Mitos y más

La leyenda de la Llorona completa y su origen real: del sexto presagio y Cihuacóatl a Rosalía (1860), la Malinche, el puñal de Luisa y el río de 1943.
Todo el mundo sabe la historia de la Llorona: una mujer abandonada ahoga a sus hijos en el río y vaga de noche gritando «¡Ay, mis hijos!». Pero el primer poema titulado «La Llorona», el soneto de Manuel Carpio publicado en 1860, cuenta otra cosa: ella no mataba a nadie, la mataban a ella.
En este episodio: la voz de mujer que lloraba sobre Tenochtitlan antes de la conquista; la diosa Cihuacóatl y su cuna con un pedernal; tres siglos de colonia sin una sola Llorona escrita; las cuatro Lloronas de Roa Bárcena; la noche de 1875 en que Altamirano escribió «Esta Medea es la Malinche»; el puñal de Luisa en las Tradiciones de Riva Palacio y Peza; doña Marina en el lago; la película de 1933; el río y el «¡Ay, mis hijos!», que no aparecen con fecha hasta 1943; la familia de fantasmas de toda América Latina (la Ciguanaba, la Sayona, la Tulevieja), y las Lloronas de hoy, de Xochimilco a la película de Jayro Bustamante.
🌽 Otro mito de este lado del mundo, contado entero, el Popol Vuh: https://share.transistor.fm/s/c8d8880b
🐍 Otra familia de monstruos con autor y fecha, los siete monstruos guaraníes: https://share.transistor.fm/s/60a87415
▶ También en vídeo: https://youtu.be/W8e4ijN6AUo
📝 Y por escrito: https://mitosymas.com/leyenda-de-la-llorona-origen-real/
⏱️ CAPÍTULOS
0:00 La historia que todo el mundo sabe
1:35 El sexto presagio: una voz sobre Tenochtitlan
2:36 Cihuacóatl y la cuna vacía
4:13 1860: la primera Llorona era una asesinada
6:22 1875: la Medea que es la Malinche
7:54 El puñal: Luisa y don Nuño
9:51 1887: la Malinche en el lago
11:31 González Obregón y la película de 1933
12:38 1943: llega el río
13:34 Las fechas en fila
14:08 Por qué hay Lloronas en toda América Latina
15:37 La Llorona sigue cambiando: Xochimilco, Hollywood y Guatemala
16:45 Lo que lleva en las manos
📚 FUENTES
· Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España: archive.org
· Manuel Carpio, Poesías (1860): archive.org
· Ignacio Manuel Altamirano, ensayo sobre la Medea de Legouvé (1875): UANL
· Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza, Tradiciones y leyendas mexicanas: archive.org
· Luis González Obregón, Las calles de México (1922): archive.org
· Horcasitas y Butterworth, La Llorona, Tlalocan (1963): UNAM
· Mañero Lozano, La Llorona, la Ciguanaba y otros espectros femeninos (2021): SciELO
📖 https://mitosymas.com
En la versión en vídeo, las caras de los autores son ilustraciones generadas; sus retratos reales están en el blog.
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¿Qué es Mitos y más?

Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.

Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.

¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.

Todo el mundo sabe cómo es
la historia de la Llorona.

Una mujer pobre y muy hermosa
se enamora de un hombre rico,

tiene hijos con él, y un día él
la deja para casarse con otra.

Ella, loca de dolor,

lleva a sus hijos al río y los ahoga.

Cuando entiende lo que ha hecho se mata,

o se muere de pena, y desde entonces vaga
de noche por la orilla gritando por ellos.

Y dicen que si la oyes lejos,
es que la tienes cerca.

Pues la primera vez que alguien
publicó un poema titulado La Llorona,

en 1860, ella no mataba a nadie.

La mataban a ella.

Hoy te cuento la historia
completa de la Llorona,

de principio a fin, desde la primera voz
de mujer que se oyó llorar de noche sobre

Tenochtitlan hasta la
que sale hoy en el cine.

