Mitos y más

El Libro de los Muertos y el juicio de Osiris en la mitología egipcia: qué era de verdad, cómo se pesaba el corazón, quién era Ammit y qué llevaba la momia.
Casi todo el mundo se imagina el Libro de los Muertos como un libro sagrado de hechizos, y no lo es. Era un repertorio de fórmulas que se encargaba a un taller, a veces con el nombre del muerto en blanco hasta que aparecía el cliente. En este episodio te cuento la historia completa: el mito de Osiris, Isis y Seth tal como lo contó Plutarco y tal como lo cuentan los textos egipcios; la Duat y sus miedos; cómo Lepsius convirtió los rollos en «un libro» en 1842; la sala de las Dos Verdades con sus 42 jueces; el pesaje del corazón contra la pluma de Maat, y la fórmula que los egipcios se llevaban a la tumba para que el juicio saliera bien.
▶ También en vídeo: El Libro de los Muertos: la historia completa (y por qué no es un libro)
📝 Y por escrito: El Libro de los Muertos egipcio no era un libro
Capítulos
0:00 El rollo de Ani no es un libro
1:11 Lo que solo cuenta Plutarco
1:45 El cofre de Seth y los catorce trozos
3:55 La versión egipcia: Isis, Neftis y la primera momia
4:55 Horus contra Seth: el juicio por el trono
6:09 La Duat y sus miedos
7:36 Cómo nació «el Libro de los Muertos»
8:36 Rollos por encargo, con el nombre en blanco
10:29 La sala de las Dos Verdades y los 42 jueces
13:17 El pesaje del corazón y Ammit
14:54 Lo que la momia llevaba en el pecho
16:59 Ladrones de tumbas y el rico que perdió el juicio
18:11 De las laminillas de oro a san Miguel
19:17 Lo que de verdad era el juicio
El episodio que se nombra al final
Las laminillas de oro de los griegos y la reina de los muertos: Hades y Perséfone no son una historia de amor: la historia completa
Si te gustó, sigue con
El más allá coreano: la historia completa · Izanami e Izanagi: la historia completa
Fuentes
Plutarco, Sobre Isis y Osiris: penelope.uchicago.edu
Gran Himno a Osiris (Louvre C 286): traducción
Las contiendas de Horus y Seth: edición digital
S. Zago, «Imagining the Beyond: The Conceptualization of Duat», JARCE 54 (2018): PDF
E. A. Wallis Budge, The Book of the Dead (papiro de Ani): Gutenberg
Papiro de Hunefer, Museo Británico: EA 9901
Fórmula 125 (UCL): traducción
Escarabeo de Sobekemsaf, Museo Británico: EA 7876
Escarabeo de corazón, World Museum de Liverpool: ficha
Setne Jamuas y Si-Osiris: resumen
Las laminillas de oro y Egipto (BMCR 2011.10.54): reseña
Más mitos, por escrito: mitosymas.com
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What is Mitos y más?

Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.

Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.

¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.

Hace unos 3200 años, en Tebas, enterraron
a un escriba llamado Ani con un rollo de

papiro de 24 metros.

En una de sus escenas se ve el momento
que más miedo le daba a un egipcio:

su corazón, puesto en una
balanza contra una pluma,

y al lado un monstruo con cabeza de cocodrilo
esperando a comérselo si la cosa salía

mal.

Pero si te acercas al rollo,
ves dos detalles raros.

Detrás del nombre de Ani
ya pone que salió absuelto,

y lo pone en todo el rollo, como si el
juicio se hubiera celebrado antes de que

nadie le juzgara.

Y el nombre de Ani está
escrito con otra letra,

en unos huecos que alguien dejó en
blanco antes de saber para quién era.

A ese rollo, y a los
cientos que se parecen a él,

lo llamamos el Libro de los Muertos.

Y no es un libro.

Hoy te cuento entera la historia
del juicio de los muertos egipcio,

de principio a fin:

por qué el juez es un
dios al que asesinaron,

qué había que atravesar
para llegar hasta él,

qué se decía en la sala y
cómo se pesaba el corazón.

Eso sí, un aviso.

La parte que da miedo,
la del monstruo y la balanza,

es la que sale en las películas.

La que a mí me parece
mejor es la letra pequeña,

porque en esa letra pequeña
los egipcios dejaron escrito,

con toda la calma del mundo, cómo aprobar.

Antes de empezar, una
cosa sobre las fuentes.

