer.
Una investigadora argentina publicó en 2022
que el poema es completamente ficcional
y que acabó ocupando,
en la cabeza de la gente,
el lugar de los mitos guaraníes propios.
Yo no iría tan lejos con todo.
Colmán no se inventó de
la nada al Jasy Jatere,
ni al Kurupi, ni al Ao Ao, que ya
andaban por el monte décadas antes,
y el lobisón lo trajeron los portugueses.
Lo que hizo él fue darles
una madre y un padre,
un orden de nacimiento, una cueva
donde morir y un sitio en el cielo.
Le salió bien, porque funciona
como funcionan los mitos de verdad.
Hoy dos de cada tres paraguayos
hablan guaraní en casa;
en Corrientes es idioma oficial
junto al castellano desde 2004,
y en Brasil solo los guaraníes
kaiowá son más de 50.000.
En toda esa tierra, los siete hermanos
son los que se saben los chicos,
y casi ninguno ha oído
el nombre de Colmán.
Para mí, eso no convierte
la historia en falsa.
La convierte en joven.
Los griegos también tuvieron poetas que
ordenaron a sus dioses en familias y les
pusieron padre y madre, y a nadie le
molesta que la Teogonía tenga autor.
Lo raro de la mitología guaraní es que
podemos verla formarse casi en directo,
con una palabra jesuita de 1639,
unos duendes que contaba el campo,
un hombre lobo que llegó en barco y un
poeta que juró haberlo leído en piedra.
Lo que conviene es
saber qué estás mirando.
Lo que los mbyá le dictaron a Cadogan,
el dios que se crea a sí mismo
y la palabra antes que el mundo,
eso sí es una tradición guaraní
que se transmitía en secreto,
y se cuenta mucho menos,
porque no tiene monstruos.
En el principio de los
mbyá está la palabra,
creada antes que el mundo.
En el principio de Colmán hay unas
piedras que solo él supo leer.
Las dos hacen lo mismo, al final:
ponerle nombre a lo que da
miedo para poder contarlo.
El cerro Tatukuá sigue en su sitio,
en Paraguarí.
La cueva no ha vuelto a aparecer.
Y lo que Colmán dijo que salió de ella se
lo saben de memoria millones de chicos que
nunca han oído hablar de él.
Si te ha quedado dando vueltas lo de unos
hijos que pagan por lo que hizo su padre,
hay un mito de creación de
Guinea que va justo de eso,
de un hombre que le pide un favor a la
Muerte y de lo que la Muerte le pide a
cambio.
Le dediqué un episodio entero, se llama
Le pidió luz a la Muerte y la pagan sus
hijos.
Si estás viendo esto,
te aparece en pantalla;
si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.