Te aviso de una cosa.

Esa escena del río, que parece
tan antigua como los volcanes,

se fue armando pieza a pieza,
y casi todas las piezas tienen fecha:

cuándo le pusieron nombre,
cuándo le cargaron una culpa,

cuándo le pusieron un
puñal en la mano y cuándo,

muy tarde, llegó el río.

Vamos a verlas llegar una por una.

Un apunte antes de empezar, porque
ayuda a entender todo lo demás.

De la Llorona no hay un libro sagrado ni
un poema antiguo que la cuente entera.

Hay frailes que después de la conquista
apuntaron lo que les contaban los mexicas,

hay escritores mexicanos del siglo
XIX que la convirtieron en literatura,

y hay, ya en el siglo XX, investigadores
que fueron de pueblo en pueblo con una

libreta apuntando lo que contaba la gente.

Los especialistas no se ponen de acuerdo
en cuánto hay de antes de la conquista en

todo esto, y cuando lleguemos a ese punto,

te diré quién piensa qué.

Empezamos en Tenochtitlan, unos 10 años
antes de que llegaran los españoles.

Los mexicas recordaban después que en
esos años el mundo había empezado a dar

avisos.

Una columna de fuego que se
veía de noche en el cielo,

el templo de Huitzilopochtli ardiendo
sin que nadie le prendiera fuego,

el agua del lago hirviendo
sin que soplara el viento.

El sexto aviso no se veía.

Se oía.

De noche, en el aire,
sobre la ciudad dormida,

una mujer lloraba a gritos.

Hijos míos, ya nos perdemos.

Y otras noches decía otra cosa.

Hijos míos, ¿adónde los voy a llevar?

A mí esa segunda frase me parece la
más importante de toda la historia,

y fíjate que es la primera de todas.

No pregunta qué ha hecho.

Pregunta adónde llevarlos.

Es una madre en mitad de un desastre buscando
dónde esconder a sus hijos para que no

se los quiten.

Esa voz todavía no tiene nombre,

ni río, ni culpa.

Todo eso se lo van a ir poniendo
encima durante 400 años.

Los mismos frailes que recogieron el
presagio describieron también a una diosa que

se le parece mucho.

Se llamaba Cihuacóatl, que
quiere decir mujer serpiente,

y la llamaban también nuestra madre.

Se aparecía vestida de blanco,
con atavíos de palacio,

y de noche, decían,
voceaba y bramaba en el aire.

De ella se contaba una escena muy rara.

Llegaba al mercado con
una cuna a la espalda,

como quien carga a su niño, la dejaba
entre las vendedoras y desaparecía.

Las mujeres se acercaban a mirar,

y dentro de la cuna no había ningún niño.

Había un pedernal, la punta de piedra
con la que se mataba a los sacrificados.

El fraile que la describió,
Bernardino de Sahagún,

dijo que esa diosa le recordaba a Eva,

la madre de todos.

Con él empieza la discusión
de la que te hablaba.

En 1963, dos antropólogos reunieron 120
versiones de la leyenda contadas por gente

de todo México

y concluyeron que su tema
es de antes de la conquista:

la mujer de blanco que grita
de noche sería Cihuacóatl,

y la Llorona, su eco.

Otros estudiosos más
recientes aceptan el parecido,

pero sostienen que la línea que une a
las dos la trazaron mucho después unos

escritores del siglo XIX.

Vas a poder juzgarlo tú,
porque los vamos a ver trazarla.

Hay todavía otra madre que
llora en esas crónicas.

Cuando el emperador Moctezuma el viejo
mandó a sus hechiceros a buscar la tierra de

donde habían salido los mexicas,

en lo alto de un cerro les salió al
paso la madre de Huitzilopochtli,

Coatlicue,

una vieja que les contó llorando que desde
que su hijo se había ido no se lavaba la

cara ni se peinaba ni se cambiaba de ropa,

y que así lo iba a esperar
hasta que volviera.