Los egipcios casi nunca escribieron
seguida la muerte de Osiris.

La mencionan y la dan por sabida,

pero no la cuentan de principio a fin,

y los egiptólogos creen
que era a propósito:

para ellos la palabra
escrita tenía fuerza,

y escribir que Osiris moría podía
ser una forma de volver a matarlo.

El único relato completo que
tenemos lo escribió un griego,

Plutarco, sacerdote de Delfos,
hacia el año 100 de nuestra era,

casi 2500 años después de
las primeras pirámides.

Así que cuando algo solo esté en Plutarco,

te lo diré.

Empiezo por el principio.

Osiris era rey de Egipto,
y era un buen rey.

Tenía un hermano, Seth,
que le envidiaba el trono.

Seth le tomó las medidas al cuerpo de su
hermano en secreto y mandó hacer un cofre

precioso, del tamaño exacto de Osiris.

Luego dio un banquete, con 72
cómplices sentados a la mesa,

y en mitad de la fiesta sacó el cofre y
prometió regalárselo a quien cupiera dentro.

Se fueron metiendo uno detrás de otro,

y a ninguno le venía bien,
hasta que se tumbó Osiris.

En cuanto estuvo dentro, los
conspiradores cerraron la tapa,

la clavaron, la sellaron con plomo
fundido y tiraron el cofre al Nilo.

Isis, la mujer de Osiris,
que además era su hermana,

se cortó un mechón de pelo,
se puso de luto y salió a buscarle.

En la versión de Plutarco, el río arrastra
el cofre hasta el mar y el mar lo deja en

la costa de Biblos, donde crece un árbol
alrededor y lo encierra dentro del tronco.

El rey de aquella ciudad corta el árbol
para hacer una columna de su palacio sin

saber que lleva a un dios dentro,

e Isis acaba entrando en el palacio y
dando vueltas alrededor de la columna

convertida en golondrina, llorando.

Todo eso es bonito, pero no se ha
encontrado en ningún texto egipcio.

Sigo con Plutarco un poco más, porque lo
que viene es lo que conoce todo el mundo.

Isis recupera el cuerpo y lo esconde.

Pero Seth sale una noche a
cazar a la luz de la luna,

lo encuentra y lo despedaza.

Plutarco dice que en 14 trozos;

en los templos egipcios de
época tardía la cifra cambia,

y en algún sitio llega a 42,
tantos como las provincias de Egipto.

Seth los esparce por todo el país.

Isis vuelve a salir,
ahora en una barca de papiro,

por las marismas, y va
recogiendo los pedazos uno a uno.

Según Plutarco, celebraba un funeral
en cada sitio donde encontraba uno,

y por eso en Egipto había
tantas tumbas de Osiris.

Hay un trozo que no encuentra,
y es justo el que estás pensando.

Plutarco cuenta que se lo comieron tres
peces del Nilo y que Isis tuvo que hacerle

uno de repuesto.

Es lo que más se repite de este mito,

y en los textos egipcios no aparece:

allí Osiris está entero.

Lo de los peces parece una explicación
griega de por qué algunos sacerdotes no

comían ciertos pescados.

En los textos egipcios la escena es otra,

y más hermosa.

Isis y su hermana Neftis encuentran
a Osiris tendido en la orilla,

donde Seth lo dejó tirado.

Se convierten en dos milanos, esas
rapaces que chillan como si lloraran,

y lo lloran.

Isis le da sombra con las
plumas y aire con las alas,

le devuelve el aliento lo justo,

y concibe de él un hijo, Horus.

Anubis, el dios con cabeza de chacal,

une el cuerpo y lo envuelve en vendas.

Osiris es el primer muerto de
Egipto que recibe todo eso,

y por eso es también la primera momia.

Pero no vuelve.

Ni con todos los cuidados del mundo vuelve
a sentarse en el trono de los vivos.

Se queda al otro lado,
como rey de los muertos,

y el trono de arriba le toca a su hijo.

Desde entonces, en Egipto, el rey vivo
es Horus y el rey muerto es Osiris.

Con el tiempo, cualquier difunto que se
lo pudiera pagar se convertía también en

Osiris.

En los rollos funerarios al muerto
no se le llama el difunto Ani,

se le llama el Osiris Ani.

Antes de que Horus pudiera
reinar hubo un juicio,

y conviene contarlo porque es
el primero de esta historia.