Después viene un silencio larguísimo.

En los casi 300 años de la Colonia no se
conoce ni un solo documento que hable de

una mujer llamada la Llorona.

Seguramente se contaban cosas
en las cocinas y en los caminos,

porque los fantasmas no esperan
a que alguien los escriba,

pero de aquello no quedó nada en papel.

Cuando el nombre aparece por fin escrito,

México ya es un país independiente,

y lo que aparece es un poema.

Se titula La Llorona, sin más.

Es un soneto, catorce versos,
y lo firma Manuel Carpio,

un médico de Veracruz que escribía poesía.

Se publicó en 1860,
el año en que él murió.

En el poema, Carpio cuenta
un recuerdo de infancia:

que de niño oía, pálido de miedo,

la historia de una mujer de su pueblo.

Se llamaba Rosalía.

Un hombre la mató.

Su marido.

Y desde entonces, en las noches oscuras,

la gente asustada oye
unos quejidos de mujer,

los mismos que dio en su agonía.

Se calla un rato, luego rompe a llorar
otra vez y cruza sola las calles.

El poema termina con ella
yéndose junto al río,

en la tiniebla, llorando,
envuelta en su manto.

Ojo con lo que hay y con lo que no hay.

Río hay, pero ella solo
pasa por la orilla.

No hay hijos.

No hay ningún hombre rico que la abandone.

El único crimen del poema lo comete él.

La primera Llorona con nombre propio es
una mujer asesinada que sigue llorando su

propia muerte.

Y no era la única.

Otro escritor de aquella época,

José María Roa Bárcena, dejó apuntado que
la Llorona se contaba de cuatro maneras.

A veces era una muchacha que se había
muerto la víspera de su boda y que se le

aparecía al novio con la corona de
rosas blancas que no llegó a ponerse.

Otras veces era una viuda que
volvía a llorar por sus huérfanos,

o una esposa que se murió estando el marido
de viaje y que volvía a darle el beso de

despedida.

Y a veces, como Rosalía, era una
mujer asesinada por un marido celoso,

que volvía para lamentarse y
para jurar que era inocente.

Cuatro Lloronas, y en ninguna
hay una madre que mate.

Hay novias, viudas,
esposas y una asesinada,

y todas vuelven por amor o por justicia.

Si la historia se hubiera quedado ahí,

hoy los niños de México le tendrían miedo
a una novia con una corona de rosas.

Lo que la cambia todo pasa en un teatro.

En 1875 llega a la Ciudad de México
la actriz más famosa de Italia,

Adelaida Ristori, y en el Teatro
Nacional interpreta Medea.

No la tragedia griega antigua, sino una
versión francesa de un autor de su tiempo,

Ernest Legouvé, que ella había
llevado por media Europa.

Es la historia de la princesa que traiciona
a su padre y a su tierra por amor a un

extranjero, Jasón, y que cuando él
la abandona para casarse con otra,

mata a sus propios hijos.

Entre el público está
Ignacio Manuel Altamirano,

escritor, político

y el crítico más influyente del país.

Sale de la función y escribe un
ensayo muy largo sobre la obra,

y en medio del ensayo hay un párrafo que
se va a quedar a vivir en México mucho más

tiempo que la obra.

Dice que no hace falta irse a Grecia,

que en México tenemos una Medea,

parecida a aquella por su belleza,

por su talento, por sus
amores con el conquistador,

por cómo él la abandonó después
y por su traición a su patria.

Esta Medea, escribe,

es la Malinche.

Hay que ser justos con él.

Altamirano piensa en la traición,

no en los niños; lo que le interesa
es la mujer que ayudó a Cortés.

En ningún momento escribe
la palabra Llorona.

Pero en ese mismo párrafo se acuerda de
que el pueblo hace vagar a la Malinche por

las noches, llorosa y sombría,
alrededor de ciertas fuentes.

Así que en una sola página quedan juntas
tres cosas que hasta entonces no habían

estado juntas nunca:

una mujer que llora de
noche junto al agua,

la Malinche, y una madre que mata a sus
hijos para vengarse del hombre que la dejó.

Pocos años después, en la década de 1880,

dos escritores muy populares, Vicente
Riva Palacio y Juan de Dios Peza,

publican juntos un libro de tradiciones
y leyendas mexicanas en verso.

Una de ellas se titula La Llorona.

Esta vez la historia ya se
parece a la que conoces.

Luisa es una muchacha pobre,
blanca como la azucena,

que vive en una callejuela de la
capital en tiempos de la Colonia.

De noche, bajo el farolito de un santo,

la ronda un desconocido, y una
mañana Luisa desaparece del barrio.

Seis años después vive en otra
casa con tres hijos rubios.

El padre de los tres es un caballero,

don Nuño de Montesclaros, que
cada vez viene menos a verla.

Una noche Luisa lo espera
con un niño en brazos,

y él no llega.

Oye dar las once, se echa un
mantón encima y va a buscarlo.

La casa de don Nuño está
llena de luces y de música;

hay fiesta.

Ella le pregunta a un criado
de la puerta qué se celebra,

y el criado se ríe en su cara.

Pero ¿en qué mundo vives?

Esta mañana, a las nueve,
en la iglesia del Sagrario,

se casó don Nuño de Montesclaros.

Luisa vuelve a su casa.

Abre un cajón y encuentra un puñal que
don Nuño había olvidado allí alguna noche.

Lo empuña.

Va hasta la cama donde
duermen los tres niños.

Les quita la vida a los tres.

Por la mañana la justicia la
condena a morir en el garrote,

a la mujer que mató a sus tres hijos,

y el poema termina diciendo
que desde entonces,

desde hace 300 años, se oye de
noche el grito de la Llorona,

que es Luisa, y anda penando.

Es el primer infanticidio de la
Llorona impreso que se conoce.

Y mira lo que no tiene.

No hay río.

Lo hace con un puñal, dentro de su casa,

en la cama de los niños.

La pieza que faltaba, la madre que mata,

llega en un poema escrito por dos
señores de la Ciudad de México,

pocos años después de que otro señor
saliera de un teatro pensando en Medea.

Si lo leyeron o no, no lo sabemos.

Lo que sabemos es el orden.

Casi al mismo tiempo, en 1887,

otro escritor, José María Marroquí,

publica un cuento largo con el
mismo título y una idea distinta.

De noche, por las calles
de la Ciudad de México,

pasa una mujer de traje
blanquísimo y velo espeso,

caminando despacio.

Llega a la Plaza Mayor,
se arrodilla mirando hacia el oriente,

suelta un gemido largo y agudo,

se levanta, sigue andando y,
al llegar a la orilla del lago,

se hunde en el agua como una sombra.

Es doña Marina, la Malinche.

Un ángel le ha dicho que
tendrá que penar tres siglos,

que su cuerpo se quedará en el fondo de
las aguas y que solo podrá salir de noche,

a regar con lágrimas los sitios donde
más sangre de los suyos se derramó.

De Cortés se queja con dos palabras:

me olvidó.

En este cuento la Malinche
no mata a ningún niño.

Llora por haber traicionado a los
suyos y por el hombre que la dejó.

Pero ya vive en el lago y
ya lleva el traje blanco.

A estas alturas tenemos el nombre,

la culpa, el puñal y el agua, solo
que repartidos en libros distintos.

Mientras tanto, Luisa
sube a los escenarios.

Un dramaturgo, Francisco Neve,
la lleva al teatro en un drama en verso.