Seth no se conformó:

dijo que el trono era suyo, que él
era el adulto y el otro un niño.

Los dioses se reunieron
en tribunal para decidir,

y en uno de los relatos que se
conservan se pasan así 80 años,

discutiendo, sin atreverse a fallar.

El relato es casi una comedia:

Isis disfrazada engaña a Seth para que
se condene con sus propias palabras,

los dos rivales se convierten en hipopótamos
para ver quién aguanta más bajo el

agua, Seth le arranca un ojo a
Horus y al final se lo curan.

Gana Horus.

De ese pleito queda una
expresión que lo atraviesa todo:

Osiris y su hijo salen del
tribunal justos de voz.

Es decir, absueltos.

Esa expresión, justo de voz, es la que
ponía detrás del nombre de Ani en todo su

rollo.

La que estaba escrita antes del juicio.

Un detalle más sobre la tumba del dios,

porque dice mucho de cómo funcionaba todo.

La tumba de Osiris más
venerada estaba en Abidos,

y miles de egipcios
peregrinaban hasta allí,

y los que podían se hacían enterrar
cerca para estar junto al dios.

La tumba que veneraban en
Abidos como la de Osiris era,

en realidad, la de un rey
de la primera dinastía,

enterrado allí unos 1000 años antes de
que alguien decidiera que era el dios.

El sitio al que iban los
muertos lo llamaban la Duat,

y no es fácil decir dónde está.

En los textos más antiguos tiene que
ver con el cielo y con el horizonte;

con los siglos se imagina
más bien por debajo,

como un mundo al otro lado.

Lo más seguro es pensarla así:

la Duat es el sitio por donde
viaja el sol cuando no lo vemos.

Cada noche el sol entra por el oeste y
la recorre en una barca durante 12 horas.

A lo largo del camino le
ataca una serpiente enorme,

Apofis, que quiere tragárselo, y cada
noche los dioses que viajan en la barca la

vencen.

En la hora más honda de la noche,

el sol, que está viejo y cansado,

se une a Osiris.

En la tumba de la reina Nefertari hay
una figura de momia con cabeza de carnero

entre Isis y Neftis,
y al lado está escrito:

este es Ra, que reposa en Osiris.

Muere en Osiris, y al amanecer
sale otra vez por el este.

Para un muerto corriente,
ese mundo era peligroso.

Había puertas con guardianes que te cerraban
el paso si no sabías cómo se llamaban.

Había lagos de fuego y agua hirviendo.

Había el miedo a andar
cabeza abajo para siempre,

a tener que comer
excrementos y beber orina,

a que te cortaran la cabeza,

a olvidar tu propio nombre.

Por encima de todo,

el peor de los miedos:

morir otra vez.

Morir una segunda vez allí abajo,

y esta vez dejar de existir del todo.

Contra cada uno de esos
peligros había una fórmula,

y de esas fórmulas sale el famoso libro.

Al principio, esas fórmulas
eran solo para el rey.

Se tallaban en las paredes de
las cámaras de las pirámides,

hace más de 4000 años.

Luego, los nobles empezaron a
pintarlas dentro de sus ataúdes,

y más tarde, hacia el
1550 antes de nuestra era,

se pasaron a rollos de papiro que
podía tener cualquiera que los pagara.

Los egipcios los llamaban algo así
como fórmulas para salir al día.

El nombre de Libro de
los Muertos es moderno.

Al parecer era como lo llamaban los
saqueadores que los sacaban de las tumbas,

el libro del muerto,
y un estudioso alemán,

Lepsius, lo hizo oficial en 1842,

cuando publicó un rollo de
Turín y numeró sus capítulos.

Ahí está el malentendido.

Lepsius publicó un
papiro y le puso números,

y desde entonces lo
imaginamos como un libro,

con su texto fijo y
sus capítulos en orden,

como la Biblia o el Corán.

No lo es.

Hay unas 200 fórmulas,
y ningún rollo las lleva todas.

Cada uno es una selección:

unas pocas o más de 100,
en el orden que tocara,

más largas o más cortas según el dinero.

Se hacían en talleres, y muchas
veces se hacían por adelantado.

El escriba copiaba las fórmulas,

dejaba huecos para que un
pintor añadiera las escenas,

y dejaba otros huecos, más pequeños,

para el nombre del cliente, que se
escribiría cuando hubiera cliente.

Según algunos cálculos, un rollo podía
costar lo que ganaba un obrero en medio año.

El de Ani, el que te contaba al principio,

es uno de los más bellos que existen,

y aun así solo la primera
parte parece hecha para él.

En el resto, su nombre aparece metido
al principio o al final de las columnas,

con otra mano, y en algunos sitios
mal escrito o directamente olvidado.

Ese rollo, por cierto, está en Londres
porque un conservador del Museo Británico,

Budge, lo compró en Egipto en 1888.

Según su propio relato, invitó a cenar a
los guardias mientras unos hombres cavaban

un túnel bajo la casa precintada
donde estaba guardado.

Después, para poder exponerlo,
lo cortó en 37 hojas.

Lo que tienen dentro esos rollos es lo
que a mí me hace querer a los egipcios.

Hay fórmulas para salir de
la tumba a la luz del día.

Fórmulas para convertirse
en halcón de oro,

en golondrina, en garza
o en una flor de loto.

Una para que el alma, que se imaginaban
como un pájaro con cara humana,

encuentre el camino de vuelta al cuerpo.

Hay una que es de mis favoritas,

la de las figuritas que
se metían en la tumba,

los ushebtis.

Allí abajo había que trabajar el campo,

y estas figuritas
llevaban escrita la orden:

si llaman al difunto a arar,
a regar o a acarrear arena,

tú contestas, lo hago, aquí estoy.

Hubo tumbas con 365,
una para cada día del año,

y además capataces, uno por cada diez,

para que no se escaquearan.

Así que esto no es un libro de hechizos
oscuros ni un grimorio para resucitar

momias.

Es más parecido a un
equipaje hecho a medida:

cada familia metía en el rollo lo que
creía que su muerto iba a necesitar,

como quien hace la maleta para un viaje
del que nadie ha vuelto a contar cómo es.

La maleta, sobre todo, tenía que llevar lo
necesario para el momento más difícil del

viaje.

La sala del juicio.

Los egipcios la llamaban la
sala de las Dos Verdades,

y en ella esperaba Osiris,
sentado en su trono,

con Isis y Neftis de pie detrás de él.

Anubis toma al difunto de la
mano y lo lleva hasta la entrada.

Lo primero que dice el
muerto, según la fórmula,

es esto:

te conozco, conozco tu nombre, y conozco
el nombre de los 42 dioses que están

contigo en esta sala.

42 jueces, uno detrás de otro,
y cada uno con su nombre.

No eran nombres tranquilizadores.

Tragador de Sombras.

Ojos de Fuego.

Rompehuesos.

Bebedor de Sangre.

Comedor de Entrañas.

Delante de cada uno, el difunto tenía que
decir su nombre y declarar una falta que

no había cometido.

Es lo que se conoce como
la confesión negativa,

aunque es lo contrario de una confesión:

es una lista de cosas que no has hecho.

No he robado.

No he matado.

No he hecho llorar a nadie.

No he hecho pasar hambre.

No le he quitado la leche
de la boca a un niño.

No he cortado el agua del
canal cuando le tocaba correr.

No he trucado la balanza
ni he tocado la plomada.

Soy puro, soy puro, soy puro, soy puro.

Esa lista es, para mí, el mejor retrato
que tenemos de lo que le quitaba el sueño a

un egipcio corriente.

No hablan de dioses ni de herejías:

hablan de agua para regar,
de pesar el grano sin engañar,

de no dejar a un niño sin leche.

En otra parte de la fórmula,
el muerto añade lo que sí hizo,

que es dar pan al hambriento,
agua al sediento y ropa al desnudo,

y prestarle su barca al que no tenía.

Cuesta leer eso y no oír,
más de 1000 años antes,

aquello de tuve hambre
y me disteis de comer.

El título de la fórmula está
escrito en el propio rollo,

y lo explica todo.

Dice que es lo que hay que decir al
llegar a la sala de las Dos Verdades,

y para qué sirve:

para separar al difunto de todo
lo prohibido que haya hecho.

Para separarle.

No dice para examinarle ni
para saber si es culpable.

Lo que hace la confesión, bien recitada,

es apartar de ti tus faltas, y por
eso no hacía falta que fuera verdad.

Hacía falta saberla.

Luego viene lo más inquietante,

y es que la sala también habla.

Ni el portero ni los cerrojos de la puerta
te dejan pasar si no les dices cómo se

llaman.

Y el suelo, el propio suelo, le dice al
muerto que no va a dejar que lo pise si no

sabe cómo se llaman sus dos pies.