El padre de su hijo
viene a llevarse al niño,

ella se encierra con él en el cuarto,

se oye una vocecita que grita madre,

madre, y Luisa sale con
una daga ensangrentada.

En el último acto, su fantasma se levanta
sobre una acequia llevando de la mano a un

niño muerto.

Para que te hagas una idea de lo poco
fija que estaba todavía la leyenda,

en 1910 un estudioso apunta cómo
se cuenta la Llorona en Santa Fe,

en Nuevo México,

y allí es una mujer vestida de negro
que arrastra cadenas por las calles,

un alma del purgatorio,
sin hijos de ningún tipo.

El que lo junta todo con aire de cosa
antiquísima es Luis González Obregón,

el gran cronista de la Ciudad de México.

En 1922 copia la escena de la mujer de
blanco que se arrodilla en la Plaza Mayor y

se deshace en el lago, y antes de contarla
escribe una frase que se sigue repitiendo

hoy:

que la tradición de la Llorona tiene sus
raíces en la mitología de los antiguos

mexicanos.

Para probarlo cita a Sahagún, a la
diosa Cihuacóatl y el sexto presagio.

Solo que la frase que le pone en
la boca a la mujer del presagio,

adónde os llevaré para que
no os acabéis de perder,

no es de Sahagún.

Es de otro fraile, Juan de Torquemada,

que escribió unas décadas después.

En la Llorona de González Obregón,

por cierto, sigue sin haber niños.

En 1933 llega el cine.

La primera película sonora de terror que
se hizo en México se titula La Llorona.

Cuenta la maldición de una familia en la
que ningún primogénito pasa de los cuatro

años, y en sus escenas del pasado
hay una mujer de la Colonia,

Ana Xicoténcatl, que mata
a su hijo con una daga,

y antes que ella, la Malinche, a la que le
quitan a su hijo y que maldice a toda la

descendencia de Cortés.

Hay daga y hay hijos muertos.

Río, todavía no.

El río llega desde abajo,

desde la gente.

En 1943, en Tepoztlán, en Morelos,

alguien le cuenta en náhuatl a un investigador
la historia de una mujer que tiraba a

sus hijos al agua en cuanto nacían.

Se arrepintió, se murió,
y ahora anda por la noche gritando.

Ay, mis hijos.

Es el ay, mis hijos más antiguo
con fecha que se conoce.

Unos años después, en la Ciudad de México,

una mesera cuenta la
versión que ya te sabes:

una mujer tuvo tres hijos que no quería,

los tiró al río, y ahora los
busca de noche por la orilla.

Ahí está, por fin, la escena completa.

Cuando aquellos dos antropólogos de los
que te hablé reunieron sus 120 versiones,

la más repetida era esta:

una mujer abandonada que ahoga a sus
hijos en un río y vaga gritando por ellos.

Encontraron además otra cosa curiosa.

Luisa y don Nuño, los del poema,

salían una sola vez en las 120.

La gente se había quedado con el
crimen y había tirado a los personajes.

Si pones las fechas en fila,
la historia se cuenta sola.

1860, la asesinada.

1875, la Medea que es la Malinche.

Los años ochenta, el puñal.

1887, el lago.

Los años cuarenta del siglo XX,

el río y el grito.

La escena que parece venir del
principio de los tiempos es,

por escrito, más joven que
el ferrocarril en México.

Bueno, hay que matizarlo.

Eso es lo que quedó en papel.

Lo que se contaba de boca en boca antes de
que nadie lo apuntara no lo vamos a saber

nunca, y ahí es donde los que defienden
la raíz antigua tienen su mejor argumento.

Queda una pregunta que seguramente te
estás haciendo si no eres de México:

entonces, ¿por qué hay Lloronas
por toda América Latina?

Lo que hay repartido por el continente es
una familia de fantasmas que se parecen,

cada uno con su oficio.

En Guatemala y El Salvador
está la Ciguanaba;

en Honduras, la Sucia;
en Nicaragua y Costa Rica,

la Cegua.

Es una mujer guapísima que se le aparece
de noche al hombre que vuelve tarde y

bebido, se deja seguir,
y cuando él por fin la alcanza,

se da la vuelta y tiene cara
de calavera o de caballo.

En los llanos de Venezuela está la Sayona,

que persigue a los infieles.

En Panamá y Costa Rica, la Tulevieja,

que abandonó a su bebé junto a un río.

El estudio más completo que se ha hecho
sobre toda esta familia las separa con mucho

cuidado.

La marca de la Llorona es la
madre que pierde a sus hijos.

La marca de la Ciguanaba
y sus hermanas es otra,

castigar al hombre que anda
de noche por donde no debe.

Hoy mucha gente las llama a todas Llorona,

pero no son la misma mujer.

Ese mismo estudio recoge lo que
cuenta hoy la gente en México,

en Centroamérica, en Puerto
Rico y en Estados Unidos,

y la historia no empieza
de una sola manera.

Empieza de cuatro.

A veces los niños mueren en un accidente,

en una crecida o en un incendio.

A veces los mata el marido.

A veces ella los abandona.

Y a veces, sí, los mata ella.

La versión que todos
conocemos es una de cuatro,

la que ganó.

Y en los pueblos de Chiapas, donde la
siguieron hace pocos años unos investigadores,

la Llorona se dedica a otra cosa:

se le aparece al borracho que va de
regreso a su casa y se lo lleva al río.

La historia sigue cambiando
delante de nosotros.

Desde 1993, en los canales de Xochimilco,

cada año por Día de Muertos se representa
de noche la leyenda sobre el agua,

y allí la mujer que llora se llama
Cihuacóatl y llora a sus hijos,

muertos muchas veces a
manos de los conquistadores.

En 2019, Hollywood hizo su propia
Llorona y la llevó al México de 1673,

junto a un arroyo, ahogando a sus hijos.

Ese mismo año, en Guatemala, el director
Jayro Bustamante estrenó otra película

titulada La Llorona.

Un general anciano, juzgado por el
genocidio de los mayas ixiles y libre porque

anularon su sentencia, se encierra en su
casa mientras afuera la gente protesta.

Llega a servir una mujer joven,

maya, que se llama Alma,

y empiezan a pasar cosas con el agua.

Al final se entiende quién es.

A los hijos de Alma los
ahogaron los soldados,

y a ella la mató el general.

Después de un siglo y
medio de madres culpables,

la Llorona que llegó hasta los Globos
de Oro vuelve a ser una víctima,

como Rosalía en el soneto de 1860.

En un país donde muchas madres
siguen buscando a sus hijos,

nadie necesitó que le
explicaran por qué llora.

Así que vuelvo al principio, a aquella
voz en el aire sobre Tenochtitlan.

No tenía nombre, ni río, ni culpa.

Lo único que hacía era preguntar adónde
llevar a sus hijos para que no se los

quitaran.

400 años después la hemos convertido en
la mujer que se los quita a sí misma.

Cada época le ha puesto en
las manos lo que necesitaba:

un manto, una corona de rosas,
la traición de la Malinche,

un puñal, el agua del río.

Cuando vuelvas a oír la Llorona,

en una sobremesa o
alrededor de una fogata,

no te quedes solo con si da miedo.

Atento a lo que lleva en las manos.

Ahí vas a saber de qué época viene
la versión que te están contando,

y qué era lo que le daba miedo
a la gente que la contó primero.

Si te quedaste con ganas de mitos de
este lado del mundo contados enteros,

los mayas dejaron escrita su propia
historia del principio de todo,

con unos hombres de madera que hablaban
pero no se acordaban de quién los había

hecho.

Es el Popol Vuh, y le
dediqué un episodio entero.

Si lo estás viendo,
te aparece en pantalla,

y si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.