Cuando por fin lo ha dicho todo,

el dios Thot, el escriba de los dioses,

le hace la última pregunta,

quién es el que tiene el techo de fuego,

los muros de serpientes
vivas y el suelo de agua,

y el muerto responde:

Osiris.

En esa sala no te preguntan
qué has hecho con tu vida.

Te preguntan cómo se llama todo.

Es un examen de nombres.

En esa misma sala se pesaba el corazón.

Es la escena que más se ha
pintado del antiguo Egipto,

y la mejor está en el
papiro de otro escriba,

Hunefer, que sirvió al faraón Seti I.

Primero, Anubis lleva a Hunefer
de la mano hasta una balanza alta.

Después, el mismo Anubis aparece
arrodillado junto a ella,

ajustando la plomada con cuidado.

En un platillo está el corazón de Hunefer,

pequeño, con forma de jarrita.

En el otro, una pluma, la pluma de Maat,

la diosa de la verdad
y del orden del mundo.

Thot, con cabeza de ibis, está de
pie al lado con su paleta de escriba,

apuntando el resultado.

Debajo de la balanza, agazapada,

está Ammit, la devoradora de muertos,

con cabeza de cocodrilo, delantera
de león y trasera de hipopótamo.

Tres de los animales que
más temía un egipcio,

en un solo cuerpo.

El corazón no se pesaba porque sí.

Para los egipcios era el
sitio del pensamiento,

de la voluntad y de la memoria,

y por eso, al embalsamar,
normalmente se dejaba dentro del cuerpo.

El cerebro, en cambio, lo sacaban por
la nariz con un gancho y lo tiraban.

Lo que se pesaba en la balanza,

en el fondo, era todo lo que el
muerto había pensado y recordado.

Un detalle que se cuenta casi siempre mal:

el corazón no tenía que
pesar menos que la pluma.

Tenía que pesar lo mismo.

En las escenas, la balanza
queda perfectamente horizontal,

en equilibrio con la verdad.

Si no quedaba, Ammit se comía el corazón.

Pero eso no te mandaba a un
infierno a arder para siempre,

aunque en otros libros
hay castigos de sobra.

Te borraba.

Era la segunda muerte, la definitiva,

la que tantas fórmulas pedían evitar.

Si el corazón era el testigo,
y el corazón lo sabía todo,

había un problema evidente.

Se acordaba también de lo
que no estaba en la lista.

Para eso estaba la fórmula 30B.

Se grababa en un amuleto
con forma de escarabajo,

de piedra verde, que se
colocaba entre las vendas,

sobre el pecho de la momia,
justo encima del corazón.

Lo que dice el escarabajo,
en el momento del pesaje,

es esto.

Corazón de mi madre, corazón de mi madre,

corazón de mi ser,

no te levantes contra mí como testigo,

no te opongas a mí en el tribunal,

no te pongas en mi contra delante
del que guarda la balanza.

Fíjate en lo que pide, que es muy fino.

No le pide al corazón que mienta.

No les pide a los dioses que perdonen.

Le pide al único testigo que lo
sabe todo que se quede callado.

En un museo británico, el de Liverpool,

lo explican sin rodeos en la
ficha de uno de estos escarabajos:

nadie podía decir que
había vivido sin pecado,

pero quien tenía uno podía colarse
con trampas en el más allá.

Los propios egipcios sabían que
la fórmula necesitaba prestigio,

y se lo dieron.

En algunos rollos, la nota que la acompaña
cuenta que la encontró un príncipe,

hijo del faraón de la Gran Pirámide,

a los pies de una estatua de Thot,

escrita en una piedra.

Antigüedad de pirámide, nada menos,

para la frase que hace callar al corazón.

El resultado se repite
en un rollo tras otro.

Después del pesaje, Thot anuncia que en
ese corazón no se ha encontrado maldad,

y los dioses dicen que Ammit
no tendrá poder sobre él.

No se conoce ningún papiro en el
que el dueño del rollo suspenda.

Ammit está en todas las escenas,

con la boca abierta, y no come nunca.

Es lógico, si lo piensas
como lo pensaban ellos.

Lo escrito y lo pintado tenían fuerza;

por eso no escribían la muerte de Osiris.

Pintar a tu muerto aprobado, poner justo
de voz detrás de su nombre en cada columna,

grabarle en el pecho la orden
de que su corazón se calle,

era la manera de asegurarse de
que lo pintado se cumpliera.

El rollo no era un manual
para preparar el examen.

Era el examen ya corregido,
con la nota puesta,

metido en la tumba con el alumno.

Hay una ironía que me gusta mucho.

El escarabajo de corazón más antiguo que
se conoce de un rey es el de un faraón

llamado Sobekemsaf, de piedra verde
con cara humana sobre una base de oro.

Hoy está en el Museo Británico.

Su tumba la saquearon unos ladrones,

siglos después, y de ellos se
conservan las actas de otro juicio,

uno humano, delante de
un tribunal de Tebas,

donde confesaron cómo habían entrado,

qué habían robado y cómo
habían quemado los ataúdes.

El amuleto contra el tribunal de los dioses
no le sirvió de nada contra los de su

propia ciudad.

No todos los egipcios se creyeron
que el juicio se pudiera comprar.

En un relato de época
romana, ya muy tardío,

un mago bajaba con su padre al mundo de
los muertos y le enseñaba dos destinos.

Un hombre rico, enterrado
con todos los honores,

con su rollo y sus amuletos, sufría allí
abajo con el gozne de una puerta clavado en

el ojo.

Un pobre, enterrado sin nada,

estaba de pie junto a Osiris, porque sus
buenas obras habían pesado más que las

malas.

Mucha gente ha visto en ese relato un
pariente del rico y el pobre Lázaro del

Evangelio.

Lo que está claro es que, al final de
una tradición de 2000 años de rollos y

escarabajos, alguien en Egipto ya
sospechaba que el rollo no bastaba.

El gesto, en cualquier caso,
no se quedó en Egipto.

Siglos después, en el sur de Italia,

hubo griegos que se hicieron enterrar con
láminas de oro que les decían qué fuente

evitar y qué frase decirles a
los guardianes de Perséfone.

Se parecen tanto a esto que desde hace
décadas se discute si los griegos lo copiaron

de Egipto; hoy se habla más
de parecido que de copia.

La balanza llegó todavía más lejos.

Un texto judío, escrito probablemente
en Egipto en tiempos de los romanos,

pone a un ángel pesando las obras
de las almas en una balanza.

De ahí, o de muy cerca de ahí, viene
el arcángel san Miguel con su balanza,

que hay en tantas iglesias de Europa y
que en la Biblia no aparece pesando almas.

Luego vino el cine.

En 1932, la primera película de La Momia
ya giraba en torno a un rollo mágico

inventado para la ocasión, y en 1999 la
nueva versión convirtió el Libro de los

Muertos en un libro negro con tapas de
metal que resucita a un sacerdote maldito y

suelta plagas.

Para cualquier egipcio, que lo encargaba
a un taller con su nombre en blanco para

que su abuelo no tuviera que
comer excrementos en la otra vida,

aquello habría sido incomprensible.

A mí me parece que lo de verdad es mucho
más interesante que el libro maldito.

Es la prueba de que una civilización
entera se tomó la muerte como un trámite,

y como todo trámite serio,
lo llenó de papeles:

una lista de lo que no habías hecho,

la contraseña de cada puerta,
los nombres del suelo,

y una nota para tu propio corazón
pidiéndole que no dijera nada.

El que tenía miedo de
suspender no era el malvado.

Era cualquiera que se acordara de
algo que no estaba en la lista.

En el centro de todo había un dios
asesinado al que su mujer recompuso pedazo a

pedazo, que no pudo volver a la vida y se
quedó a juzgar a los que llegaban detrás

de él.

Y los que llegaban, por si acaso,

llevaban las respuestas escritas.

Así que la próxima vez que veas en un
museo una de esas escenas del corazón y la

pluma, no mires solo al monstruo
con cabeza de cocodrilo.

Busca el nombre del
muerto en las columnas,

a ver si está escrito con otra letra.

Y si hay una momia cerca, mira si lleva
sobre el pecho un escarabajo verde,

que es el que le está diciendo
a su corazón que se calle.

Esas láminas de oro de las que te hablaba,

las de los griegos que se llevaron a la
tumba lo que tenían que decirle a Perséfone,

salen en el episodio de Hades y Perséfone,

el que cuenta por qué no
son una historia de amor.

Allí la reina de los
muertos no tiene balanza,

pero decide quién conserva
la memoria y quién no,

y alguna gente bajaba con la
frase apuntada para no perderla.

Si estás viendo esto,
te aparece en pantalla;

si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.